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Tomando
la palabra
EL REINO DE LA MEDIOCRIDAD
Mediocribus
esse poetis. Non di, non homines, non consessere columnae
(Horacio).
Los talleres literarios, las asociaciones de trabajadores
de la cultura y todo ese mundillo de poetas comprometidos
son, no cabe duda, el reino de la mediocridad. Tanto quisieron diferenciarse
del común de los mortales que terminaron siendo una estereotipada
masa de diletantes que se la pasan oyendo a la nueva trova cubana,
leyendo a Eduardo Galeano (en el mejor de los casos), profetizando
la revolución por venir y buscando la más terrible
experiencia alcohólica para luego escribir, con el pulso
tembloroso, el más existencial de los poemas.
En los años sesentas y setentas, a los comprometidos les
encantaba contar, luego de un par de tragos, que estaban envueltos
en la más grande conspiración revolucionaria para
desmantelar el oprobioso sistema burgués. Cuando la cosa
estalló en serio, huyeron al extranjero a hacer trabajo de
solidaridad. O se quedaron calladitos trabajando en
oficinas de gobierno y agencias publicitarias.
Cuando todo terminó, unos y otros reaparecieron, increíblemente
más revolucionarios que nunca. Por allí andan jugando
a la clandestinidad (ahora que ya no hay guardias nacionales) repartiendo
octavillas en contra de la privatización, en favor de la
huelga de los doctores y del gobierno de Fidel Castro.
Suelen publicar, de tarde en tarde, unos interminables mamotretos,
plagados de argumentos que tienen la profundidad de un plato, sobre
temas como la guerra de Iraq o los tratados de libre comercio. O
unos poemitas que mueven a la vergüenza ajena.
Despotrican contra el sistema capitalista y sus engaños,
pero no tienen ningún reparo en devengar un salario por hacer
campañas publicitarias para promocionar a explotadoras
empresas nacionales o transnacionales. Odian a David Escobar Galindo
por ser un poeta burgués. Pero en realidad los carcome el
resentimiento y la envidia. En el fondo darían cualquier
cosa por acceder a las comodidades y lujos de la burguesía.
Los más jóvenes, siguiendo el estereotipo, se dejan
crecer el pelo, usan sandalias, morral al hombro, camisa de manta
y publican en revistillas de efímera vida y pésima
calidad. Algunos de ellos, en un arrebato empresarial, fundan cervecerías
con el disfraz de peñas culturales, las cuales suelen quebrar
al cabo de unos meses porque el dueño terminaba, indefectiblemente
recitando poemas a los clientes, en medio de una descomunal papalina
colectiva que él terminaba financiando.
Sus obras publicadas en la editorial del Estado o en
cualquiera otra de medio pelo están destinadas a circular
entre los amigos más íntimos, los compañeros
de bar y taller, los familiares y algunas otras personas que se
ven obligadas, sin más remedio, a aceptarlas como regalo.
Poca gente, por no decir nadie, las lee. Pero nuestro intelectualillo
se pavonea en cafetines y peñas literarias, como si fuese
James Joyce después de publicar Ulises.
Lo más sorprendente de todo esto es que en algunas universidades
y colegios se obliga a los alumnos a leer algunas de esas obritas.
De esa manera no sólo se les hace perder el tiempo, sino
que se les va fomentando un lógico rechazo a la lectura.
Es triste decirlo, pero los autores nacionales de calidad son contados
con los dedos de la mano de un lisiado de guerra.
En mis años de adolescencia tuve grandes amigos con inquietudes
literarias: Jaime Suárez, Nelson Brizuela y Roberto Saballos.
Es probable que, visto a distancia, lo que escribieron tenga una
muy discutible calidad literaria. Pero lo que no se puede negar
es que, los pocos años que estuvieron vivos, fueron muy coherentes
con lo que escribían, decían y pensaban.
Jaime era un irremediable anarquista al estilo de los anarquistas
italianos del Siglo XIX, que atentaban contra las testas coronadas.
Pronosticó en un poema con sorprendente exactitud la forma
en que iba a morir. Y así murió. Lo descuartizaron
los escuadrones de la muerte.
Nelson era un empedernido romántico que escribió una
frase que decía regreso a lo que anduve huyendo, en
callejones que se han vuelto caminos de ida y vuelta. Y eso
bastó para que entrara para siempre en mi personal y rara
antología de poemas y versos entrañables al lado de
versos escritos por Rilke, César Vallejo y Bob Dylan, entre
otros. Nelson murió en Managua, un día antes de encontrarnos,
luego de casi 10 años de no vernos.
Roberto Saballos tenía 25 años, un halo trágico
y una espeluznante novela inédita que se llamaba Memorias
de un jorobado. Roberto murió luego de liarse a tiros
con un contingente policial en un confuso hecho ocurrido una de
esas fatídicas tardes de 1980.
Menciono a mis amigos porque quería marcar una diferencia
entre ellos y los charlatanes que pululan por allí con cara
de comandantes guerrilleros retirados, condenando la guerra en Iraq,
pero guardando un oprobioso silencio ante los fusilados en Cuba.
Atascados en el pasado, en el reino de la mediocridad.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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