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Tomando la palabra
EL REINO DE LA MEDIOCRIDAD

Marvin Galeas*
Editorial
El Diario de Hoy
E-mail: marvinn@integra.com.sv


“Mediocribus esse poetis. Non di, non homines, non consessere columnae”
(Horacio).


Los talleres literarios, las asociaciones de “trabajadores de la cultura” y todo ese mundillo de poetas comprometidos son, no cabe duda, el reino de la mediocridad. Tanto quisieron diferenciarse del común de los mortales que terminaron siendo una estereotipada masa de diletantes que se la pasan oyendo a la nueva trova cubana, leyendo a Eduardo Galeano (en el mejor de los casos), profetizando la revolución por venir y buscando la más terrible experiencia alcohólica para luego escribir, con el pulso tembloroso, el más existencial de los poemas.

En los años sesentas y setentas, a los comprometidos les encantaba contar, luego de un par de tragos, que estaban envueltos en la más grande conspiración revolucionaria para desmantelar el oprobioso sistema burgués. Cuando la cosa estalló en serio, huyeron al extranjero a hacer trabajo de “solidaridad”. O se quedaron calladitos trabajando en oficinas de gobierno y agencias publicitarias.

Cuando todo terminó, unos y otros reaparecieron, increíblemente más revolucionarios que nunca. Por allí andan jugando a la clandestinidad (ahora que ya no hay guardias nacionales) repartiendo octavillas en contra de la privatización, en favor de la huelga de los doctores y del gobierno de Fidel Castro.

Suelen publicar, de tarde en tarde, unos interminables mamotretos, plagados de argumentos que tienen la profundidad de un plato, sobre temas como la guerra de Iraq o los tratados de libre comercio. O unos poemitas que mueven a la vergüenza ajena.
Despotrican contra el sistema capitalista y sus engaños, pero no tienen ningún reparo en devengar un salario por hacer campañas publicitarias para promocionar a “explotadoras” empresas nacionales o transnacionales. Odian a David Escobar Galindo por ser un poeta burgués. Pero en realidad los carcome el resentimiento y la envidia. En el fondo darían cualquier cosa por acceder a las comodidades y lujos de la burguesía.

Los más jóvenes, siguiendo el estereotipo, se dejan crecer el pelo, usan sandalias, morral al hombro, camisa de manta y publican en revistillas de efímera vida y pésima calidad. Algunos de ellos, en un arrebato empresarial, fundan cervecerías con el disfraz de peñas culturales, las cuales suelen quebrar al cabo de unos meses porque el dueño terminaba, indefectiblemente recitando poemas a los clientes, en medio de una descomunal papalina colectiva que él terminaba financiando.

Sus “obras” publicadas en la editorial del Estado o en cualquiera otra de medio pelo están destinadas a circular entre los amigos más íntimos, los compañeros de bar y taller, los familiares y algunas otras personas que se ven obligadas, sin más remedio, a aceptarlas como regalo. Poca gente, por no decir nadie, las lee. Pero nuestro intelectualillo se pavonea en cafetines y peñas literarias, como si fuese James Joyce después de publicar “Ulises”.

Lo más sorprendente de todo esto es que en algunas universidades y colegios se obliga a los alumnos a leer algunas de esas obritas. De esa manera no sólo se les hace perder el tiempo, sino que se les va fomentando un lógico rechazo a la lectura. Es triste decirlo, pero los autores nacionales de calidad son contados con los dedos de la mano de un lisiado de guerra.
En mis años de adolescencia tuve grandes amigos con inquietudes literarias: Jaime Suárez, Nelson Brizuela y Roberto Saballos. Es probable que, visto a distancia, lo que escribieron tenga una muy discutible calidad literaria. Pero lo que no se puede negar es que, los pocos años que estuvieron vivos, fueron muy coherentes con lo que escribían, decían y pensaban.

Jaime era un irremediable anarquista al estilo de los anarquistas italianos del Siglo XIX, que atentaban contra “las testas coronadas”. Pronosticó en un poema con sorprendente exactitud la forma en que iba a morir. Y así murió. Lo descuartizaron los “escuadrones de la muerte”.
Nelson era un empedernido romántico que escribió una frase que decía “regreso a lo que anduve huyendo, en callejones que se han vuelto caminos de ida y vuelta”. Y eso bastó para que entrara para siempre en mi personal y rara antología de poemas y versos entrañables al lado de versos escritos por Rilke, César Vallejo y Bob Dylan, entre otros. Nelson murió en Managua, un día antes de encontrarnos, luego de casi 10 años de no vernos.

Roberto Saballos tenía 25 años, un halo trágico y una espeluznante novela inédita que se llamaba “Memorias de un jorobado”. Roberto murió luego de liarse a tiros con un contingente policial en un confuso hecho ocurrido una de esas fatídicas tardes de 1980.

Menciono a mis amigos porque quería marcar una diferencia entre ellos y los charlatanes que pululan por allí con cara de comandantes guerrilleros retirados, condenando la guerra en Iraq, pero guardando un oprobioso silencio ante los fusilados en Cuba. Atascados en el pasado, en el reino de la mediocridad.

*Columnista de El Diario de Hoy.


 

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