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Claves de la historia
UNIDAD EUROPEA:
UN CAMINO DIFÍCIL, ¿EN TERRENO MINADO?

Luis Fern‡ndez Cuervo*
E-mail: lfcuervo@tutopia.com


Si Europa prescindiera de valores del espíritu y se atuviera sólo a aspectos económicos y políticos, sería un cuerpo sin alma.

(Segunda parte)

“La construcción de Europa no se hará de golpe, ni en una construcción de conjunto, sino mediante realizaciones concretas, creando primero una solidaridad de hecho”. Son palabras de oro pronunciadas por Robert Schuman en su histórico discurso de 1950, creando la CECA (Comunidad Económica del Carbón y del Acero) entre Francia y Alemania, cinco años después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial en la que esos dos países habían sido feroces enemigos.

En ese entonces, una mayor unidad, una unión política que constituyera una Europa federal de estados, era imposible. Pero sí era una decidida aspiración de un pequeño grupo de grandes hombres, a la vez prudentes y visionarios: los franceses Jean Monnet y Robert Schuman, el alemán Konrad Adenauer y el italiano Alcide de Gasperi. Ello supieron ver que las cosas grandes comienzan siendo pequeñas.

Se comenzó por un acuerdo económico en el punto más conflictivo, ya que los principales yacimientos de hierro y de carbón estaban en el Sarre alemán y en la Alsacia-Lorena francesas, zonas que, según los resultados de las tres guerras anteriores, unas veces pasaban a pertenecer a Alemania y otras veces a Francia.

Se siguió después por ese mismo camino pragmático, de política fundamentalmente económica, con un éxito indiscutible. En cincuenta años los europeos han constituido -salvando múltiples dificultades y con fuertes lazos económicos- una unidad monetaria y una entidad política sin precedentes que, sin ser todavía un Estado federal, está ya muy lejos de ser una organización internacional clásica.

Hoy día, las mejores cabezas europeas reconocen que esa etapa de pragmatismo y acuerdos político-técnicos ha agotado ya toda su potencialidad. Ante la inminente ampliación de la unidad europea, para que no se diluya ni pierda eficacia esa unidad, la UE necesita encontrar un “alma”, necesita plasmar en la Constitución que se está preparando principios y valores profundos y auténticos. Y es sobre esto sobre lo que se centra el debate actual. Al conocerse el primer borrador de esa Constitución, las críticas no han sido sobre lo que allí se ha escrito —aceptado por todos—, sino por aquellas otras cosas que se echan en falta: los valores cristianos y el estatuto jurídico de las iglesias y comunidades religiosas.

A este respecto, una eminente personalidad, uniéndose a las que se recogían en mi artículo anterior, ha hecho declaraciones muy clarificadoras. Se trata de Rafael Navarro-Valls, secretario general de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España, que ante esa próxima inclusión en la UE de países del este europeo, dice que supondrá un redescubrimiento de la diversidad europea, “pero también de lo que los europeos tienen en común. Si tenemos en cuenta que ese fenómeno se producirá en un mundo cada vez más globalizado, parece evidente que la difusión de los valores en que Europa cree será cada vez mayor.

La Constitución europea, desde luego, contribuirá en no pequeña medida a ello. Y es indudable que una parte esencial del patrimonio espiritual y moral de Europa proviene de sus raíces religiosas”. Navarro-Valls lo ilustra citando al poeta y premio Nobel (1948) T.S.Eliot que escribió: “La fuerza dominante en la creación de una cultura común es la religión. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana, pero buena parte de lo que dice, cree y hace surge de su herencia cultural cristiana y adquiere significado con relación a esa herencia”, Navarro-Valls insiste también en algo que Juan Pablo II recordaba con ocasión de la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, que cristianizaron a los países eslavos -incluyendo a Rusia- y crearon para ellos un alfabeto distinto del que usan los europeos occidentales, y es que el nexo común más fuerte entre las dos mitades, oriental y occidental de Europa, tan distintas en costumbres, idiomas e historia, es la común herencia cristiana.

Por eso, Navarro-Valls, con muchos otros, piensa que en la Constitución de la UE: “Una laicidad o neutralidad entendidas de manera razonable son perfectamente compatibles con el reconocimiento de las coordenadas históricas y sociales del continente europeo. Es más, lo exigen, pues de lo contrario estaríamos en presencia de lo que podríamos llamar una ‘confesionalidad laica’, es decir, un intento de imponer una ideología que excluyera la presencia pública de lo religioso”.

Ese laicismo militante, antirreligioso, aunque no da la cara abiertamente, existe todavía en Europa, pero es superado por muchos. Personas claramente no-religiosas tan relevantes en la UE como Jacques Delors o Romano Prodi, no parecen estar en esa línea. Tampoco los historiadores no creyentes como F. Chabod -citado en mi artículo del pasado 21 de abril-, ni el agnóstico Leo Moulin, que ha dicho rotundamente que: “Nuestras opciones políticas fundamentales, nuestra Weltanschauung, nuestras esperanzas y nuestras reacciones más profundas dejan entrever reflejos secularizados y democratizados de infraestructuras religiosas, que veinte siglos de cristianismo han inscrito en el patrimonio sociocultural de Europa”.

Si Europa prescindiera de valores del espíritu y se atuviera sólo a aspectos económicos y políticos, sería un cuerpo sin alma, y las consecuencias nefastas, dice Navarro-Valls, afectarían no sólo a los creyentes, sino a todas las personas “con independencia de su actitud hacia Dios o, en general, hacia la trascendencia. La Libertad de religión, de pensamiento y de conciencia no sólo protege a los creyentes, o a los fieles de determinadas confesiones religiosas, sino que protege la conciencia de toda persona, reconociéndole un ámbito de autonomía para buscar respuestas a las cuestiones más profundas y más importantes a que todo ser humano se enfrenta”.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

 

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