| |

Claves
de la historia
UNIDAD EUROPEA:
UN CAMINO DIFÍCIL, ¿EN TERRENO MINADO?
Si
Europa prescindiera de valores del espíritu y se atuviera
sólo a aspectos económicos y políticos, sería
un cuerpo sin alma.
(Segunda parte)
La construcción de Europa no se hará de golpe,
ni en una construcción de conjunto, sino mediante realizaciones
concretas, creando primero una solidaridad de hecho. Son palabras
de oro pronunciadas por Robert Schuman en su histórico discurso
de 1950, creando la CECA (Comunidad Económica del Carbón
y del Acero) entre Francia y Alemania, cinco años después
de haber terminado la Segunda Guerra Mundial en la que esos dos
países habían sido feroces enemigos.
En ese entonces, una mayor unidad, una unión política
que constituyera una Europa federal de estados, era imposible. Pero
sí era una decidida aspiración de un pequeño
grupo de grandes hombres, a la vez prudentes y visionarios: los
franceses Jean Monnet y Robert Schuman, el alemán Konrad
Adenauer y el italiano Alcide de Gasperi. Ello supieron ver que
las cosas grandes comienzan siendo pequeñas.
Se comenzó por un acuerdo económico en el punto más
conflictivo, ya que los principales yacimientos de hierro y de carbón
estaban en el Sarre alemán y en la Alsacia-Lorena francesas,
zonas que, según los resultados de las tres guerras anteriores,
unas veces pasaban a pertenecer a Alemania y otras veces a Francia.
Se siguió después por ese mismo camino pragmático,
de política fundamentalmente económica, con un éxito
indiscutible. En cincuenta años los europeos han constituido
-salvando múltiples dificultades y con fuertes lazos económicos-
una unidad monetaria y una entidad política sin precedentes
que, sin ser todavía un Estado federal, está ya muy
lejos de ser una organización internacional clásica.
Hoy día, las mejores cabezas europeas reconocen que esa etapa
de pragmatismo y acuerdos político-técnicos ha agotado
ya toda su potencialidad. Ante la inminente ampliación de
la unidad europea, para que no se diluya ni pierda eficacia esa
unidad, la UE necesita encontrar un alma, necesita plasmar
en la Constitución que se está preparando principios
y valores profundos y auténticos. Y es sobre esto sobre lo
que se centra el debate actual. Al conocerse el primer borrador
de esa Constitución, las críticas no han sido sobre
lo que allí se ha escrito aceptado por todos,
sino por aquellas otras cosas que se echan en falta: los valores
cristianos y el estatuto jurídico de las iglesias y comunidades
religiosas.
A este respecto, una eminente personalidad, uniéndose a las
que se recogían en mi artículo anterior, ha hecho
declaraciones muy clarificadoras. Se trata de Rafael Navarro-Valls,
secretario general de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
de España, que ante esa próxima inclusión en
la UE de países del este europeo, dice que supondrá
un redescubrimiento de la diversidad europea, pero también
de lo que los europeos tienen en común. Si tenemos en cuenta
que ese fenómeno se producirá en un mundo cada vez
más globalizado, parece evidente que la difusión de
los valores en que Europa cree será cada vez mayor.
La Constitución europea, desde luego, contribuirá
en no pequeña medida a ello. Y es indudable que una parte
esencial del patrimonio espiritual y moral de Europa proviene de
sus raíces religiosas. Navarro-Valls lo ilustra citando
al poeta y premio Nobel (1948) T.S.Eliot que escribió: La
fuerza dominante en la creación de una cultura común
es la religión. Un europeo puede no creer en la verdad de
la fe cristiana, pero buena parte de lo que dice, cree y hace surge
de su herencia cultural cristiana y adquiere significado con relación
a esa herencia, Navarro-Valls insiste también en algo
que Juan Pablo II recordaba con ocasión de la fiesta de los
santos Cirilo y Metodio, que cristianizaron a los países
eslavos -incluyendo a Rusia- y crearon para ellos un alfabeto distinto
del que usan los europeos occidentales, y es que el nexo común
más fuerte entre las dos mitades, oriental y occidental de
Europa, tan distintas en costumbres, idiomas e historia, es la común
herencia cristiana.
Por eso, Navarro-Valls, con muchos otros, piensa que en la Constitución
de la UE: Una laicidad o neutralidad entendidas de manera
razonable son perfectamente compatibles con el reconocimiento de
las coordenadas históricas y sociales del continente europeo.
Es más, lo exigen, pues de lo contrario estaríamos
en presencia de lo que podríamos llamar una confesionalidad
laica, es decir, un intento de imponer una ideología
que excluyera la presencia pública de lo religioso.
Ese laicismo militante, antirreligioso, aunque no da la cara abiertamente,
existe todavía en Europa, pero es superado por muchos. Personas
claramente no-religiosas tan relevantes en la UE como Jacques Delors
o Romano Prodi, no parecen estar en esa línea. Tampoco los
historiadores no creyentes como F. Chabod -citado en mi artículo
del pasado 21 de abril-, ni el agnóstico Leo Moulin, que
ha dicho rotundamente que: Nuestras opciones políticas
fundamentales, nuestra Weltanschauung, nuestras esperanzas y nuestras
reacciones más profundas dejan entrever reflejos secularizados
y democratizados de infraestructuras religiosas, que veinte siglos
de cristianismo han inscrito en el patrimonio sociocultural de Europa.
Si Europa prescindiera de valores del espíritu y se atuviera
sólo a aspectos económicos y políticos, sería
un cuerpo sin alma, y las consecuencias nefastas, dice Navarro-Valls,
afectarían no sólo a los creyentes, sino a todas las
personas con independencia de su actitud hacia Dios o, en
general, hacia la trascendencia. La Libertad de religión,
de pensamiento y de conciencia no sólo protege a los creyentes,
o a los fieles de determinadas confesiones religiosas, sino que
protege la conciencia de toda persona, reconociéndole un
ámbito de autonomía para buscar respuestas a las cuestiones
más profundas y más importantes a que todo ser humano
se enfrenta.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
|
|