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Tema
para meditar
Oscar
A
los buenos recuerdos que tengo de mi niñez y la de mis hijos,
se suman ahora los de estos días que he tenido a Oscar en
mi casa, a quien ojalá pronto vuelva a ver. Mi más
grande deseo para él es que crezca sanoOscar es un niño
de casi cinco años con quien he convivido un par de semanas.
Cuando me preguntaron si podía estar en casa, contesté
instintivamente que sí. Fue capaz, con su inocencia y su
mente limpia de malicia, de hacerme regresar a los años cuando
mis hijos tenían esa edad e incluso recordé en varias
ocasiones mi niñez.
Por primera vez salía de su entorno en un cantón de
la zona oriental, no conocía San Salvador, ni todo lo que
aquí sucede. Tampoco conocía el mar. Asiste a la escuelita
del lugar por la mañana y, como todo niño del campo,
desde muy pequeño ayuda en las labores de su casa.
La primera vez que nos encontramos, él ya sabía mi
nombre y, con un poco de temor infantil, me dijo tal como lo había
ensayado: ¡Buenas tardes, don Pedro!. Desde el
primer momento me cayó muy bien por su tez blanca, su pelo
castaño y sus ojos color café. Oscar es el hijo más
pequeño de una familia de doce hermanos, de los cuales dos
están en Estados Unidos con su padre, y el resto, con la
madre en su cantón. Los dos primeros días estuvo muy
bien, hasta que le empezaron a salir granitos en todo el cuerpo
y, al llevarlo al médico, resultó ser varicela. Le
brotaron en todo el cuerpo, lo medicamos y lo bañamos con
agua de ciprés. Cuando tenía fiebre decía:
¡Ay! mamita linda que me duele la cabeza, ¡ay!
mamita linda que me pica todo el cuerpo.
Pero como todo niño, superó la varicela. Unos días
más tarde, su prima, que lo había traído, también
sufrió la enfermedad en un proceso bastante más complicado,
pues la varicela en los adultos casi siempre es grave. Luego se
enfermó otro primo también adulto, a quien se le complicó
tanto, que hubo que hospitalizarlo, y pronto cayó un tercero,
otro de mis buenos colaboradores, a quien le costó unos diez
días recuperarse. Pero por ser Oscar como es, cariñoso,
afable, sano, limpio en su forma de acercarse, hablar y contestar,
todos lo quieren y aprecian.
Habla cariñosamente como en el campo salvadoreño.
Dice: A yo, para yo, con yo.
Además, utiliza vocablos diferentes pero, según el
diccionario, correctos. Por ejemplo, dice: Quedito,
para indicar suave, y los muñecos, para llamar
a los dibujos animados. Por la mañana, al levantarse, con
las dos manitas juntas frente al pecho me decía: Buenos
días, don Pedro, y lo mismo al acostarse.
Me contó que en su casa tiene una yegua, dos caballos, unos
chanchos y unos chanchitos y que todos los días lleva a aguar.
Que el río está un poco largo de su casa
y que para montar la yegua la arrima a un muro. Ésta
es mansa y, sin bajarse, los animales aguan
en el río.
Cuando fuimos al mar, me dijo con un gran suspiro: ¡Qué
grande es este río!, y cuando entramos despacio, al
sentir las olas, se salía. Decía que su río
no se mueve tanto, ni es tan hondo, ni es salado, y que hay que
tener cuidado para no ahogarse.
Le expliqué que había cosas para niños pequeños
y otras que podían hacer los niños grandes, como acostarse
después de las siete de la noche. Y al preguntarle cómo
es él, después de unos segundos contestó: Yo
soy algo grandecito. Para enseñarle cosas de la capital,
lo llevamos a los centros comerciales. Todos los lugares le llamaban
la atención, abría sus ojos grandes y preguntaba muchas
cosas. En una tienda de juguetes los tocó casi todos y probó
las bicicletas en las que por su altura se podía subir, pero
me dijo que no se los podía llevar porque no eran suyos.
Hablando sobre el lugar donde vive, me dijo que mi casa era más
bonita que la suya, y le expliqué que eso no es cierto, que
la casa más bonita del mundo es donde uno ha nacido, donde
vive y donde a uno lo han criado y que siempre debe respetar y amar
ese lugar. Y en su nivel de comprensión me contestó
que sí y que, aunque uno se vaya por un tiempo, es bueno
volver.
Tal como se acordó, vino su mamá con el hermano que
le sigue a traerlo, y desde que los vio preguntó por sus
otros hermanos, la yegua, los chanchos, las gallinas y los pollos.
Vi una alegría especial en sus ojos y desde que vio a su
mamá se puso más contento y vivaz de lo que había
sido.
El domingo pasado, fue el día de vuelta a su casa, el de
la despedida que intencionadamente hice sencilla y con un cariñoso
¡hasta pronto!
Su prima, que lo acompañó al cantón, me contó
que al no más llegar corrió a ver a los caballos,
a los chanchos y a las gallinas. Preguntó si ya los habían
aguado y si los chanchos ya habían comido.
Durante los días que estuvo Oscar en mi casa, cambió
el esquema de vida cotidiana con sus preguntas e ingenuidades sanas,
se esforzó en hacer todas las tareas que le puse en su cuaderno
y, cuando tuvo que repetirlas, lo hizo sin protestar.
¡Qué bueno! es para quienes por razón de que
los hijos ya han crecido y necesitan de otro tipo de cuidados y
ayudas para resolver sus problemas de jóvenes que maduran
en un mundo difícil y confuso, volver a convivir con un niño
sano en su mente, educado con sencillez, sin malas costumbres, que
pregunta y dice lo que siente.
A los buenos recuerdos que tengo de mi niñez y la de mis
hijos, se suman ahora los de estos días que he tenido a Oscar
en mi casa, a quien ojalá pronto vuelva a ver. Mi más
grande deseo para él es que crezca sano y que su Ángel
de la Guarda nunca lo abandone.
*Ingeniero y columnista de El Diario
de Hoy.
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