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Recibamos
la paz del Resucitado
Por Juan Pablo II
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
En
estos días de la Pascua es grande el júbilo de la
Iglesia por la resurrección de Cristo. Después de
sufrir la pasión y la muerte en cruz, ahora vive para siempre,
y la muerte ya no tiene ningún poder sobre El.
La comunidad de los fieles, en todas las partes del mundo, eleva
al cielo un cántico de alabanza y acción de gracias
a Aquel que ha librado al hombre de la esclavitud del mal y del
pecado mediante la redención realizada por el Verbo encarnado.
El amor misericordioso de Dios se revela de forma plena y definitiva
en el Misterio pascual.
Después de su resurrección, el Señor se apareció
en repetidas ocasiones a los discípulos. Los evangelistas
refieren varios episodios, que ponen de manifiesto el asombro y
la alegría de los testigos de acontecimientos tan prodigiosos.
San Juan, en particular, destaca las primeras palabras dirigidas
por el Maestro resucitado a los discípulos.
«¡Paz a vosotros!», dice al entrar en el Cenáculo,
y repite tres veces este saludo. Podemos decir que la expresión:
«¡Paz a vosotros!», en hebreo «shalom»,
contiene y sintetiza, en cierto modo, todo el mensaje pascual. La
paz es el don que el Señor resucitado ofrece a los hombres,
y es el fruto de la vida nueva inaugurada por su resurrección.
Por lo tanto, la paz se identifica como «novedad» introducida
en la historia por la Pascua de Cristo. Nace de una profunda renovación
del corazón del hombre. Así pues, no es el resultado
de esfuerzos humanos, ni se puede conseguir sólo gracias
a acuerdos entre personas e instituciones. Más bien, es un
don que hay que acoger con generosidad, conservar con esmero y hacer
fructificar con madurez y responsabilidad. Por más complicadas
que sean las situaciones y por más fuertes que sean las tensiones
y los conflictos, nada puede resistir a la eficaz renovación
traída por Cristo resucitado. Él es nuestra paz.
Con la muerte en cruz, Cristo nos ha reconciliado con Dios y ha
puesto en el mundo las bases de una convivencia fraterna de todos.
En Cristo el ser humano frágil, y que anhela la felicidad,
ha sido rescatado de la esclavitud del maligno y de la muerte, que
engendra tristeza y dolor. La sangre del Redentor ha lavado nuestros
pecados. Así hemos experimentado la fuerza renovadora de
su perdón. La misericordia divina abre el corazón
al perdón de los hermanos, y con el perdón ofrecido
y recibido es como se construye la paz en las familias y en todos
los demás ambientes de vida.
Renuevo de buen grado mi más cordial felicitación
pascual a todos vosotros, a la vez que os encomiendo, juntamente
con vuestras familias y vuestras comunidades, a la protección
celestial de María, Madre de la Misericordia y Reina de la
paz.
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