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La
del 30 de abril, una noche de afanes
El contribuyente de ultima hora
Miles
de salvadoreños presentaron su declaración de renta
en la noche del pasado miércoles. Dejaron para última
hora el cumplimiento de su obligación fiscal. Esto es lo
que vivió esa noche uno de esos contribuyentes.
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| Un contribuyente entrega su documentación
a un asesor fiscal a la hora de presentar su declaración.
Foto: EDH/Oscar Payés |
Alberto Trejo pasó tres meses rumiando que tenía
que declarar la renta pero siempre surgía algo a lo que le
daba prioridad.
Incluso, cuando llegó el 30 de abril, el último día
para presentar la declaración, se atuvo en un principio a
la prórroga que aprobó la Asamblea, pero cuando supo
que el fisco insistía en que ésa era la fecha límite,
se resignó a su suerte: habrá que hacer la declaración
hoy.
Es la una y media del día fatal, el miércoles 30,
y todavía Alberto no ha almorzado. Prefiere rellenar el formulario,
para llevarlo al Ministerio de Hacienda por la noche.
Preparado para hacer una larga cola, planea ir hacia el Centro Express
del Ministerio de Hacienda, ubicado en la Feria Internacional, temeroso
de que puede haber improperios y ultrajes por parte de los funcionarios
que le vayan a atender.
Como a eso de las 8:00 p.m. termina su trabajo y sale a toda prisa,
exigiendo el máximo de su automóvil y pensando en
la vigilia que le tocará hacer por dejar su obligación
para última hora.
Llega a la avenida Manuel Enrique Araujo. Pasa por el BMI y luego
deja atrás la Plaza Suiza, pero para él, que va con
el afán del último día, sucede el colmo de
los colmos: un maldito congestionamiento de tráfico obstaculiza
la circulación de vehículos casi desde la entrada
del Estado Mayor hasta la Feria Internacional.
A paso de tortuga y mirando el reloj a cada rato, Trejo avanza entre
el montón de automóviles. Luego conoce la causa de
la trabazón: un vehículo pesado ha colisionado
con un sedán ocre y ha taponeado la libre circulación.
Algunos automovilistas optan por cambiarse al otro carril, en tanto
que otros vienen en sentido contrario, queriendo meterse a la Feria.
Las bocinas suenan fuerte en ese momento y más de algún
traúnsente oye decir al motorista del carro accidentado:
Eso me pasa por dejar todo para última hora.
Al fin, después de casi una hora, el contribuyente Trejo
logra atravesar los cerca de cien metros que le separaban de la
entrada que habían habilitado por la Feria. Se parquea, baja
de su vehículo maldiciendo los impuestos y se lanza en veloz
carrera hacia las oficinas fiscales.
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Decenas de personas entraban y salían
de las oficinas de Hacienda, el 30 de abril. Foto:
EDH/Oscar Payés.
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En el camino encuentra a Francisco Rovira, el flamante director
de Impuestos Internos, quien supervisa las operaciones y el flujo
de contribuyentes. Alberto lo mira de reojo y sigue su camino.
Y al entrar: isorpresa! No hay colas monstruosas que hacer ni funcionarios
malencarados que le vayan a atender. Alrededor de una veintena de
empleados de Hacienda atiende a los contribuyentes, ora escuchando
sus consultas, ora haciéndoles la declaración o ayudando
a corregir aquellas declaraciones incompletas o con errores de cálculo.
Alberto busca quien le asista. Ve que un contribuyente acaba de
levantarse y rápidamente ocupa su lugar. Una simpática
y amable señorita de gruesos lentes le lanza la pregunta
¿en qué podemos servirle?, y Trejo responde:
bueno solo vengo a dejar mi declaración.
A un par de pasos, una fila pequeña de contribuyentes, a
quienes les tocó pagar impuestos, espera abonar en colecturía.
De entre todos sobresale la figura del ex fiscal Roberto Vidales,
célebre por destapar las irregularidades en los títulos
de algunos jueces y abogados, entregados por ciertas universidades.
La visita
Han transcurrido un par de minutos cuando ingresa al salón
el ministro de Hacienda, Juan José Daboub, seguido por un
séquito de periodistas, camarógrafos y oficiales del
ramo.
Algunos de los contribuyentes concentrados allí se sorprenden
de ver en persona al máximo responsable de las finanzas estatales.
¡Es el colmo! Daboub también va a presentar su
declaración a esta hora. Que yo me atrase está bien,
pero que el Ministro sea tardista es una vergüenza.
Y seguro que le toca rellenar su mandamiento de pago, dice
el contribuyente que espera turno detrás de Alberto.
Pero no hay tal cosa. El Ministro de Hacienda echa una rápida
mirada al lugar y aborda a varios contribuyentes, preguntándoles
acerca de la atención que reciben, de la fluidez en la respuesta
del asistente fiscal y, en fin, de la opinión que les merece
el Centro Express.
Daboub no llega a presentar su declaración, sino a observar
el trabajo de los funcionarios de su despacho.
Alberto, entretanto, sufre una decepción. A pesar de años
de estar haciendo su declaración y de que, por tal razón,
debería elaborarla a la perfección, tiene un error
que la asesora de Hacienda le explica. Y entonces, triste, se dedica
a rellenar un nuevo formulario en el que corrige su error.
Pero tiene otro problema: Alberto conoce al Ministro y le da un
poco de vergüenza que le vea allí, declarando en el
último minuto. Busca pasar inadvertido, pero Daboub lo reconoce
y con alegría le dice que bueno que sea solidario con
el Estado.
Son las 9:45 p.m. del miércoles 30 de abril. Al fin cumplió
con la tarea que aplazó durante tres meses. No almorzó,
tuvo que correr, debió corregir su declaración y,
para colmo, tuvo que pagar. Alberto sale de la Feria con menos dinero,
pero con la conciencia del deber cumplido.
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Sucesos curiosos de la noche
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Una señora que llegó
a declarar dejó afuera a su acompañante y este
para no aburrirse comenzó a jugar con un capirucho
que llevaba.
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Otro contribuyente lo tomó
como un paseo y llevó a su esposa, dos niños
y hasta un acompañante extra. Todos se sentaron a esperar.
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