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Desde
Washington
Washington clama por un liderazgo en L.A
Bajo
el criterio de seguridad, Washington espera que los gobiernos a
lo largo del hemisferio hagan mucho más para controlar sus
fronteras
Si Washington ha tenido motivos para estar decepcionado
de que Chile, México y otros en Latinoamérica no logran
entender el cambio tan sustancial de prioridades que se ha producido
desde hace 20 meses, ni cómo la guerra contra Iraq se encasilló
perfectamente en ese cambio, América Latina también
tiene razones para estar decepcionada.
Latinoamérica se ha sentido frustrada con la incapacidad
de Estados Unidos para explicar cómo después del 11
de septiembre las reglas del juego en el hemisferio cambiaron drásticamente.
Desde entonces, las expectativas de Washington son que cada país
sepa intuitivamente adaptarse al nuevo contexto mundial de seguridad
como primera prioridad, incluso si la amenaza terrorista que lo
creó pareciera más alejada e insoluble para la mayoría
de ellos.
Los latinoamericanos tienen derecho a una explicación más
clara. Después de todo, incluso observadores estadounidenses
reconocen que el frecuente enfrentamiento al interior de la administración
Bush ha dejado al mundo en general confundido, cuando no sospechando,
acerca de la visión de Washington después del 11 de
septiembre. Para sus más duros críticos, el establecimiento
diplomático estadounidense no logró comprender y menos
aún articular dicha visión para los aliados en el
hemisferio.
En una conferencia en el Departamento de Estado sobre el Hemisferio
Occidental esta semana, el secretario de Estado, Colin L. Powell,
abrió las puertas a un nuevo comienzo, acogió nuevamente
a las naciones descarriadas y declaró que los desacuerdos
llegan y los desacuerdos se van. Pero curiosamente no fue
un diplomático quien ofreció el ejemplo más
concreto de cómo el imperativo de seguridad de Washington
debería determinar el pensamiento, las acciones y las decisiones
cotidianas en Latinoamérica.
Gordon England, el segundo al mando del nuevo Departamento de Seguridad
Interna, describió un hemisferio donde algún día
contenedores de carga llegarán a las costas estadounidenses
y no necesitarán ser inspeccionados. Desde su punto de partida,
ya sea un puerto latinoamericano o caribeño, los contenedores
habrán sido ya registrados, sellados y rastreados a satisfacción
de Estados Unidos.
Aquellos gobiernos e industrias que fracasen en entender la necesidad
de tal nivel de seguridad y el trabajo para llegar a ese punto sufrirán
la suerte de convertirse en irrelevantes, insistió England.
Desde su punto de vista, esa lógica no era una amenaza, sino
la declaración de una realidad.
Bajo el criterio de seguridad como primera prioridad, Washington
espera que los gobiernos a lo largo del hemisferio hagan mucho más
para controlar sus fronteras. La preocupación de que ciudadanos
de terceros países usen a vecinos estadounidenses para entrar
a este país no es nueva, pero el potencial de que lo hagan
con la intención de causar daño a otros debe reconocerse
y tratarse con urgencia. También viejos delitos entre fronteras
de tráfico de armas y drogas, al igual que lavado de dinero,
deben ser vistos ahora como actividades que pueden beneficiar a
terroristas.
En el contexto actual, Washington se considera tan vulnerable como
el más vulnerable de sus vecinos o socios. Por esa razón,
no puede ya esperar a que se elijan nuevos gobiernos para construir
nuevas agendas de cooperación. Necesita líderes que
vean aquí y ahora lo que debe hacerse y tengan la voluntad
de hacerlo.
Aquellos líderes latinoamericanos fuera del selecto grupo
de los siete (Colombia, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua,
Panamá y República Dominicana) que Powell reconoció
públicamente por su valiente posición frente
a lo que es correcto, lo que es necesario y lo que es justo
tienen otra oportunidad. Pueden demostrar ahora el tipo de liderazgo
que les faltó antes de la guerra en Iraq, cuando, según
funcionarios estadounidenses, dejaron que la opinión pública
en sus países dictara su oposición al conflicto.
La esperanza aquí es que dichos líderes dejarán
a un lado la vieja costumbre de complacer el sentimiento antiestadounidense
que convierte al país del norte en chivo expiatorio y en
el origen de todo tipo de males. En cambio, dice Washington, es
hora de que dichos líderes acepten sin temores el nuevo reto
y convenzan a su pueblo de qué es lo correcto para el futuro
de la civilización occidental.
Esta capital clama por un liderazgo en Latinoamérica que
vea más allá de las fronteras nacionales y se atreva
a retar los viejos principios de no interferencia en los asuntos
de otros países.
No se trata sólo de ofrecer apoyo para ayudar en los esfuerzos
de reconstrucción en Iraq. Powell señaló otras
áreas en las que líderes latinoamericanos podrían
actuar en forma más significativa, como en asistir multilateralmente
a Colombia para enfrentar su amenaza terrorista y de narcotráfico,
ayudar a Venezuela a resolver su agitación política
interna o ayudar a los cubanos que trabajan por una Cuba democrática
y libre y condenar al líder que se interpone en su camino.
Esa es la responsabilidad de Latinoamérica y la expectativa
de Washington. Ahora le corresponde a América Latina responder.
Si la respuesta es inadecuada, ¿estará Washington
nuevamente "decepcionado" o mostrará su propia
capacidad de entender?
Habrá que seguir en sintonía.
Marcela Sanchez's e-mail address is desdewash(at symbol)washpost.com.
*Columnista de The Washington Post.
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