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Voz de alerta
El azote del tinterillismo

J. Armando Cóbar López*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los reglamentos, las ordenanzas y cualesquiera otra fuente normativa tienen necesariamente una órbita de validez jurídica.

La tormenta que se desató en el país a raíz de la existencia de títulos de abogados obtenidos fraudulentamente por individuos inescrupulosos ha hecho que pase inadvertido otro fenómeno íntimamente relacionado con aquel e igualmente pernicioso para la vida jurídica del país: el florecimiento y auge del tinterillismo.

Tinterillos los ha habido siempre. Si se hiciera un formal estudio de la historia judicial en El Salvador, veríamos que no hay ciudad importante que no haya contado con la presencia de uno o más de estos personajes, algunos de los cuales fueron famosos en su tiempo, por lo menos en su localidad y han pasado a formar parte del folclor de sus respectivas poblaciones. Individuos empíricos, por lo general ex trabajadores de alcaldía, de juzgado o de algún bufete jurídico, donde aprendieron algunos rudimentos de Derecho, que, al encontrarse fuera de sus empleos, se deciden a trabajar “por su cuenta”.

Sin embargo, ahora la cosa ha tomado otro cariz, hoy existen los tinterillos de universidad, que son aquellos individuos que aprovechándose del desorden de posguerra por el que atraviesa el país, el cual ha invadido todos los ámbitos de la vida nacional, se matriculan en alguna universidad, principalmente de las de nuevo cuño, de esas que ofrecen cursos sabatinos de Derecho y otras zarandajas por el estilo, y tan pronto obtienen su matrícula en el primer ciclo, ya se consideran autorizados para montar oficinas de abogacía y hasta de notariado, con secretaria, teléfono y computadora, y ellos mismos, enfundados en sus flamantes atuendos abogadiles, hasta se olvidan de que les falta una cosa: estudiar para conocer la ley y sacar el títulos de abogado. Este pequeño detalle es el único que suelen descuidar. Y muchos tienen las frescura, por no decir la desfachatez, de colocar sus oficinas jurídicas enfrente o a la par de reconocidos despachos, pertenecientes a verdaderos profesionales.

Hay que reconocer que para que puedan existir oficinas de ese tipo, siempre existe un profesional del Derecho apadrinándolas. Se trata de abogados que por estar desempeñando un cargo en la burocracia no pueden dedicarse de lleno a la profesión y buscan la manera de ganarse unos centavillos extras alquilando su nombre, su firma y hasta su protocolo, muchas veces sin saber a ciencia cierta qué es lo que el otro está haciendo con ellos.

Ilustraré lo dicho con un ejemplo: llega un individuo a consultar a un abogado de reconocida seriedad, le presenta una escritura de poder general administrativo, que le otorgó un pariente radicado en el extranjero, pero que tiene bienes en El Salvador. El consultante desea saber si con ese poder general puede vender los bienes inmuebles de su mandante. El abogado, después de examinar atentamente el documento que se le presenta, contesta a su interlocutor que ese poder no lo habilita para que venda los bienes inmuebles, porque para ello se necesita un poder especial o un poder general con cláusula especial, cosa que no contiene el documento de marras.

Ante la respuesta negativa del profesional, el individuo interesado, acompañado del presunto comprador, se dirige a la oficina de un seudoprofesional, en donde ni cortos ni perezosos le formalizan la venta. Al poco rato se ve salir a los contratantes, muy contentos, sonrientes y agradecidos, con “el doctor” o “la doctora” que les hizo “el favor”. Léase: el favor de hacerles una escritura de compraventa que no podría ni se debía hacer. Este es un ejemplo tomado al azar, pero que nos deja ver que los clientes más asiduos de esas oficinas son aquellas personas que se dedican a realizar negocios poco transparentes y que, por ende, rehuyen la confrontación con un abogado serio, que seguramente les va a señalar aquellas cosas que no es lícito hacer.

Huelga decir que en toda universidad hay jóvenes -y son la mayoría- que están cursando sus estudios con responsabilidad, llenando los requisitos académicos necesarios para obtener su título profesional. Obviamente, los anteriores conceptos no se refieren a ellos.
Yo soy un abogado de la vieja escuela y aunque algunos pensarán tal vez que somos una especie en vías de extinción, mis maestros me enseñaron conceptos que son inamovibles, y uno de ellos es que el ejercicio de la profesión del Derecho es cosa delicada, seria y de gran altura, y que debe tratarse con gran sentido de responsabilidad. El Art. 289 del Código Penal sanciona como delito el ejercicio ilegal de una profesión, pero creo también que la Corte Suprema de Justicia tiene en este punto una tarea pendiente, que debe encarar y con toda la seriedad que el caso amerita.

*Doctor en Derecho.

 

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