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Las soledades de Fidel

Sergio Muñoz Bata*
E-mail:
sergio.munoz@latimes.com

Con la renuncia masiva de la directiva de la “Cuba Policy Foundation”, desaparece la única opción ideológicamente moderada.

Los rompimientos, desencantos y distanciamientos con el gobierno de Fidel Castro en Cuba parecen no tener final. De la ruptura de los precursores, Pablo Neruda, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, tres visionarios que rompieron con Fidel hace más de tres décadas, ya casi nadie se acuerda.

Entre los recién desilusionados destacan los camaradas José Saramago y Eduardo Galeano. Duro golpe a Fidel, dado que a sus nuevos críticos ni Stalin los había hecho pestañear. El resto del elenco crítico es internacional y de primera: Susan Sontag, Pedro Almodóvar, Günther Grass, Joan Manuel Serrat, Jorge Edwards, Carlos Monsiváis, Alfredo Bryce Echenique y muchos más.
Sepultada en el alud de críticas de los famosos se ha perdido de vista la renuncia masiva de la junta de directores de la Cuba Policy Foundation, una de las organizaciones no-lucrativas más influyentes en el debate estadounidense sobre Cuba. Con la desintegración de este grupo cuyo objetivo era relajar las sanciones económicas y políticas contra Cuba y normalizar relaciones, desaparece la única opción ideológicamente moderada que tenía cierta influencia en la política estadounidense hacia la isla.

Los esfuerzos del gobierno norteamericano para derrocar a Fidel Castro y promover la democracia en Cuba son universalmente conocidos desde hace más de cuatro décadas. Pero fuera de Estados Unidos poco se sabía de grupos de norteamericanos como los afiliados a esta fundación con sede en Washington D.C.

Aun cuando los miembros de la fundación estaban lejos de coincidir con los postulados de la revolución cubana y menos aún con las acciones del anciano y obsoleto dictador cubano, no es exagerado sostener que la sección de intereses del gobierno cubano en Washington D.C. tenía en la fundación a uno de sus mejores aliados.

Al grupo formado por William Rogers, quien fuera subsecretario de Estado en la administración de Gerry Ford y fungía como presidente de la junta, se unieron otros personajes de la política estadounidense como los ex embajadores Diego Asencio, Sally Grooms Cowal y Harry Schlaudeman. Trabajando con hombres de negocios, congresistas de ambos partidos, académicos y estudiantes, y contando con el apoyo financiero de corporaciones como la Archer Daniels, la Cuba Policy Foundation logró inyectarle cierta racionalidad a un debate que hasta entonces tenía sólo un protagonista, el todo poderoso lobby cubanoamericano y unos cuantos e insignificantes opositores a las agresivas políticas de 10 presidentes norteamericanos.

Durante todo el año pasado, la fundación cabildeó en el Congreso norteamericano para relajar el embargo a la isla. La salvaje represión castrista de marzo de este año y los fusilamientos sumarios del mismo mes hicieron imposible que los proyectos de la fundación cristalizaran.
Enfrentados a la realidad castrista, la directiva renunció convencida de que mientras Castro permanezca en el poder será imposible trabajar constructivamente a favor de Cuba en Estados Unidos. “No me cabe la menor duda de que Fidel Castro está empeñado en sabotear cualquier esfuerzo encaminado a relajar las tensiones entre Cuba y Estados Unidos”, dice Brian Alexander, quien fungiera como director ejecutivo de la fundación.

En efecto, hoy, en Estados Unidos (y cada día más en el resto del mundo) no quedan sino opositores y desilusionados con el régimen cubano. En el subdesarrollo tropical latinoamericano, sin embargo, se conservan petrificados unos cuantos dinosaurios castristas.

A punto de iniciarse la carrera para la elección presidencial de 2004, Bush prepara ya las modificaciones a su política hacia Cuba, tomando en cuenta que el voto de la comunidad cubano-americana en La Florida será vital para sus aspiraciones. Las opciones que se contemplan incluyen la reducción de las remesas a Cuba, más restricciones a los norteamericanos que quieran viajar a la isla y un fortalecimiento del infumable órgano propagandístico llamado TV Martí. Y un casi impensable e indeseable cambio de régimen en La Habana.

En sus más de cuarenta años de dictadura, Castro ha tenido varias oportunidades para distender la relación con Estados Unidos y nunca lo ha hecho. Lidiar con él no ha sido fácil, pues cualquier presión que se le aplique termina repercutiendo en la población. Hoy, la única opción posible es pensar estrategias de apoyo al pueblo cubano para aplicarse cuando finalmente llegue a Cuba la ansiada era post Castro.

*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.

 

 

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