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Comentando
Las soledades de Fidel
Con
la renuncia masiva de la directiva de la Cuba Policy Foundation,
desaparece la única opción ideológicamente
moderada.
Los rompimientos, desencantos y distanciamientos con el gobierno
de Fidel Castro en Cuba parecen no tener final. De la ruptura de
los precursores, Pablo Neruda, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa,
tres visionarios que rompieron con Fidel hace más de tres
décadas, ya casi nadie se acuerda.
Entre los recién desilusionados destacan los camaradas José
Saramago y Eduardo Galeano. Duro golpe a Fidel, dado que a sus nuevos
críticos ni Stalin los había hecho pestañear.
El resto del elenco crítico es internacional y de primera:
Susan Sontag, Pedro Almodóvar, Günther Grass, Joan Manuel
Serrat, Jorge Edwards, Carlos Monsiváis, Alfredo Bryce Echenique
y muchos más.
Sepultada en el alud de críticas de los famosos se ha perdido
de vista la renuncia masiva de la junta de directores de la Cuba
Policy Foundation, una de las organizaciones no-lucrativas más
influyentes en el debate estadounidense sobre Cuba. Con la desintegración
de este grupo cuyo objetivo era relajar las sanciones económicas
y políticas contra Cuba y normalizar relaciones, desaparece
la única opción ideológicamente moderada que
tenía cierta influencia en la política estadounidense
hacia la isla.
Los esfuerzos del gobierno norteamericano para derrocar a Fidel
Castro y promover la democracia en Cuba son universalmente conocidos
desde hace más de cuatro décadas. Pero fuera de Estados
Unidos poco se sabía de grupos de norteamericanos como los
afiliados a esta fundación con sede en Washington D.C.
Aun cuando los miembros de la fundación estaban lejos de
coincidir con los postulados de la revolución cubana y menos
aún con las acciones del anciano y obsoleto dictador cubano,
no es exagerado sostener que la sección de intereses del
gobierno cubano en Washington D.C. tenía en la fundación
a uno de sus mejores aliados.
Al grupo formado por William Rogers, quien fuera subsecretario de
Estado en la administración de Gerry Ford y fungía
como presidente de la junta, se unieron otros personajes de la política
estadounidense como los ex embajadores Diego Asencio, Sally Grooms
Cowal y Harry Schlaudeman. Trabajando con hombres de negocios, congresistas
de ambos partidos, académicos y estudiantes, y contando con
el apoyo financiero de corporaciones como la Archer Daniels, la
Cuba Policy Foundation logró inyectarle cierta racionalidad
a un debate que hasta entonces tenía sólo un protagonista,
el todo poderoso lobby cubanoamericano y unos cuantos e insignificantes
opositores a las agresivas políticas de 10 presidentes norteamericanos.
Durante todo el año pasado, la fundación cabildeó
en el Congreso norteamericano para relajar el embargo a la isla.
La salvaje represión castrista de marzo de este año
y los fusilamientos sumarios del mismo mes hicieron imposible que
los proyectos de la fundación cristalizaran.
Enfrentados a la realidad castrista, la directiva renunció
convencida de que mientras Castro permanezca en el poder será
imposible trabajar constructivamente a favor de Cuba en Estados
Unidos. No me cabe la menor duda de que Fidel Castro está
empeñado en sabotear cualquier esfuerzo encaminado a relajar
las tensiones entre Cuba y Estados Unidos, dice Brian Alexander,
quien fungiera como director ejecutivo de la fundación.
En efecto, hoy, en Estados Unidos (y cada día más
en el resto del mundo) no quedan sino opositores y desilusionados
con el régimen cubano. En el subdesarrollo tropical latinoamericano,
sin embargo, se conservan petrificados unos cuantos dinosaurios
castristas.
A punto de iniciarse la carrera para la elección presidencial
de 2004, Bush prepara ya las modificaciones a su política
hacia Cuba, tomando en cuenta que el voto de la comunidad cubano-americana
en La Florida será vital para sus aspiraciones. Las opciones
que se contemplan incluyen la reducción de las remesas a
Cuba, más restricciones a los norteamericanos que quieran
viajar a la isla y un fortalecimiento del infumable órgano
propagandístico llamado TV Martí. Y un casi impensable
e indeseable cambio de régimen en La Habana.
En sus más de cuarenta años de dictadura, Castro ha
tenido varias oportunidades para distender la relación con
Estados Unidos y nunca lo ha hecho. Lidiar con él no ha sido
fácil, pues cualquier presión que se le aplique termina
repercutiendo en la población. Hoy, la única opción
posible es pensar estrategias de apoyo al pueblo cubano para aplicarse
cuando finalmente llegue a Cuba la ansiada era post Castro.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.
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