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Tomando
la palabra
EL DIABLO SE LLAMA DABOUB
La
esencia del liberalismo es la no ortodoxia, puesto que se basa en
las fuerzas creativas del hombre en libertad.
Omar Torrijos, el hombre fuerte de Panamá, llamó
de urgencia al jefe de su gabinete económico, Nicolás
Barletta. Le dijo que estaba preocupado por el descontento que había
en la población por los altos costos de la energía
eléctrica y que eso incidía en la baja de su popularidad.
Barletta, un brillante economista graduado en Harvard, se tomó
todo el tiempo del mundo para explicarle al general no sólo
por qué la electricidad costaba lo que costaba, sino que
también le hizo ver la imposibilidad de bajar las tarifas.
Hacerlo implicaría un grave desequilibrio presupuestario,
que luego impactaría de peor manera en los sectores pobres.
Omar Torrijos exhaló una bocanada de humo de su habano y
dijo: Nicky, yo sé que tú tienes razón,
pero entre la razón y la necesidad, la necesidad tiene la
razón, ¡así que bájale a esas tarifas...
carajo!. Toda la lógica matemática y económica
pulida en Harvard se derrumbó en pocos segundos ante las
botas y las charreteras del general. Barletta hizo lo que se le
ordenó, bajaron las tarifas, se profundizó el desequilibrio
fiscal, subieron los impuestos, hubo que hacer préstamos
para pagar el subsidio..., al final, tanto el desequilibrio como
el pago de la deuda golpeó como siempre de la clase media
para abajo.
En los primeros años de la revolución sandinista,
el flamante ministro de Economía, Henry Ruiz, que de economía
sabía tanto como yo de la anatomía de un pingüino,
anunció alegremente que los alquileres de las viviendas costarían,
por decreto, sólo la mitad de lo que se estaba pagando en
ese momento. Los inquilinos celebraron la noticia con euforia e
hicieron números de lo que ha- rían con el sobrante.
La medida entró en vigor, la confianza en la inversión
desapareció, las tasas de interés se dispararon, los
precios aumentaron y, en poco tiempo, la economía enloqueció.
Los pobres, como siempre, pagaron los platos rotos.
En Perú, Alan García decidió no pagar el servicio
de la deuda y, paralelo a ello, pasar al Estado numerosas empresas
que estaban en manos privadas. Claro, en el lenguaje populista de
Alan García, pasar a manos del Estado era pasar a manos del
pueblo. Como resultado de estas y otras medidas populistas, la inflación
se desbocó hasta cobrar dimensiones sandinistas, los salarios
perdieron de porrazo el valor adquisitivo y ya saben que, como siempre,
los más afectados fueron las masas populares,
paradójicamente la razón de ser del ideario populista.
América Latina parece ser el paraíso de los populistas
de todo signo. Un paraíso desolado donde existe la plena
convicción de que la retribución económica
de los seres humanos no tiene nada que ver con la productividad,
sino más bien con el modo de ser o el estado de ánimo
de los presidentes de turno. No hay manera de hacerle entender a
un sindicalista hondureño o ecuatoriano que un obrero alemán
gana mucho más porque producen unas 38 veces más que
el promedio del obrero latinoamericano.
Desafortunadamente muy poco se comprende en la clase política
de nuestro subcontinente que esa capacidad productiva del obrero
alemán está íntimamente ligada al sistema de
libertades que es su entorno político y social. Es decir,
fue el sistema de economía de mercado el que hizo posible
que Alemania se levantara de las humeantes ruinas en que quedó
tras la Segunda Guerra Mundial. Es, por el contrario, el esquema
populista impulsado por los sandinistas y prolongado de alguna manera
por los gobiernos posteriores lo que mantiene, aún hoy, a
Nicaragua en las ruinas de un terremoto que ocurrió hace
más de 30 años.
Por desgracia, el populismo no es patrimonio de la izquierda. Muchos
en la derecha también fuman ese apestoso cigarrillo. Por
ejemplo, tras los resultados electorales del 16 de marzo, se oyeron
voces dentro del partido de gobierno que pedían la cabeza
del ministro de Hacienda, Juan José Daboub, a quien señalaban
como culpable de los resultados por mantenerse apegado a una dura
visión de economía de mercado. Ortodoxia liberal,
le llamó un matutino. Un término poco feliz, ya que
el liberalismo no es una capilla de fanáticos como el marxismo
leninismo. La esencia del liberalismo es precisamente la no ortodoxia,
puesto que se basa en las fuerzas creativas del hombre en libertad.
Lo poco que sé del Ministro de Hacienda (ese cargo y el de
árbitro de fútbol son quizá los más
ingratos del mundo), es que condujo con bastante éxito la
modernización de la industria telefónica, que ha contribuido
a mantener la estabilidad macroeconómica a pesar de los desastres
naturales y la constante agitación callejera, que aportó
al plan de integración monetaria y a la eliminación
del subsidio al diesel y que redujo en un millón de colones
el presupuesto de la nación con respecto al año pasado.
Sólo por eso, le hubiesen levantado una estatua en Argentina,
por ejemplo.
Pero se le acusa, desde la derecha, de no tener capacidad
política. Es decir, por no subir el salario mínimo,
por no bajar las tarifas de los servicios y, en fin, por no meter
en los bolsillos de los pobres más dinero. Por no tener lo
que la izquierda llama sensibilidad social o por no
aplicar lo que la derecha populista llama economía social
de mercado. Para los populistas de todo signo, capacidad política
es mentirle a la gente. Darle lo que pide en tiempos de elecciones,
no importa si para ello se endeuda al país o se hipoteca
el futuro. Lo importante son los votos, lo demás es tontera.
Capacidad política.
No me cabe la menor de duda que el Ministro ha cometido errores
y de que pudo haber hecho mejor ciertas cosas. Pero no creo que
lo que se le critica hayan sido sus errores. Más bien considero
que mantener un esquema de austeridad, estabilidad y eficiencia
ha sido su mérito, por duro que a todos nos toque. Yo le
reclamaría quizá mayor definición en la apertura
económica: ley de libre competencia, mecanismos más
efectivos para proteger a los consumidores y (ya veo las cruces
de los populistas de hueso colorado) propugnar por la derogación
del artículo constitucional que limita la propiedad de la
tierra.
Las cruces dije, porque para la ortodoxia marxista y el oportunismo
populista de izquierda y derecha afirmar que la libertad económica
es consustancial con todas las demás libertades es una afirmación
satánica. De manera que estoy seguro de que en el paraíso
populista, el diablo se llama Daboub.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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