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Descorriendo el velo
El verdadero bloqueo de Cuba

Raúl Rivero Castañeda
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El autor es un poeta y periodista cubano que acaba de ser condenado a veinte años de cárcel por organizar un petitorio de elecciones libres. Esta nota fue escrita unos meses antes de su arresto

LA HABANA.- Un hombre pedalea bajo el sol caribeño en su bicicleta Forever, fabricada en China. Su desayuno se limitó a una rodaja de pan y un café pésimo. Le cuesta analizar el embargo comercial norteamericano contra Cuba, porque sólo piensa en su almuerzo y el de su familia. Para él, el pensamiento abstracto es un lujo. Requiere tiempo, información y un motivo para reflexionar sobre un tema que, a primera vista, parece traído de otra galaxia.

Lo cierto es que en Cuba el ciudadano común está mucho más oprimido por un embargo personal que lo ha transformado en un peón más, amordazado y con los ojos vendados. El debate en torno del embargo impuesto por Estados Unidos palidece (y queda relegado a un recoveco de la mente) si lo comparamos con la obstructiva situación interna que lo rodea y envuelve. En este país, el verdadero bloqueo, el que afecta la vida cotidiana del pueblo, es su sistema de gobierno. El lazo corredizo que asegura la perpetuación de una Cuba inmovilizada y pobre.

Para la gente común, el viejo distanciamiento entre las dos naciones no tiene sentido. Ellos desean que Cuba estreche sus relaciones con Estados Unidos, donde viven muchos parientes y amigos. No obstante, ningún proceso político ha allanado el camino. Así, pues, en realidad, la situación de punto muerto entre los dos países sólo concierne a los cubanos que tienen tiempo para considerar cuestiones políticas de alto nivel.

Estos individuos leen diarios fabricados en las oficinas del Partido Comunista. Sólo miran dos canales de televisión, ambos cortados de la misma tela. Escuchan radios que difunden los mismos discursos gastados. Cuba no ofrece un flujo libre de información; sus ciudadanos sólo reciben y leen pura propaganda. El público sospecha de las proclamas oficiales, pero no tiene cómo hacerse oír. De ahí su silencio, aparentemente aprobatorio.

De hecho, antes de abordar los problemas entre su país y Estados Unidos, los cubanos desean eliminar las desigualdades existentes entre el pueblo y sus dirigentes. El hombre común quiere poseer una empresa o comercios modestos, acceder a una prensa libre, organizar partidos políticos, rehacer la sociedad y liberar a los presos.

Las autoridades gustan de presentarse como víctimas de un gigante poderoso, empeñado en asfixiar a una nación y a su pueblo unido. Pero si miramos de cerca, no podemos ver ese rostro de víctima. Cuba no es una ciudadanía unida sino, más bien, un país mediocre, creado mediante el amordazamiento de todo su pueblo. Podemos catalogar sistemáticamente cómo el gobierno maltrata a gran parte de su pueblo del mismo modo terrible en que, según dice, los enemigos de Cuba tratan a nuestro país.

Estos funcionarios deberían tomar el dinero que gastan en intentar convencer a otras naciones de la generosidad de nuestros sistemas de salud y educación públicas, y aplicarlo a las necesidades del pueblo cubano. En verdad, los servicios médicos son cada vez más precarios, y el sistema educacional no ha avanzado más allá de un régimen común de adoctrinamiento político. En la práctica, los padres no pueden influir en la forma en que las escuelas mol- dean a sus hijos. Cada vez que el gobierno encara realmente problemas básicos de bienestar social, sus esfuerzos sólo producen individuos dependientes que se someten a la voluntad de un grupo de dirigentes “elegidos” en comicios ocasionales y arreglados, aunque de hecho se eligen entre sí.

Por consiguiente, el compromiso de los dirigentes con la soberanía de las masas suena falso. Hablar del libre albedrío de los cubanos equivale a cometer un acto antojadizo y criminal contra el pueblo. En estas últimas semanas han sido detenidos, y podrían ser juzgados, treinta y seis activistas de derechos humanos, miembros de la prensa alternativa y representantes del naciente movimiento por los derechos civiles.

Todos podemos coincidir en que los seres humanos no están obligados a vivir conforme a los dictados de un amo o una filosofía; en que los individuos deben vivir en libertad, disfrutando del derecho a una existencia feliz y fructífera junto a sus familiares y amigos. Pero en Cuba vivimos en medio de un aparato propagandístico que se infiltra en la vida cotidiana. Que enfatiza un clima de alegría popular y, con su habilidad para confundir al inocente, inspirar al ignorante y consolar al frustrado, pinta fielmente el goce de un caballo castrado.

En última instancia, los cubanos se ven constreñidos a aferrarse a esquemas rígidos e imposibles. A raíz de esto, centenares de miles de adultos jóvenes se lanzan hacia un futuro, cuya senda está sembrada de símbolos peligrosos y desafíos inmensos. Intuyendo que les han cerrado de un portazo el camino hacia el futuro de su patria, se afanan únicamente por su beneficio personal.

 

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