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Claves de la historia
El debate actual sobre la Constitución de Europa

Luis Fernández Cuervo*
e-mail: lfcuervo@tutopia.com

Un debate correcto en la forma, pero serio, difícil y delicado, porque toca el tema de las creencias religiosas y de suspicacias y temores

(Primera parte)
La Unión Europea prepara un borrador sobre su futura Constitución, elemento indispensable para avanzar desde la unificación económica y monetaria hacia una pronta unificación política. El asunto es de vivo interés desde varias perspectivas. Desde un punto de vista internacional, una Europa, políticamente unida, supondrá un conjunto de unos 30 países y unos 500 millones de habitantes con un fuerte desarrollo económico y un alto potencial intelectual y profesional -el segundo en el mundo después de Estados Unidos- y, por lo tanto, uno de los ejes más importantes en la globalización de la mentalidad mundial.

Desde una perspectiva local, salvadoreña, también nos interesa porque -llámesela “europea”, “occidental” o “cristiano-occidental”- a esa cultura pertenecemos, con características propias y diferenciales, sí, pero con las mismas esencias culturales y con problemas semejantes de identidad y de unificación. Además, para los que se desaniman ante los problemas de esa necesaria unión centroamericana, la Unión Europea constituye un magnífico estímulo y ejemplo de cómo resolver obstáculos mucho más difíciles que los nuestros: idiomas muy diferentes, competitividad agrícola e industrial, tremendos traumas y desconfianzas producidas por las dos feroces guerras mundiales, etc.

Pero el punto de mayor interés en el actual debate sobre ese borrador es el relacionado con los valores espirituales que se quieren plasmar en esa futura Constitución. Un debate correcto en la forma, pero serio, difícil y delicado, porque toca el tema de las creencias religiosas y de suspicacias y temores sobre confesionalismo o laicismo constitucional. Este terreno tiene unos antecedes históricos fuertemente polémicos, desde la pugna de los dos poderes, el del Papa y el Emperador en la Edad Media, hasta el feroz ateísmo antirreligioso del radicalismo, anarquismo y marxismo de los siglos XIX y XX, pasando por las luchas entre güelfos y gibelinos en el Renacimiento, la “tolerancia” intolerante de los ilustrados del Siglo XVIII, la sustitución del Antiguo Régimen por la Revolución Francesa, la aparición de los partidos democráticos de inspiración cristiana y los de laicismo militante, la lucha entre Estado docente y libertad de enseñanza y un sinfín de problemas y enfrentamientos sobre esas dos opuestas visiones de la ley, la sociedad y el sentido de la vida.

Desde un primer momento, antes de que Valéry d’Estaing, presidente de la Convención Europea, presentara ese borrador a los 105 miembros de dicha Convención, el 6 de febrero pasado, ya había suscitado la queja del Papa, porque en ese documento no se mencionaban para nada las raíces cristianas de Europa y pronto sufrió, en la misma línea, fuertes críticas de importantes y numerosos grupos de católicos, protestantes, ortodoxos y de otras comunidades religiosas, que pedían que se haga en el documento una mención a Dios, a los valores cristianos que han forjado Europa y que se reconozca claramente el estatuto jurídico de las iglesias y de las comunidades religiosas.

A mediados de enero se publicó el “Manifiesto de Barcelona”, resultado del congreso de “Cristianos por Europa”, una convención permanente de europarlamentarios, políticos de distintos países, diplomáticos, educadores, académicos y profesionales, donde, entre otras cuestiones, se pide que en la futura Constitución Europea se recoja, no sólo el estatus legal de los estados miembros, sino también el de las iglesias.

A finales de enero, monseñor Renato Martino, presidente del Consejo Pontificio Justicia y Paz, ante más de un centenar de universitarios de 15 países europeos, recalcaba que: “la cultura europea hunde sus raíces en la civilización greco-romana, se ha beneficiado de las aportaciones del judaísmo y del islam, pero ha estado marcada principalmente por el sello del cristianismo durante dos milenios”... “la impronta cristiana constituye la especificidad de Europa, testimoniada por los mismos padres fundadores; tal herencia no puede negarse. Reconocerla no significa contradecir el principio de la laicidad, sino interpretarla en forma correcta”... “no es aceptable que en una época de apertura y de respeto hacia todas las convicciones humanas, se manifieste una tendencia discriminatoria frente a la religión”. Y en clara alusión al sombrío recuerdo de las barbaridades del fascismo italiano, el nazismo alemán y el comunismo ruso, añadió: “la indiferencia hacia tal dimensión sólo puede conducir a efectos trágicos, como la historia del continente europeo ha demostrado dolorosamente”.

Un día después, el vicepresidente del Gobierno italiano, Gianfranco Fini, decía que: “es innegable que la identidad más profunda de Europa se encuentra tanto en los valores religiosos como en la tradición llamada judeocristiana. La laicidad más profunda consiste precisamente en reconocer esta verdad”. Lamberto Dini, de la oposición centro-izquierda, ex ministro de Asuntos Exteriores, apoyó la tesis de Fini y prometió apoyar toda propuesta que tienda a introducir en el documento cuestionado la referencia a los valores espirituales y a los valores religiosos y cristianos.

El debate ha seguido, y otras importantes personalidades lo están planteando en una forma que supone un avance y una clarificación que evita caer en los extremos del confesionalismo jurídico y del falso neutralismo jurídico que supone, en realidad, un ataque o un desprecio contra la realidad innegable de los valores positivos que lo religioso aporta hoy día en Europa y en toda verdadera democracia.

* Dr. en Medicina y Columnista de El Diario de hoy.

 

 

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