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Una mirada de fe
Celebremos el Gran Domingo

Oscar Rodríguez Blanco s, d, b*.
El Diario de Hoy
osrobla@hotmail.com

Nosotros celebramos la vida, la salud, los triunfos, la fraternidad, la sonrisa de los niños, la ternura de las madres, la fortaleza de los enfermos y hasta el ocaso de nuestra existencia

Hace ocho días celebrábamos con alegría desbordante la Resurrección de Jesucristo, la fiesta más grande que existe en la Iglesia y que constituye para nosotros el núcleo de nuestra fe. El apóstol San Pablo nos dice: “Si Cristo no resucitó, nuestra fe es inútil” (1ª. Cor.15, 17).

Las fiestas pascuales no han finalizado, se prolongan como si fuera un solo domingo de cincuenta días, en los que se proclama día a día que Cristo salió victorioso de la tumba y que vive entre nosotros. “Velaron las estrellas el sueño de su muerte, sus luces de esperanzas las recogió ya el sol, en haces luminosos la aurora resplandece, es hoy el nuevo día en que el Señor actuó”, dice uno de los himnos que nos hace rezar y cantar la liturgia en esta cincuentena pascual.

El celebrar los acontecimientos importantes de la vida forma parte de nuestra naturaleza humana. Hay acontecimientos que tienen que ver con nuestra vida, con nuestras costumbres, con nuestras tradiciones, con nuestra historia. Las culturas antiguas celebraban fiestas religiosas en algunas fechas que tenían que ver con el ciclo de la naturaleza, los astros, la vida agrícola, sus dioses, etc.

Nosotros celebramos la vida, la salud, los triunfos, la fraternidad, la sonrisa de los niños, la ternura de las madres, la fortaleza de los enfermos y hasta el ocaso de nuestra existencia. Como cristianos, celebramos, ante todo, nuestra relación con Dios, principio y fin de todas las cosas. Entre nuestras celebraciones como cristianos ocupa un espacio especial “el dedicar un tiempo a Dios”, y ese tiempo es, sobre todo, el domingo, día en el que Jesús resucitó de entre los muertos.

El antiguo pueblo de Israel, a diferencia del cristianismo, celebraba el sábado para observar lo que Dios les había ordenado: “Cuida de santificar el sábado, como Yahvé, tu Dios, te lo manda” (Dt.5, 12). Era el día en que los amos, sus esclavos, sus esclavas y sus animales, descansaban. También lo hacían porque querían imitar a Dios que terminó su trabajo en siete días, tal como nos lo dice el libro del Génesis: “El día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios” (Gn.2, 2-3). Jesús mismo observó el sábado como cualquier creyente de su tiempo y, muchas veces, se presentó a la sinagoga para enseñar. No abolió la práctica del sábado, pero sí atacó fuertemente a los fariseos por su rigorismo exagerado, insistiendo en que más importante que el sábado es el amor, que está sobre cualquier otra norma.

Después de la Resurrección, los cristianos empezaron a celebrar el domingo, “primer día de la semana” como el día del Señor. Fue el primer domingo de la historia que pasaría a adquirir plenamente el sentido religioso que tenía el antiguo sábado judaico. Fue en el primer día de la semana que Jesús resucitó pasando de la muerte a la vida. Cuando las mujeres, que habían ido al sepulcro al amanecer del primer día, se disponían a embalsamar con aromas el cuerpo de Jesús, se dieron cuenta de que la sepultura estaba abierta, y fue entonces cuando escucharon una voz que les decía: “Jesús el Nazareno, el crucificado, no está aquí, ha resucitado ”.

Las profecías se habían cumplido, la muerte había sido vencida y ese mismo sepulcro estaba anunciando que al final de los tiempos todos los sepulcros quedarían vacíos porque la Resurrección de Jesús estaba garantizando nuestra propia resurrección. Su misterio pascual es el fundamento, el soporte y la fuerza de nuestra fe y esperanza, es la vida nueva que tenemos ya en nosotros, y que un día, no sabemos cómo ni cuándo, se transformará de aurora de muerte en aurora de vida.

Sigamos celebrando la alegría de este triunfo para seguir viviendo la gran verdad que proclamamos en el credo: “Y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”. Sin una convicción profunda de esta verdad, no tiene sentido nuestra vida cristiana, pues la Resurrección del Señor es el principio y el término de la felicidad plena a la que todos los creyentes aspiramos.
*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).

 

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