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La
Semana de la Lectura
Leer
po placer
Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Estos
mundos abren infinitas posibilidades porque absorben y fascinan,
porque permiten al cerebro trabajar, a las ideas resurgir y a la
razón juzgar y analizar los planteamientos hechos por los
escritores.
El 23 de abril se conmemoró la muerte de dos monstruos de
la literatura universal: Cervantes y Shakespeare. Esa misma semana
se celebró la Semana de la Lectura, con diversas actividades
para honrar un arte, una costumbre y un placer en vías de
extinción, y cuyas consecuencias ya las está sufriendo
la humanidad.
Mundialmente se inició la lectura de El Quijote por Internet
y en el país tuvimos la presencia de distinguidos escritores,
amén de la presentación de sus libros que ha sido
todo un acontecimiento.
¿Qué se puede hacer para que el hombre se dé
cuenta de que los libros encierran verdaderos tesoros y despertar
su curiosidad para que se anime primero a abrirlos y luego a sumergirse
más y más en su extraordinario contenido, hasta llegar
a perder el sentido de la realidad y cruzar esa línea tan
tenue que divide esta mísera y prosaica tierra con el maravilloso
mundo de los sueños y las quimeras?
Da pena ver a personas agobiadas por problemas políticos,
familiares y de trabajo que en un loco afán por evadirse
recurren al alcohol, a la droga, al juego, a la TV para huir de
la realidad ingrata, sin percatarse de que se están destruyendo
a sí mismos, y con ese suicidio lo único que lograrán
es desaparecer por completo, mientras la descarnada fatalidad continúa
viva y en búsqueda de más y más presas que
destruir.
Las estadísticas mundiales son alarmantes por los porcentajes
cada vez más bajos de personas que apenas leen un libro al
año, y lo son aún más en el caso de los jóvenes.
El escritor chileno Ibáñez Langlois advierte que la
solución de los grandes problemas de la humanidad, como la
pobreza, la amenaza a la ecología, la falta de educación
y de salud, lejos de verse cercana parece incierta ante el desprecio
cada vez mayor de los jóvenes por la lectura. Y lo confirma
con el axioma de la íntima relación que existe entre
leer, escribir y pensar, ya que al no darse la primera condición,
es imposible que existan las otras.
Una persona que no lee es como alguien agobiado y preso en un enorme
recinto oscuro, con cientos de ventanas cerradas, cada una de las
cuales podría darle acceso a un mundo luminoso y libre donde
puede entrar y gozar de las maravillas que ofrece: pero no las abre.
Y no sabe que una le lleva al mundo clásico de la Grecia,
que talló en mármol las figuras de unos dioses que
sus mismos hombres inventaron, dotándolos de cualidades excepcionales
hasta convertirlos en todopoderosos, y de la Roma suntuosa, dominadora
del mundo que divinizó a sus emperadores a pesar de sus mezquindades,
pero que dejó su disciplina en forma de leyes.
Otra lleva a una Edad Media poblada de sabios y santos, que en un
intento de unir el cielo con la tierra construyeron majestuosas
catedrales que plasman en piedra su fe en los estilos románico
y gótico.
A éste sigue el Renacimiento, en que el hombre cree haber
alcanzado el derecho a ser el centro del universo al descubrir las
ciencias y hace del arte, tanto en la pintura como en la escultura,
el medio para dejar constancia de su valer, edificando palacios
y monumentos que eternicen su memoria.
Aquel descubre la inquietud del hombre por cambiar sistemas y costumbres
y poder ejercer su libertad y sus derecho, y será la Revolución
Francesa la que, en nombre de la diosa Razón, dé lugar
a otros estilos y tendencias en que la literatura tiene un clamor
de denuncia: los dramáticos niños víctimas
de la Revolución Industrial darán paso al mundo del
romanticismo, que se caracterizará por el sentimiento, la
imaginación y la intuición.
Y esa ventana al mundo misterioso que es la literatura regionalista,
en que Latinoamérica presenta a la tierra como un personaje
nuevo que con su fuerza telúrica se hace sentir con toda
su fuerza en las pasiones del hombre y casi determina su actuar.
Estos mundos abren infinitas posibilidades porque absorben y fascinan,
porque permiten al cerebro trabajar, a las ideas resurgir y a la
razón juzgar y analizar los planteamientos hechos por los
escritores, esos genios que de manera mágica saben manejar
la palabra hasta convertirla en una idea que convence y deleita
para hacernos experimentar un infinito placer. ¡Qué
poca gente ha conocido esta experiencia! Y tal vez muchos la consideren
un absurdo y una pérdida de tiempo, porque olvidan que el
conocimiento de las diferentes épocas de la historia, de
la música, de la pintura y de la literatura constituye la
base de una cultura general que en este mundo pequeño y globalizado
serán una herramienta valiosa para no hacer el ridículo,
ya que en el complicado mundo de la empresa, resulta difícil
hacer negocios con un ignorante. Intentemos descubrir el inmenso
placer de leer.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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