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Palabras
Noche en el bosque
Carlos Balaguer
El día pasó en la cima con sus nubes y brumas viajeras.
El sol nos calentó un momento y, después de volverse
amarillo como una naranja, se fue hacia el desfiladero de la tarde.
Después anocheció. Nos amamos de un puñal.
R. llevaba su lámpara eléctrica, aunque le sirviera
de poco por la niebla, que no deja ver más allá de
ti, y te conturba la luz de tu linterna cuando, como un espejo,
su luz se detiene en la niebla.
Nos internamos en el bosque de aquellos árboles espesos y
sin tiempo, que altos se alzaban infinitos sobre todo.
No hubo que caminar mucho entre aquellos senderos de musgo y de
helechos. Aquello apareció ahí, ante nosotros, con
sus ojos de mercurio.
No lo podíamos distinguir. Pudo haber sido un animal inofensivo.
Pero el hecho de no poderle distinguir en la niebla y la oscuridad
lo volvía aterrador. Siempre el alma de los hombres se aterra
ante lo desconocido.
Sentíamos su aliento, su presencia ante nosotros. Era la
bestia. Eso que nos aterra, que nos inunda, que nos vive dentro.
En la ciudad y sus tugurios, en los manicomios del terror, se la
encuentra en cárceles o en fotografía de periódicos,
o dentro de uno mismo al dañar aquello que más amamos.
Pero esa bestia era distinta a los hombres a quienes se les llama
igual.
Estábamos ahí: Nosotros, el ser de barro que hizo
el Divino alfarero un día al empezar todo desde más
allá de las estrellas y esa bestia, sola y mansa que nos
buscaba.
Estaba ahí, metida en un arbusto enorme que daba frutos amarillos
y dulces de los cuales también comimos.
Y quedamos ahí, detenidos, eternamente como desconocidos
y desiguales fugitivos del tiempo, unidos por la bestia viva y latente
en la respiración.
Día a Día
El desorden administrativo, la virtual quiebra de las alcaldías
y la perspectiva de que habrá incrementos en los impuestos
generan desconfianza, lo que se traduce en menos inversiones.
Y al haber menos inversión, habrá menos empleo. Por
culpa de esto se puede pasar de un clima de cierto optimismo entre
los empresarios y los inversionistas, que están viendo la
posibilidad de superar los efectos de la crisis mundial, a una situación
de desconfianza y contracción.
Y una de las consecuencias es que el nivel del bienestar se reduce
y afecta.
Es impensable que un país sea próspero y optimista
con sus municipalidades quebradas.
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