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La nota del día
Pierden miedo y caen en el terror

Nadie pide peras al olmo ni puede esperar que de los más asquerosos fondos de una sociedad surja un futuro de paz y progreso.

El actual presidente de Brasil, Lula da Silva, basó su campaña electoral en el lema “del miedo a la esperanza”. El natural y muy justificado pavor que tiene una mayoría de personas a los comunistas puede, siguiendo a Lula, convertirse en esperanza. La esperanza de un mejor futuro, que se harán milagros y que los lobos pastarán al lado de mansas ovejas.

La esperanza, empero, se precipita en el vacío cuando no existen justificaciones para dejarse llevar por ella. Las más de las veces se pasa del miedo a la esperanza, de la esperanza al desastre y luego al terror. Los cubanos respaldaron a Fidel Castro con la esperanza de superar las convulsiones políticas que desde siempre padecieron, para despertar a la espantosa realidad de una dictadura sangrienta y terriblemente empobrecedora.

No hay un solo caso en la historia contemporánea, de comunistas que al hacerse del poder hayan respetado la democracia, cuidado las libertades individuales y promovido el desarrollo. Hasta el colapso del Muro de Berlín, se engañó al mundo con la leyenda de que las “sociedades socialistas” eran más prósperas y más libres que cualquier nación del mundo. Pero el colapso del muro mostró todo lo contrario, como se puso al descubierto al abrirse la China Continental.
El caso más aleccionador para los centroamericanos es el de Nicaragua. Una dictadura que en sus inicios fue cruel pero que con el tiempo fue suavizándose, la de Somoza, fue derrocada por una coalición de todos los grupos opositores, incluyendo a los sandinistas.

La gran diferencia es que mientras la mayoría de los opositores buscaban restituir el orden de derecho y el respeto a las libertades individuales, el programa sandinista fue instaurar un régimen de corte marxista calcado del cubano, en el cual el partido único define las reglas sobre la marcha. Los sandinistas coartaron las libertades, amordazaron al pueblo y se dedicaron a saquear el país.

Como nos dijera un exiliado nicaragüense en esos aciagos tiempos, es absolutamente improbable que una banda de asesinos, secuestradores, cuatreros, asaltantes de bancos, violadores y facinerosos sean capaces de dar forma y sustancia a un Estado en el que se respete la ley y se vele por la libertad y el bienestar de los ciudadanos.
Nadie pide peras al olmo ni puede esperar que de los más asquerosos fondos de una sociedad surja un futuro de paz y progreso.

Desprecio por la moral y por la vida

El marxismo se fundamenta en el rechazo a la moral, calificándola como una institución burguesa. Según sus tesis, “el fin justifica los medios”, con lo cual se dan licencia para perpetrar los crímenes y las iniquidades más abominables. Basta que una de estas bandas proclame luchar por “la emancipación del pueblo” para justificar los homicidios y depredaciones que sirvan a sus propósitos. Pasó en Nicaragua y está ocurriendo en Venezuela.

El desprecio por la moral explica el desprecio por la vida en los regímenes comunistas, lo que conduce a las grandes matanzas, a los campos de concentración y a la terrible pobreza que es el signo de esas despiadadas sociedades. Al hombre no se le reconoce alma ni menos individualidad, por lo que se le puede sacrificar en aras de los intereses del Estado. Stalin no tuvo escrúpulo ninguno en matar cuarenta millones de seres para “construir el socialismo”.

 

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