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Analizando
Fuerza y paz en Iraq

Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Estamos en alguna medida frente a un monopolio de la fuerza en el mundo que se combina con una poderosa presión para que ese poder sea utilizado de forma racional y civilizada. Obviamente existirá una arrogancia que resultará molesta para los débiles e incómoda para otras potencias

Oxford, Inglaterra. La guerra de Iraq no es una cólera de un presidente norteamericano, que puede ganar una guerra, pero que con seguridad perderá las próximas elecciones en su país.

Esa guerra tiene como principal factor de provocación los ataques terroristas del 11 de septiembre a Estados Unidos. Sin la inseguridad que esos ataques generaron en la sociedad estadounidense, no existiría la guerra de Iraq.

Esos ataques crearon las condiciones en la opinión pública norteamericana para que un gobierno conservador llevara adelante un plan de guerra para destruir o disuadir a sus enemigos. Esos ataques le permiten ahora a EE.UU. y Gran Bretaña combatir por tierra y tener bajas.

Analizando los discursos de Bush y Blair, se pueden establecer dos ideas centrales que podrían estar en los propósitos de la guerra.

En primer lugar realizar una acción ejemplar contra un Estado que apoya el terrorismo y con ello inhibir a otros. Hay una diferencia sustancial entre el terrorismo aislado y perseguido en todo el mundo y el terrorismo apoyado por estados.

Hace treinta años, la violencia contra el orden tenía bastante legitimidad, debido al predomino autoritario. Durante la Guerra Fría, ambos bandos apoyaron acciones terroristas de grupos irregulares. Con el avance de la democracia y los atentados del 11 de septiembre, la legitimidad se colocó a favor del orden. Siempre será difícil probar el apoyo de estados a terroristas, lo determinante es que la acción sobre Iraq convierte el apoyo al terrorismo en riesgo propio y altera la relación costo beneficio de esa política para cualquier gobierno.

El segundo propósito de los aliados parece ser plantar una democracia liberal en Iraq y generar un efecto de imitación en Asia. La diferencia fundamental entre Oriente y Occidente es el carácter religioso de la política de los países árabes. El predominio político de la religión convierte una diferencia cultural en motivo de conflicto, ya que las visiones sobre las libertades, los derechos de la mujer y la tolerancia son completamente antagónicas. Estos factores bloquean el desarrollo tecnológico, mantienen la explosión demográfica e impiden la democracia y la modernización económica.

La mayoría de países árabes aliados de Estados Unidos son monarquías con gobiernos autoritarios. Las relaciones con Occidente son muy frágiles y de doble moral. Al mismo tiempo que se benefician de la relación comercial, odian las democracias liberales, porque éstas por sí mismas cuestionan su poder autocrático. Las sociedades con predominio secular como Libia y el mismo Iraq son igualmente dictaduras que están en conflicto con EE.UU.

La única posibilidad de contener el terrorismo religioso y estabilizar las relaciones entre el mundo árabe y Occidente es el avance de la democracia en el primero. La discusión es si la democracia se puede imponer a partir de una guerra. Al parecer, Estados Unidos y Gran Bretaña han considerado que Iraq tiene buenas condiciones para convertirse en una democracia liberal, con un Estado laico y una economía moderna.

A diferencia de Afganistán, Iraq es un país rico, sin fanatismos religiosos y predominio de una cultura secular que no discrimina a la mujer. En definitiva se estaría intentando repetir el modelo aplicado con Japón al final de la Segunda Guerra Mundial. Visto así, las armas de destrucción masiva y el apoyo a Al Qaida son sólo parte del marco justificatorio.

Tomas Hobbes, filósofo inglés del Siglo XVII, reconocido como uno de los fundadores de las ciencias políticas, decía que los hombres necesitaban de un poder común que los atemorizara para poder vivir en paz. De ello surgía la necesidad del Estado y el monopolio de éste en el ejercicio de la fuerza. La democracia se alcanza cuando el Estado aprende a usar la fuerza con legitimidad y legalidad y cuando los ciudadanos le reconocen plenamente ese monopolio al Estado. En el plano internacional la paz ha dependido siempre de los balances y equilibrios de fuerza, y así fue durante la Guerra Fría.

Las armas atómicas no se concibieron para hacer la guerra, sino para disuadirla. El verdadero poderío militar en la era moderna reside en la capacidad de intervenir y vencer con fuerzas propias en cualquier lugar del mundo. Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, ganó y consolidó esa capacidad, a la que ahora Gran Bretaña se está sumando. Esta alianza se está colocando como el poder que mantendrá el orden en el mundo, y el resto de potencias deberán limitarse a ejercer la fuerza en sus entornos más cercanos.

No se puede todavía construir una fuerza multinacional manejada por Naciones Unidas. Eso sólo sería factible si otras potencias alcanzaran la capacidad militar que tiene en la actualidad EE.UU. Pero ahora, los franceses prefieren los vinos a las armas, a los rusos no les alcanza para la comida y los chinos apenas comienzan a conocer el mundo. La posición de Tony Blair de llevar a Gran Bretaña a ser parte de ese poder es por ello tan visionaria.

Posiblemente le cueste el control de su partido y hasta su puesto de Primer Ministro, pero en el cálculo de riesgos, costos y beneficios, el paso dado tiene una alta probabilidad de ser un acierto estratégico para el Reino Unido, aunque el camino para la democratización y modernización de Iraq en la posguerra, será altamente complejo.

Para los que no somos potencias, lo fundamental es que las libertades democráticas de Occidente permiten un movimiento pacifista en el mundo, que impone tiempos y límites al uso de la fuerza, y esa contención nos protege de arbitrariedades. México y Centroamérica están ligados económica y políticamente a EE.UU.

Se estima que el 10% de las tropas son latinos. La inseguridad provocada por los ataques del 11 de septiembre ya nos afectó y nos seguirá afectando en la economía, en la estabilidad migratoria de los compatriotas que viven en ese país y en todas nuestras proyecciones futuras. La recuperación de confianza de EE.UU. es un asunto de interés nacional. Por ello es importante entender lo que está pasando en el marco de la real política y no de antiimperialismos nostálgicos.

Estamos en alguna medida frente a un monopolio de la fuerza en el mundo que se combina con una poderosa presión para que ese poder sea utilizado de forma racional y civilizada. Obviamente existirá una arrogancia que resultará molesta para los débiles e incómoda para otras potencias.

Retomando a Hobbes: sin ese poder la paz del mundo estaría en grave peligro, ya que falta mucho para que ésta resulte del debate civilizado de todos los que habitamos el planeta. Fuerza y paz seguirán por lo tanto juntas, la diferencia es que ahora esa fuerza ya no depende de pueblos fanatizados, ni de dictadores eternos, ni de gobiernos sin ley.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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