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Desde
Washington
Los primeros 100 días de Lula
Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Hay
señales esperanzadoras, incluida una cumbre presidencial
planeada para este año, la primera entre Estados Unidos y
Brasil en la historia reciente
La revolución izquierdista a lo Lula en Brasil acaba de
pasar la marca de los primeros 100 días. Hasta ahora no ha
habido transformaciones contundentes que resuciten el nerviosismo
preelectoral de los mercados financieros internacionales o los temores
de que se reabran las viejas fisuras de la Guerra Fría en
el Hemisferio Occidental. También es cierto que no hay grandes
señales de que Brasil esté estableciendo la ansiada
alternativa al vapuleado modelo neoliberal.
De hecho, especialmente en Washington, es lícito preguntarse
si el nuevo presidente brasileño, Luiz Inácio Lula
da Silva, ya se posesionó. Si el cambio aún no se
percibe es probablemente porque no ha sido revolucionario. En cambio,
lo que sí ha mostrado Lula es su voluntad de mantener el
rumbo de su predecesor, hasta el punto de que algunos analistas
han considerado los primeros meses de este antiguo agitador sindicalista
como un nuevo período de "ortodoxia de mercado".
En Washington mismo, la muestra más clara de continuismo
es la presencia del embajador brasileño Rubens Barbosa. Incluso
antes de su posesión, Lula le pidió al veterano diplomático
que se quedara, una señal al mundo de que nada cambiaría
drásticamente, al menos por ahora.
Es posible que las promesas de cambio de Lula hayan tenido que acomodarse
a la realidad. Para un país como Brasil, conectado a Washington
por deudas y comercio, cumplir con las expectativas de los prestamistas
y las demandas del mercado deja poco espacio para gestos radicales.
Lo que resulta menos obvio y más prometedor, sin embargo,
es cómo presidentes latinoamericanos, que ganan con plataformas
de cambio, ahora están procurando mantener un sentido de
estabilidad y continuidad en el exterior. Eso es particularmente
cierto aquí, donde diplomáticos curtidos pueden marcar
toda la diferencia entre 100 días desperdiciados y 100 días
dedicados a ganar credibilidad.
Considere usted, por ejemplo, el caso de Colombia. El año
pasado sus ciudadanos, golpeados por la guerra, eligieron de manera
contundente a Alvaro Uribe como presidente, y él les prometió
darle un enfoque radicalmente distinto a su largo conflicto interno.
Su primer paso radical fue pedirle al embajador Luis Alberto Moreno
que permaneciera en Washington. Moreno, quien ya había logrado
un cambio fundamental en la asistencia estadounidense a operativos
contra la insurgencia en Colombia, rápidamente consiguió
que Washington respaldara a Uribe con apoyo sostenido y substancial.
Luego está el caso de Argentina. Y el de Venezuela. Los gobiernos
de ambos países han estado luchando por sobrevivir y obtener
más apoyo y atención de Washington. En los últimos
tres años, Argentina ha tenido a tres embajadores distintos,
y Venezuela, a cuatro, si se cuenta el año con un encargado
de negocios. Sobra decir que el relevo de embajadores se torna en
desafortunada desventaja en cualquier esfuerzo por recuperar apoyo
y confianza internacional.
Nadie sabrá cómo la revolución izquierdista
del presidente venezolano Hugo Chávez habría evolucionado
si hubiera propiciado un respaldo internacional significativo. Chávez
ciertamente no esperó un minuto para reemplazar a veteranos
diplomáticos venezolanos en Washington, que dejaron clara
su incompatibilidad política con él. Si se hubieran
quedado, su futuro y el de Venezuela habrían podido ser distintos.
Claro que eso es atribuirle mucha importancia a unos cuantos diplomáticos,
pero al menos es un argumento a favor de un servicio exterior latinoamericano
más profesional. Moreno fue un nombramiento político,
pero demostró la adaptabilidad propia de un diplomático
de carrera. Barbosa, por su parte, es producto de Itamarity, el
ministerio de Relaciones Exteriores probablemente más respetado
en la región.
En una era de presidentes latinoamericanos que no provienen de las
estructuras partidistas tradicionales, pocos tienen el lujo de contar
con diplomáticos experimentados y menos pueden sobrevivir
sin ellos. Avanzar diestramente en una "ciudad tan compleja
en la que el poder está muy diseminado", como la describe
Moreno, toma tiempo. Pero una vez que un enviado diplomático
se gana la confianza de la ciudad, las puertas a todo nivel del
gobierno y las instituciones financieras internacionales se abren
con amplitud. Además, embajadores eficaces pueden ahorrarle
a nuevos gobiernos miles de dólares que, sin ellos, probablemente
gastarían en cabildeo y relaciones públicas.
Queda aún por verse si la continuidad de los primeros 100
días de Lula valdrán la pena para él y para
un país que realmente necesita cambios. Brasil, la octava
economía del mundo con 170 millones de personas, padece una
de las peores distribuciones de ingresos en el mundo con algunas
regiones "tan pobres o más pobres que Haití",
según funcionarios estadounidenses.
Hay señales esperanzadoras, incluida una cumbre presidencial
planeada para este año, la primera entre Estados Unidos y
Brasil en la historia reciente, y evidencia de que la administración
Bush intenta ayudar a Lula en su gran programa de Hambre cero.
Y aunque el continuismo ha ayudado a sentar las bases para estas
iniciativas, el cambio real y necesario en Brasil no resultará
de una continuidad que se convierta en un objetivo en sí
mismo.
*Columnista del Washington
Post.
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