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Comentando
La guerra y los medios
Sergio Muñoz Bata*
El Diario de Hoy
sergio.munoz@latimes.com
En
la guerra escribió Hemingway la censura puede
ocultar errores, actos de negligencia y de falta de juicio que bordan
en conducta criminal. Pero una vez que termina, todos estos actos
se pagan
La crítica principal de los lectores a la cobertura hecha
por los medios norteamericanos de la guerra en Iraq, sobre todo
a la televisiva, aunque sin excluir a los medios impresos, es que
ha sido deliberadamente sesgada para favorecer la versión
del Pentágono.
La percepción que domina fuera de Estados Unidos es que este
tipo de cobertura omite intencionalmente la descripción del
daño a la población civil. Otros medios de información,
me dicen algunos lectores de mi columna en países de América
Latina, sí consignan la destrucción de las ciudades
iraquíes y la muerte de las personas. El contraste, me afirman,
condena a los norteamericanos.
Confieso que a mí me resulta imposible abarcar una cobertura
televisiva de 24 horas al día, siete días de la semana.
Y confieso también que si no veo la cobertura norteamericana
en su totalidad, menos veo la televisión de otros países.
Acepto, sin embargo, que sobre todo en el caso de la televisión,
el horror creado por los bombardeos norteamericanos ha sido quirúrgicamente
excluido del cubrimiento noticioso. Aun así, no me atrevo
a acusar a mis colegas de perpetrar una exclusión deliberada
de esa porción de la realidad de la guerra que propicia la
condena moral.
No los acuso no sólo porque no tengo pruebas, un argumento
que desde mi perspectiva sería suficiente para guardar silencio,
sino porque es evidente que las autoridades iraquíes ejercen
una censura feroz sobre las actividades y la movilidad de los periodistas.
Esto evita tener una visión balanceada de la realidad de
la guerra. Cómo explicar, por ejemplo, la expulsión
de los periodistas de CNN o incluso de los de la cadena árabe
Al Jazeera, que un día los corren y al siguiente los readmiten.
Acepto también que dada la pretensión estadounidense
de estar realizando un bombardeo de alta precisión a blancos
predeterminados, para evitar bajas civiles y daños mayores
a las ciudades, la omisión de las imágenes de la destrucción
que contradicen la presunción de la precisión resulta
sospechosa.
Pero, otra vez, tengo que concluir que no hay pruebas que demuestren
que la omisión es deliberada. Y también tengo que
admitir que al comparar estos bombardeos con los que cayeron sobre
Alemania e Inglaterra en la Segunda Guerra Mundial, no cabe duda
de que ha habido progresos tecnológicos que, por lo menos,
minimizan el daño contra la población civil.
En Estados Unidos, los críticos de la cobertura aluden también
a esta omisión del lado desagradable de la guerra y se quejan,
además, de que los periodistas han adoptado un sistema de
convivencia con las tropas en su avance hacia la capital de Iraq.
Las críticas centrales a esta manera de informar son que
los reportajes que producen estos periodistas tienen una visión
muy estrecha y que sus reportes son demasiado inmediatistas. Más
profunda, quizá, es la crítica que alude a la posibilidad
real de que los periodistas pierdan su sentido crítico al
fraternizar con los sujetos de la cobertura. Cuando la vida de un
individuo depende del sujeto al que se cubre periodísticamente,
dice el argumento, se pierde la distancia y, por ende, la objetividad.
Los críticos tienen razón al señalar que este
tipo de cobertura sólo ofrece una rebanada de la realidad,
pero la verdad, yo no le veo mayor problema al asunto, considerando
que no pretende ser otra cosa que una visión parcial. Es
en la redacción de los medios donde los editores deben dar
los contextos adecuados y los cuadros comprensivos de cada jornada,
juntando las distintas piezas que durante el día les han
proporcionado los distintos reporteros.
La fraternización con el sujeto del cubrimiento es un problema
real, pero es semejante a la que se da cuando se cubre una fuente
política o de espectáculos. La costumbre,
decía don Alfonso Reyes, hace familiares a los monstruos.
Esta semana, después del injustificado ataque del Ejército
norteamericano al hotel Palestina, donde se hospedan en Bagdad la
mayoría de los corresponsales de guerra, y que le costara
la vida a varios periodistas, hay quienes aseguran que se trató
de un acto deliberado contra la prensa. Argumento éste muy
difícil de probar. Otras voces, más moderadas, señalan
que el ataque viola las convenciones de Ginebra, las reglas establecidas
para racionalizar, en lo posible, la conducta de los individuos
en la guerra. Esta vía puede ser esclarecedora y conduciría
a una investigación de lo sucedido, en la que participen
no sólo los militares sino entidades independientes.
En la guerra escribió Ernest Hemingway, en 1942
la censura puede ocultar errores, actos de negligencia y de falta
de juicio que bordan en conducta criminal. Esto pasa en todas las
guerras.
Pero una vez que termina la guerra, todos estos actos se pagan...
al final de cuentas, la gente siempre sabe lo que pasó porque
fueron muchos los que participaron en ella.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.
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