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De
mis recuerdos
HISTORIA DE UNA MUCHACHA
Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
marvinn@integra.com.sv
Nos
sentamos allí mismo, en algún lugar en medio del pandemónium
de las cocinas del mercadito, a tomar café
Me encontré con Estela hace un par de meses en el mercadito
de Antiguo Cuscatlán, justamente frente a las naranjas y
los guineos. Fue uno de esos sorprendentes encuentros que ocurren
muy pocas veces en la vida. Nos vimos un momento como un par de
desconocidos que tropiezan. Pero hubo algo, un gesto, una mirada,
que prendió la luz de los recuerdos.
Era ella: Seguía siendo la propietaria de uno de los conjuntos
de pómulos, boca y nariz más sensuales del planeta
y lugares aledaños. Pero sus ojos habían perdido el
brillo de otras épocas. De un cabello revuelto que se movía
al viento con rabia, quedaban apenas mechones descoloridos peinados
con sencillez. La piel trigueña, casi dorada de aquellos
tiempos, era ahora más bien de una tonalidadad morena triste.
Pero la sonrisa de dientes blancos y perfectos estaba intacta.
Ya no tenía en el centro del pecho aquel par de lunas redondas
y amenazantes que eran sus senos. Lunas, sí... todavía,
pero en su cuarto menguante. Sus hombros se habían encorvado
un poco. Unas cuantas libras demás donde antes no las necesitaba
y varias de menos donde antes, coqueta, las lucía. Ropa humilde,
de señora que cuenta los centavos.
Nos sentamos allí mismo, en algún lugar en medio del
pandemónium de las cocinas del mercadito, a tomar café
y conversar. Había dos décadas que poner al día.
La conocí, en los setenta, en el café del centro de
la ciudad donde se reunían los poetas. Yo tenía 17
y ella 22. Fue una tarde de lluvia intensa. Jaime Suárez
acababa de escribir un poema que decía me preocupan
más tus ojos que todo el hielo del mundo, me preocupan, es
todo. Me preocupan y punto. Una canción de Chicago
If you leave me now, endulzaba el ambiente. Tenía
puesto un uniforme de colegio católico. Tomaba un refresco
mientras hojeaba sus cuadernos.
Por la lluvia el café estaba lleno. Sólo en la mesa
de ella había asientos disponibles. Yo era flaco y tímido
como el que más. Me armé de valor y le pregunté
si esperaba a alguien. Dijo que no y me pidió que la acompañara.
Yo andaba, por esos días, leyendo Rayuela de
Cortázar. Preguntó que sobre qué trataba el
libro. Le platiqué entonces de Oliveira y de la Maga. De
París y del vino tinto.
De las pasiones humanas. Se entusiasmó con los relatos. Hablamos
durante horas. Nos hicimos amigos.
Solíamos encontrarnos los sábados a media mañana,
siempre en el café. Le encantaba que le hablara de poesía,
sobre todo la de Mario Benedetti. Los personajes de Jorge Amado
la hacían alucinar. No le gustaba leer, prefería que
yo le contara las historias. Un día me dijo que tenía
que contarme algo. Me confesó que no era ninguna estudiante
de 17, sino una prostituta de 22. Era parte de una red de prostitución
que manejaba un sujeto al que le decían El Gordo.
La estrategia de El Gordo, después lo supe, era
vestir a sus muchachas con uniformes de colegios católicos
y lanzarlas a buscar clientes ansiosos de fantasías en varios
puntos de la ciudad.
Luego de la confesión de Estela, me quedé frío
como la nariz de un perro. Nunca antes había hablado con
una prostituta. No supe qué hacer ni qué decir.
Ella me sacó del aprieto. Me dijo que yo era su único
amigo, que conmigo no se sentía puta, sino como una estudiante
de verdad. Me contó, después, su historia. Un lugar
común de infancia pobre, familia disfuncional, abusos y frustraciones.
Trabajó en un almacén y estudió, de noche,
hasta primero de bachillerato. Letras fue siempre su materia favorita,
porque la ponía a soñar. Pero una serie
de circunstancias trágicas: un despido injustificado, un
despecho de amor, la muerte de su madre y otros hechos hilados por
la desgracia la llevaron al negocio del sexo.
Después de la confesión, no se volvió a aparecer
nunca más por el café. Se vino la guerra y la tragedia
sobre el país. Terminó la matanza y paso una década
más, hasta que me la volví a encontrar en el mercadito,
haciendo comprados. Me contó que siguió por varios
años más en el negocio, pero como independiente.
Que cayó en el vicio del crack, pero que con ayuda de un
pastor evangélico y otras almas piadosas, salió de
ese infierno. Se dedicó, entonces, a vender ropa de casa
en casa, a lavar y planchar ajeno. Nunca se casó, no tiene
hijos, ni tíos, ni padres, ni hermanos, ni amigos.
A veces, me cuenta como guerrera cansada, en noches de luna llena,
cuando la necesidad es mucha y la soledad mata, sale por esas calles
de Dios a buscar. Si tuviera pisto, fuera yo la que pagara
con tal de que alguien me platicara un rato, me dice. Ahora
tiene más de cincuenta. La absoluta soledad y la tristedumbre
le atenazan la existencia. Aquella cuyo cuerpo fue acariciado por
miles de manos ávidas, cuya boca fue besada por manadas de
potros desbocados en los cuartos donde la lujuria tiene tarifas,
no tiene quién le endulce los minutos.
Quien fue la reina de la madrugada, cartera blanca, boquita pintada,
moviendo las nalgas, es ahora la viuda del alba, piel arrugada,
gotita de lágrima. Estela es sólo entre millares un
alma. Quien esté libre de pecados, que tire la primera piedra
sobre la historia de esta muchacha.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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