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Analizando
GUERRA E INFORMACIÓN
Raúl M. Alas*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Dios quiera que pronto se pueda alcanzar la paz en esta zona tan
turbulenta y que los medios la anuncien desde todos los rincones
del mundo
Se han cumplido tres semanas de la intervención armada en
Iraq. Las cifras oficiales de muertos, heridos y prisioneros de
guerra continúan aumentando inexorablemente en ambos bandos,
especialmente en el iraquí. Las bajas civiles proliferan,
y los daños a la infraestructura pública son mayores
a medida que arrecian los ataques aéreos. No me equivoco
al afirmar que esta potente campaña militar no ha resultado
ser un paseo rápido por el desierto como predecían
los estrategas militares desde el Pentágono. A estas alturas,
con todo el alud informativo y la intensa exposición de imágenes
que nos muestran los medios minuto a minuto, esta guerra ya nos
parece una eternidad.
Sin embargo, por primera vez estamos siendo testigos en tiempo real
de dos guerras que corren en paralelo. Por un lado, la guerra puramente
militar, con sus habituales procedimientos y conocidas consecuencias.
Ésta la están ganando de forma contundente, como era
previsible, las tropas de la coalición angloamericana. Y
por otro lado, la guerra de la propaganda, con sus respectivas triquiñuelas
y la consabida desinformación. Que es innegable que la ha
promovido con relativo éxito desde su búnker el todavía
pataleante régimen de Sadam Hussein.
Según interpretan los expertos, esta actividad propagandística
de Sadam contiene tres objetivos tácticos: motivar a las
mermadas tropas ira- quíes y a la población, despistar
y confundir al enemigo y ganar la batalla psicológica ante
la opinión pública mundial. Su estrategia básica
consiste en discursos televisivos arengando a la audiencia iraquí;
también incluye escenas relajadas del dictador con sus principales
oficiales; imágenes de víctimas civiles, combatientes
suicidas gritando consignas, prisioneros heridos y aparatos derribados,
y por si fuera poco, la convocatoria urgente que anuncia el alto
mando iraquí para instaurar la guerra santa contra
los agresores infieles. Es un hecho que, de una u otra
forma, estos recursos mediáticos le están permitiendo
ganar tiempo extra para retrasar la inminente derrota militar.
En esta dinámica destaca la saturación informativa,
la cual se contrapone a un acusado ocultamiento de relevantes novedades
periodísticas. Esto no es propiamente un defecto del periodista,
sino que parece una limitación que imponen las fuentes militares
por las circunstancias de la guerra. En efecto, la sobreabundancia
de información técnica denota un marcado interés
por diluir el impacto emocional que suscita la ambivalente propaganda.
No obstante, la censura informativa que ejerce la coalición
sobre los medios occidentales resulta un tanto ineficaz frente a
la vertiginosa actividad de las dos cadenas de noticias árabes,
la ya conocida Al Jazeera, de Qatar, y la recién
estrenada Al Arabiya, de Arabia Saudita, que no cesan
de transmitir imágenes que contradicen la versión
oficial que proporcionan las fuerzas aliadas. Es un hecho que la
presencia de estas últimas constituye una diferencia fundamental
respecto a la cobertura de la pasada guerra en el Golfo.
Por otra parte y al hilo de lo que opina el corresponsal de guerra
español Vicente Romero, es interesante observar cómo
algunos medios, que están esmerándose por ofrecer
una cobertura amplia y detallada, no están denunciando la
manipulación informativa de las versiones oficiales y, por
lo tanto, transmitiendo los mensajes de forma acrítica. Quizá
sea costumbre considerar que en una guerra prevalecen las mentiras
entre las fuerzas enfrentadas, pero no todas valen a la hora de
exponerlas públicamente. Por eso resulta llamativo el caso
de una periodista inglesa, que todos los días se levanta
en las ruedas de prensa del general Tommy Franks, jefe de las fuerzas
americanas en el Golfo, y le hace siempre la misma pregunta: ¿Han
encontrado ya armas de destrucción masiva?. Es curioso
que una reiterada inquietud sea un objetivo periodístico
en sí mismo.
Mientras tanto, el riesgo para el espectador, aparte de la tensión
que genera en los niños, es que acabe viendo la guerra como
si fuera un videojuego, un reality show o más
bien como una película cargada de efectos especiales entre
personajes buenos y malos. Todos estamos expuestos a contagiarnos
de esta indiferencia ante la vileza y crudeza de una guerra. Por
eso suena lógico y hasta normal cuando alguien comenta que
le impresionó esa imagen de la tormenta de arena sobre Bagdad,
con toda la ciudad en tono rojizo, casi parecida a una escena de
la guerra de las galaxias.
Es evidente que en la medida en que la batalla militar envuelva
toda la geografía iraquí, esta tormenta informativa
seguirá circundando nuestras conversaciones cotidianas, algunas
decisiones temporales y hasta ciertas reacciones muy humanas, que
por ahora se comprenden bajo la óptica de un evento tan contradictorio
como la crisis que estamos presenciando.
Cualquiera que sea el resultado, es obvio que ciertas consecuencias
no se harán esperar. De momento, la opinión pública
árabe no se ha manifestado tan amenazadora como anticipaban
algunos. Posiblemente sea por la profunda división que persiste
entre varios países de la región. Si esta perdura,
esta invasión podría ser el inicio de una larga cruzada
democratizadora en el Oriente Medio. De todas maneras, Dios quiera
que pronto se pueda alcanzar la paz en esta zona tan turbulenta
y que los medios la anuncien desde todos los rincones del mundo.
*El autor es doctorando en Comunicación Pública de
la Universidad de Navarra, España.
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