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Alcohol
hizo perder la calma
Salvadoreño víctima de violencia en España
Mientras
César Milton falleció por el cuchillo que José
le clavó en el abdomen, otra víctima no supera la
tragedia
Alberto Fernández Salido
Especial para El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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| Empleados de una funeraria en Madrid, trasladan
el cuerpo del inmigrante salvadoreño que murió
a inicios de marzo.Foto: EDH/Cortesía:
Paco Toledo |
Nos estamos acostumbrando a contar las muertes violentas en Madrid
desde la distancia de la cifra y la estadística. La víctima
21 murió hace unas semanas, cuando terminaba el sábado
8 de marzo. Era un salvadoreño recién llegado a Madrid
que se pasó de tragos. Lea aquí la absurda historia
de su muerte.
El muerto número 21 era salvadoreño, llevaba tres
semanas en España y tenía una entrevista de trabajo
al día siguiente de su fallecimiento.
Se llamaba César Milton Mejía Reglero, había
cumplido 32 años y si ahora se halla a la espera de autopsia
se debe, en parte, a que la noche de aquel sábado le perdió
la cerveza.
La víctima nunca es culpable, según reza en los manuales
clásicos de criminología. Sin embargo, ese día
su ebriedad se le volvió en contra hasta sacarle los diablos,
forzando que los hechos se desencadenaran para su desgracia y convirtiendo
la habitación donde horas antes había comido naranjas,
en ese espacio tétrico que la Policía precinta bajo
el lema «escenario del crimen».
Lo insólito
La muerte violenta número 21 del año en curso, tuvo
algo de inhabitual respecto a las anteriores. Es raro e infrecuente
que un salvadoreño muera en España de forma violenta.
Primero, porque los habitantes del pequeño país centroamericano
«el Pulgarcito de América» casi siempre emigran
a Estados Unidos. Está más cerca y es más barato
ese destino que Europa, y las más de las veces, más
rentable (aunque tengan que lavar platos, limpiar cristales o hacer
camas, condenados a oficios separados del público). Segundo,
porque el salvadoreño que cruza sus fronteras es trabajador
diligente, abnegado y constante, y huye de armas, drogas y otros
chanchullos que son patrimonio de otras nacionalidades más
fieles a la delincuencia. Lo saben en Houston, Nueva York y Washington:
los hermanos ricos del norte prefieren la mano de obra salvadoreña,
por encima incluso de la mexicana y la hondureña.
César Milton llegó a Madrid en vuelo de Iberia como
turista, tres semanas antes de su muerte. Quería instalarse
aquí, mejorar una biografía hasta entonces gris de
mensajero mal pagado y otros oficios sin gloria.
Venía invitado por sus compatriotas José Guillermo
Beltrán y María Rosa, que le habían buscado
la entrevista de trabajo en una floristería y le daban cobijo
y comida en el piso alquilado que compartían con cinco ecuatorianos
en el distrito de Puente de Vallecas.
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Inicio del final
La noche en que todo se torció, José Guillermo
llegó débil. No había comido apenas en
dos días por culpa de una gastritis que le tenía
a merced del vómito y la diarrea. Abrió la puerta
de casa y se encontró a César Milton bebido.
- Hey, culero (maricón, en Centroamérica), toma
(bebe) conmigo.
- Empezaron los problemas. José Guillermo acabó
también bebiendo cervezas. Cuando se terminaron, bajaron
a comprar más. César Milton siguió metiéndose
con él, buscándole las vueltas. Le decía
que era tonto por trabajar tanto y vivir poco. Llegaron empujones
y frases hirientes como puñales. María Rosa
intentó separarles, zarandeada entre los dos.
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