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En El Salvador
¿Por qué languidece la salud pública?

Rodolfo Chang Peña*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El trabajar para un instituto político y no para la nación a menudo conduce a un excesivo temor al desgaste político

En 1970, hace aproximadamente unos treinta y dos años, en los servicios asistenciales del ISSS ya existían problemas como las grandes e insoportables colas en las horas pico, dificultades en el despacho de medicamentos, tardanza exagerada, a veces hasta de seis meses, para pasar con el especialista; esperas de un año o más para una cirugía electiva, etc. Lo interesante es que desde esa época al presente, después de desfilar por la Dirección General economistas, ingenieros industriales, químicos, administradores de empresas, militares y talentosos médicos especialistas, persisten los mismos problemas y no es por falta de recursos y mucho menos porque se carece de la tecnología apropiada.

En el Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, la situación no es muy diferente, y quizá peor, porque las dificultades se remontan a más tiempo. El perfil epidemiológico (enfermedades o problemas que afectan a la población) no se ha modificado en más de medio siglo, al menos en forma sustantiva, con el agravante de que en los tiempos modernos se han agregado el SIDA, rotavirus, dengue (clásico y hemorrágico), hepatitis B, violencia intrafamiliar, accidentes de tránsito y delincuencia en general (las dos anteriores causan más defunciones que las enfermedades cardíacas y el cáncer), violaciones, accidentes de trabajo, enfermedades ocupacionales y violencia contra el niño, la niña y la mujer. Y como en el caso del ISSS, los titulares siempre se han rodeado de numerosos especialistas y técnicos, y de asistencia extranjera (tecnología y dinero) casi sistemática.

¿A qué se debe, entonces, la lentitud con que se progresa en materia de salud en El Salvador?
La causa no parece ser la falta de ideas, las ha habido abundantes y algunas de ellas son hasta brillantes; lo que se puede constatar fácilmente, analizando los planes y programas, de hace varias décadas, de ambas instituciones. Por ejemplo, en el ISSS existe un plan de incorporación del campesino al régimen de la seguridad social que data de 1971 (era director general el Dr. José Kuri Asprides y presidente de la República, el coronel Arturo Armando Molina). Si ese proyecto se hubiera llevado a la práctica es casi seguro que hubiera cambiado sustancialmente el curso de la historia y a lo mejor se hubieran evitado grandes problemas sociales que se dieron luego.

Un momento brillante del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social ocurrió aproximadamente hace medio siglo, cuando se puso en marcha, con ayuda extranjera, un ambicioso y revolucionario proyecto que se conoció por aquellos tiempos como Área de Demostración Sanitaria, que abarcó los municipios de Quezaltepeque, Nejapa, Apopa, Guazapa, Aguilares, El Paisnal y otras poblaciones y que constituyó un “laboratorio” de resonancia mundial. De haberse aprovechado la totalidad de las enseñanzas de este acontecimiento, en el que por primera vez se habló, en El Salvador y en forma articulada, de saneamiento ambiental, educación para la salud (de casa en casa, en escuelas y lugares de trabajo), medicina preventiva, inmunizaciones masivas, protección de los grupos vulnerables y atención de la morbilidad, con seguridad, el nivel de la salud de los salvadoreños ahora sería diferente.

De acuerdo con mi propia óptica, el meollo de la cuestión parece residir en la dificultad crónica que existe para convertir las ideas y aspiraciones en general en hechos prácticos. En efecto, mientras los expertos y eruditos en salud proliferan e invaden todos los niveles, cada día son menos los responsables de la ejecución de los planes y programas, y más escasos aún, son los técnicos encargados de mantener y evaluar los sistemas. Estas últimas funciones —tan importantes como la planeación— se encuentran dispersas en una multitud de jefaturas altas, medias, medianas, de coordinación operativa, gerentes, subgerentes, colaboradores técnicos, asistentes de gerencia, ayudantes del colaborador, directores locales, subdirectores, supervisores, etc., etc...

A la situación planteada se agregan otros factores, como la tradicional ausencia de pensamiento estratégico que se proyecte hacia los escenarios de los próximos cinco, diez y quince años. Esta mentalidad llega a tales extremos que, para algunos tecnócratas, el pla- near para más allá del corto plazo no sólo es un pecado, sino un hecho fuera de toda lógica. La discontinuidad en la ejecución de los planes; el nuevo funcionario que llega siempre quiere implementar lo suyo, sin importar que existan excelentes proyectos en desarrollo.

También ha contribuido la estructura organizacional piramidal y centralista, que constantemente complica el proceso de la toma de decisiones. El trabajar para un instituto político y no para la nación a menudo conduce a un excesivo temor al desgaste político, que por momentos funciona como una camisa de fuerza que obstaculiza la fluidez del proceso gerencial. Finalmente, el nombramiento en puestos claves, con predominio del componente confianza sobre la idoneidad y la desesperación por realizar obra visible antes que soluciones con visión del todo.

* Dr. en Medicina.

 

 

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