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La nota del día
Seguía trabajando a los cien años

“Reducir la edad de la jubilación se consideraba una “conquista social”; hoy en día muchos lo ven como una maldición, pues condena a los mayores a aburrirse y perder su cabeza y su alma...”

Al cumplir los cien años, el doctor William Sunderman, que acaba de morir de 104 años, fue honrado por el Congreso de Estados Unidos como el hombre más viejo que aún trabajaba. Este extraordinario personaje, polifacético hombre de ciencia e inventor, pasaba ocho horas diarias en su afán y, para romper la rutina, hacía ejercicio en una bicicleta estacionaria.
El gobierno estadounidense, nos dice la revista “The Economist”, quisiera que más y más viejos siguieran el ejemplo del doctor Sunderman.

Una de las razones es que los viejos cuentan con mucha experiencia y habilidades, lo que es de enorme beneficio para las empresas; la otra, que los viejos que trabajan son más independientes y recurren menos a programas sociales para mantenerse; otra más, que seguir activo reduce los riesgos de sufrir enfermedades degenerativas, lo que prolonga la vida.

El doctor Sunderman estaba de acuerdo con los consejos usuales para ser longevo: comer con medida, alejarse de vicios, evitar las tensiones emocionales y tener una familia amorosa y estable. Agregaba el doctor Sunderman que uno de los ingredientes más importantes es seguir trabajando a diario. Al respecto contaba que muchos amigos suyos se habían retirado a Florida para jugar al golf. Comenzaban jugando todos los días y tomaban un trago antes de la cena. Pero poco a poco fueron jugando menos y bebiendo más, hasta caer en el alcoholismo y morir.

Sófocles y Miguel Ángel siguieron activos hasta casi los noventa años, como también lo hicieron Picasso y Bernard Shaw. Se cuenta que un sobrino de Sófocles pidió a un juez declararlo incapacitado, pidiendo que lo nombraran administrador de los bienes del poeta.
Cuando el juez interrogó a Sófocles, entonces con noventa años, este le leyó unos poemas que acababa de escribir, con lo que de inmediato se declaró inválida la demanda.

Sunderman no sólo fue un infatigable trabajador, sino también un hombre de múltiples intereses, incluida la música. A los cinco años sus padres le regalaron un violín, que el sabio aprendió a tocar con lo que inició un amor por la música que le acompañó durante toda su vida. Al cumplir los cien años, Sunderman dio un concierto en la universidad de donde se graduó, con el Stradivarius que fue su orgullo y pasión.

Jubilarse joven es una maldición


De acuerdo con Sunderman, tener un espíritu curioso y polifacético es una de las fórmulas de la longevidad, o por lo menos de una vida plena y productiva. Desde tal punto de vista, más vale vivir intensamente cuarenta años, que pasar como ostra doscientos; si además se toman en cuenta las ricas posibilidades de aprender y capacitarse que la modernidad pone al alcance de la mayoría de personas, no aprovecharlas es un crimen consigo mismo.

El ejemplo de Sunderman, como otra serie de hechos y reflexiones, obliga a revisar los supuestos que fundamentan la jubilación de los trabajadores. Durante una época, reducir la edad de la jubilación se consideraba una “conquista social”; hoy en día muchos lo ven como una maldición, pues condena a los mayores a aburrirse y perder su cabeza y su alma. Lo exiguo de las pensiones hace que jubilarse se transforme en una reducción en la calidad de la vida, más si el jubilado no tiene hijos, o estos le desprecian debido al abandono que sufrieron. Lo grave es que cada vez hay más ancianos ociosos y menos jóvenes trabajadores.

 

 

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