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Tema para meditar
Madurez ciudadana

María Teresa de Jovel*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Ser responsable de los propios actos, es decir, ser fiel a los principios éticos, sociales, familiares y morales que mantienen sanos a la patria, a la sociedad...

El resultado de las elecciones recién pasadas -especialmente por el alto índice de abstencionismo- ha originado en todos los salvadoreños diferentes reacciones: decepción, alegría, tristeza, triunfalismo, angustia, ilusión, preocupación, etc.

Sin embargo, por sobre todas ellas, deben prevalecer el amor a la patria y el deseo de servirla, sirviendo a todos, comenzando por los que más lo necesitan. Servicio que deberán rendir tanto ganadores como perdedores.

Para conseguir lo anterior, tendríamos que luchar por una madurez y equilibrio en la formación personal y moral, necesaria en todas las circunstancias y en todas las relaciones. Más importante aún cuando se trata de dirigir y gobernar un país, es decir, conseguir la madurez ciudadana.

Madurez al dominar nuestras acciones y reacciones, tanto en lo material como en lo intelectual y moral. Madurez en las instituciones, cuando todos sus miembros han alcanzado equilibrio y formación personal y, por lo tanto, lo llevan a su propia institución.

Madurez en los gobernantes, cuando el equilibrio que guardan en sus personas y en sus partidos les permite hacer un buen gobierno. Madurez, en fin, en toda nuestra vida, que nos permitirá servir y olvidarnos de intereses personales o partidarios, pensando en todos los salvadoreños, especialmente los más necesitados.

Podríamos analizar algunos puntos neurálgicos que nos ayudarían a todos, gobernantes y gobernados.
Formación personal. No se trata de conseguir una personalidad perfecta e infalible.

La formación es un proceso paulatino y continuo, que va logrando grados de equilibrio en todos los aspectos de la persona. Es un trabajo para toda la vida, en el que se aprende tanto de los errores como de los éxitos.

Conocimiento de sí mismo. Implica saber que se tienen capacidades, destrezas y aptitudes, pero también limitaciones. Esto permite ser tolerante, comprensivo y escuchar y disculpar a los demás con respeto.

También lleva a formarse una opinión más correcta, teniendo en cuenta los argumentos de todos los involucrados. Hace que nuestras acciones y decisiones sean bien meditadas y medidas cuando así se necesita.

Tener un proyecto de futuro, tanto personal como profesional y de gobierno. Quizás resucitar el “Plan de país”. Saber qué se quiere hacer del país y de sus problemas, cómo ayudar a los demás.

Con aspiraciones concretas, realistas y exigentes, sin perder de vista que en ese camino habrá tanto aciertos como equivocaciones. Quien no tiene este proyecto de vida es superficial, vive al día y se deja llevar por el estímulo del momento.

Tener autocontrol, que significa no dejarse llevar por los impulsos, sino gobernarlos con la inteligencia y la voluntad. Quien no lo tiene, se descontrola fácilmente por cualquier cosa, estímulo o diferencia de opinión. Grita, gesticula, ataca y ofende como si fuera un niño o niña malcriado.

Ser responsable de los propios actos, es decir, ser fiel a los principios éticos, sociales, familiares y morales que mantienen sanos a la patria, a la sociedad, a sus gobernantes y a los ciudadanos.

Saber convivir, lo que implica un diario esfuerzo por respetar a los demás, conocerlos, darse a conocer y procurar llegar a consensos que unan y no dividan.

Esto requiere altas dosis de generosidad, lealtad, espíritu de servicio, orden, veracidad, afabilidad. Finalmente, y más importante que todas estas virtudes, saber rendir el juicio ante una mejor solución que la personal.

Tener sentido del humor. Quienes dramatizan viven la vida de forma equivocada, llegando a hacer insoportables la convivencia y el trabajo, sin lograr conseguir los fines que se persiguen.

Quienes recurren al sentido del humor -la risa, la ironía fina, la gracia- podrán enfrentar las circunstancias con filosofía, reírse de sí mismos y, en consecuencia, tendrán mejores recursos para superar situaciones adversas que, de otro modo, terminarían en un rotundo fracaso.

El respeto en la palabra, el dominio de la lengua que lleva a no perder la calma y a controlarse al momento de discutir diferentes posiciones.

Una buena comunicación. Cuántas discusiones no serían más que un buen intercambio de opiniones para llegar a acuerdos si hubiese una comunicación respetuosa. La comprensión y la disculpa. Dejar discusiones no resueltas o acumular agravios va originando resentimientos que luego formarán una barrera difícil de superar.

Podríamos comenzar, a partir de estas elecciones, a poner el bien de la patria y de los ciudadanos por encima de nuestros propios intereses.

Tener como fin de esta lucha lograr la formación y madurez necesarias, tanto en lo personal como en las actuaciones públicas de cada ciudadano y de cada funcionario electo para servir.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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