| |

Punto
de vista
MIOPES DE MEMORIA
Cualquier
político tiene, evidentemente, unos fines privados, como
los tenemos todos: llevar una vida cómoda y agradable, cuidar
la familia y procurar su bienestar, disfrutar con actividades de
entretenimiento para sus ratos de ocio, etc.
Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
carlos@mayora.org
Después
de las elecciones, todos los partidos políticos han hecho
sus ajustes, unos para ir empacando y desaparecer del mapa político,
otros para hacer examen y ver las razones de los resultados, otros
para relamerse los bigotes ante el pastel político
que empezarán a partir desde el primero de mayo, y todos
los sobrevivientes se han puesto a afilar sus herramientas para
prepararse a tres años más de ejercicio legislativo
o edilicio.
Después de la bulla hemos vuelto, por decirlo de algún
modo, a la normalidad. También a la normalidad en el campo
legislativo, y mientras los diputados se preparan para tomar posesión
de su curul, quizá es bueno reflexionar acerca de la importancia
de la memoria en un sistema democrático. Si no, dentro de
tres años, cuando nos toque de nuevo elegir alcaldes y diputados,
o dentro de un año, cuando sea el turno de elegir presidente,
puede ser que se nos haya olvidado lo sucedido en los primeros meses
de este año, y otra vez nuestro voto sea dictado por la propaganda,
por el bolsillo o por el hígado...
Cualquier político tiene, evidentemente, unos fines privados,
como los tenemos todos: llevar una vida cómoda y agradable,
cuidar la familia y procurar su bienestar, disfrutar con actividades
de entretenimiento para sus ratos de ocio, etc. Fines perfectamente
legítimos y respetables, siempre que se consigan con los
medios adecuados. Pero, además de los personales, todo político
tiene fines de partido, pues lo normal es que halla llegado a su
puesto público como miembro de un instituto político.
Los fines de partido son también perfectamente legítimos:
tener más votos que el contrario, difundir los ideales que
se consideran más valiosos, resolver asuntos públicos
que los demás no han sido capaces de resolver, etc. Pero
tanto en los fines privados del político como en los fines
particulares de cada partido caben algunos ilegítimos: desde
el enriquecimiento ilícito hasta convertir, por sí
misma, la permanencia en el poder como un fin, y no tomarla como
un medio para alcanzar fines legítimos.
En tercer lugar, los políticos deben ser conscientes de que
por encima de sus fines particulares y de sus fines de partido existen
los fines del Estado, o los de la colectividad como tal, los de
sus electores. Y estos sí que son difíciles de buscar
sin politiquería, pero precisamente
la categoría de un político se mide porque busca resolver
los problemas en su trabajo y no sólo los votos para la reelección.
Las cosas van bien cuando los fines que se persiguen son legítimos
y cuando la jerarquía entre ellos está clara en el
ánimo de los políticos. Pues tanto daño hace
un personaje público que utiliza su cargo para su enriquecimiento
personal, como el que antepone lo fines de partido a los de Estado.
Por ello, los políticos deben tener muy claros los niveles
en que se mueven sus fines y la categoría moral de los mismos:
no pueden tomar decisiones que le beneficien sólo a él,
o a su partido, o a sus amigos (o que perjudiquen a sus enemigos).
La comunidad, los electores, nunca puede ser utilizada como pretexto
para alcanzar fines ilegítimos o inmorales.
Lo importante, entonces, es que el político sepa diferenciar
en su día a día unos fines de los otros. Quien es
capaz de hacerlo si es honrado no debería ofrecerse
para ocupar cargos públicos. De la misma forma que no conviene
que ocupen puestos de gobierno personas fanatizadas u obsesionadas
con su propio partido. La miopía no sólo es de memoria,
sino, a veces, de visión política: se interesan por
un futuro inmediato, cosechan ganancias, pero pierden la visión
de futuro.
Menos mal que el sistema político del país permite
la reelección (o la no reelección) de los gobernantes
de turno basándose en teoría en los resultados
alcanzados en su gestión. Lástima que a veces tengamos
memoria corta y nos fijemos más en los últimos tres
o cuatro meses de cada período antes de las elecciones, que
en tres años de trabajo u holganza.
En fin, se nos abre un nuevo período de gobierno y comienza
simultáneamente la competencia para las elecciones presidenciales.
Ojalá que esta teoría de los fines pueda servir para
que los electores la conserven en su memoria, y sea de utilidad
para ser incorporada a los elementos de juicio, que deben ser tomados
en cuenta a la hora de votar.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El
Diario de Hoy.
|
|