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Desde
Washington
Guerra contra el terrorismo aumenta Colombia
Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Para
un país tan golpeado por el terrorismo como Colombia, el
rescate de los tres estadouni-denses sería, sin duda, uno
de esos triunfos
Un operativo sin precedentes de búsqueda y rescate se realiza
en la actualidad en Colombia. Durante las últimas siete semanas,
cerca de 7,000 soldados colombianos y docenas de militares e investigadores
del FBI -a un costo de mucho más de medio millón de
dólares a la semana-, inspeccionan la zona selvática
del sur del país.
Su objetivo: Rescatar a tres ciudadanos estadounidenses tomados
como rehenes por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC), mientras trabajaban como contratistas para el gobierno estadounidense,
en respaldo a la guerra contra las drogas en Colombia.
En el operativo de búsqueda murieron tres estadounidenses
cuando su avión de un solo motor se estrelló la semana
pasada.
En momentos menos tumultuosos, este operativo sin precedentes, y
la pérdida de vidas que ha significado, sería noticia
de primera página.
Pero con la guerra en Iraq y las dramáticas imágenes
de soldados estadounidenses tomados como prisioneros de guerra en
pantallas de la televisión alrededor del mundo, se ha puesto
poca atención a los estadounidenses capturados en Colombia,
un frente remoto, aunque geográficamente cercano de la guerra
internacional contra el terrorismo.
Las FARC han decidido calificar a los estadounidenses como prisioneros
de guerra en un esfuerzo por aparecer como una fuerza patriótica
que defiende a Colombia de una invasión descarada
de Estados Unidos.
Funcionarios colombianos y de EE.UU. rechazan tal calificativo,
opuestos como están a brindar mayor legitimidad a una organización
responsable, en gran medida, de convertir a Colombia en la nación
con la tasa de secuestros más alta del mundo (un promedio
de ocho diarios el año pasado).
Aunque la búsqueda escasamente se compara con la acción
en Iraq, pone en relieve parte de la auténtica naturaleza
de la guerra contra el terror. Una guerra en la que no habrá
una batalla definitiva y total contra este flagelo, sino apenas
el logro de una mayor seguridad ganada a través de la acumulación
de pequeños triunfos.
Para un país tan golpeado por el terrorismo como Colombia,
el rescate de los tres estadounidenses sería, sin duda, uno
de esos triunfos. Durante los últimos meses, nuevo equipo
y entrenamiento estadounidense han sido proporcionados a Colombia
para ayudar a unidades antisecuestro del ejército y de la
policía.
Estados Unidos está impulsando así mejoras en la capacidad
de comunicación y las técnicas de uso de agentes de
inteligencia, interrogatorios e investigación de los colombianos.
Incluso si el operativo actual fracasara, se espera que esta cooperación
pronto empiece a erosionar la efectividad de los secuestros y a
atacar la impunidad con que estos actos se cometen. Por primera
vez, quizás las FARC tendrán que pensar dos veces
antes de aplicar su estrategia sistemática de toma de rehenes.
La nueva cooperación es también una victoria para
quienes han invertido años de esfuerzo en ayudar a Washington
a entender que Colombia es mucho más que un problema de drogas.
Una clara reorganización de prioridades comenzó el
año pasado, cuando el Congreso en Washington aprobó
el uso de la asistencia estadounidense más allá de
objetivos antidrogas estrechamente definidos.
Pero incluso un rescate exitoso de los estadounidenses sería
una victoria pírrica en la guerra contra el terrorismo si
recursos similares no se destinan a todas las víctimas, independientemente
de su nacionalidad.
Críticos al papel de Estados Unidos en Colombia, particularmente
en el Congreso estadounidense, ya han empezado a usar los últimos
secuestros como argumento para reducir la ayuda. No obstante, el
Secretario de Estado Colin Powell ha dicho que los secuestros son
lamentables, pero un riesgo esperado en la lucha contra terroristas
y no una razón para realizar cambios.
De hecho, la única modificación razonable sería
un mayor fortalecimiento de la cooperación entre Estados
Unidos y Colombia. Nuevas señales esperanzadoras no se pueden
ignorar. Estadísticas publicadas la semana pasada por la
Fundación País Libre, que da seguimiento a los casos
de secuestro en Colombia, revelaron que los secuestros en los dos
primeros meses de este año llegaron a 334, una reducción
de más del 13 por ciento, comparada con el mismo período
en 2002. Casi el doble de secuestrados fue rescatado.
Una acción rápida y contundente ha demostrado ser
la forma más efectiva de rescate, el tipo de esfuerzo que
se hace posible con significativos recursos económicos y
humanos. La recolección de inteligencia, una capacidad profundamente
protegida por funcionarios estadounidenses, es crucial.
No sorprende entonces que el desarrollo de un mejor sistema para
compartir inteligencia se haya convertido en tema central en las
más recientes discusiones entre funcionarios estadounidenses
y colombianos.
Hasta ahora la ayuda antisecuestros de Estados Unidos ha alcanzado
el monto de $25 millones de dólares. Pero para la próxima
semana, casi una quinta parte de esa cantidad se habrá consumido
en la actual búsqueda de los tres estadounidenses.
Fácilmente se podría decir que Washington no ha tenido
nunca un aliado en Bogotá más comprometido con el
éxito en este frente que el que tiene hoy. El presidente
Alvaro Uribe está personalmente involucrado en el asunto
y con frecuencia sondea a sus líderes militares y policiales
sobre progresos en esfuerzos específicos de rescate.
Si las recientes estadísticas son correctas, hay ya un indicio
de que pequeños triunfos se están acumulando con cada
persona rescatada, con cada víctima menos del secuestro.
*Columnista del Washington Post.
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