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La guerra contra el tiempo

Sergio Muñoz Bata*
e-mail: sergio.munoz@latimes.com

El tiempo no ha sido propicio para Iraq. El paso de los siglos y los malos gobernantes han conducido al milenario país de la civilización a la barbarie. En esta guerra, sin embargo, el tiempo podría favorecerle

La paciencia no es una virtud estadounidense. En el país donde “el tiempo es oro” y la comida es rápida, la prisa dicta los tiempos hasta en la guerra.
La impaciencia de un grupo de estadounidenses, encabezado por el presidente Bush, condujo al país a una guerra que parecía evitable. Ahora, esta peculiar noción apresurada del tiempo se perfila como el arma secreta de los iraquíes.

El predominio del poderío militar norteamericano en esta guerra no está en discusión. De forma eventual el ejército de EE.UU. entrará a Bagdad. Pero el desenlace rápido y relativamente incruento que anunciara el alto mando estadounidense no sucederá y todo indica que el costo final de la guerra rebasará las expectativas.
A dos semanas de iniciada la guerra, ya la prensa norteamericana cuestiona la estrategia militar del secretario de la Defensa Donald Rumsfeld. Las críticas principales se centran en su estimado de la duración del conflicto, y en lo que se juzga fue un cálculo equivocado de la capacidad de respuesta de los iraquíes.

El reclamo podría parecer prematuro si no es que injusto. Hay, sin embargo, un contexto doméstico que, en el peor de los casos, lo explicaría si es que no lo justificaría. Antes de iniciarse la guerra contra Iraq, varios miembros de la administración de Bush le vendieron a la opinión pública nacional la idea de que el conflicto sería corto y la resistencia, iraquí mínima. Hoy, es evidente que las predicciones fallaron.

En febrero de 2002, el asesor del Pentágono Kenneth Adelman declaró: “Creo que demoler el poderío militar de Hussein y liberar a Iraq va a ser un ‘paseo’ (‘cakewalk’)”. El 8 de septiembre del año pasado, el vicepresidente Dick Cheney declaró: “No creo que vaya a ser una batalla muy dura”. La semana pasada, el jefe del comando militar supremo en la Casa Blanca (Joint Chiefs of Staff), el general Richard B. Myers declaró: “Lo que queremos es un conflicto breve. Y la mejor manera de hacerlo es crear tal shock en el sistema (de defensa iraquí) que el régimen tenga que concluir desde el principio (de la ofensiva) que el final es inevitable”.
Hoy, después de que los bombarderos estadounidenses han tapizado el territorio nacional iraquí de Sur a Norte, ninguna de las arrogantes declaraciones estadounidenses se ha cumplido. Por el contrario, parecería que el calendario de la guerra se ha atascado o que por lo menos ha sufrido un retraso.

Los iraquíes saben que el tiempo está de su lado y que el único antídoto al avasallador poderío militar de EE.UU. es la resistencia prolongada. También saben que para acelerar la impaciencia norteamericana a niveles intolerables, deben incrementar de forma metódica el número de bajas en el ejército estadounidense.

Acusando recibo de la lección aprendida en la guerra del Golfo Pérsico, en la que Sadam Hussein equivocadamente decidió enfrentar al ejército norteamericano en los espacios abiertos del desierto, esta vez el dictador Iraquí ha cambiado su estrategia.
Anticipando la prisa de las tropas de EE.UU. e inglesas en su marcha hacia Bagdad, Hussein ha organizado la resistencia iraquí con ataques de artillería, tropas regulares, guerrillas y comandos suicidas, por los flancos de los ejércitos de la “coalición”.
Cada ataque iraquí no sólo detiene el avance de norteamericanos e ingleses hacia la capital, sino que los obliga a aventurarse en ciudades como Basara, Nasariya y Najaf. Y ésta es una apuesta de alto riesgo.

Desde tiempo inmemorial, los grandes estrategas de la guerra, como el chino Sun Tzu, han escrito que, “si las tropas atacan ciudades, su poderío será debilitado hasta hacerlas quedar postradas. No hay peor decisión que atacar una ciudad”. Hussein ha lanzado el cebo.

Otra táctica que Hussein ha venido utilizando, hasta ahora con relativo éxito, es la guerra de guerrillas. Más allá del juicio moral que nos merezca que un ejército disfrazado de civil use a la población como escudo, el repugnante acto ha sido efectivo militarmente. Estos combatientes irregulares son quienes más daño han causado a las fuerzas de la “coalición”.
Otra característica poco convencional de esta guerra ha sido la adición de las brigadas de combatientes suicidas, que según los iraquíes suman ya 4,000 voluntarios. Más aterrador resulta la amenaza de enviarlos a suelo norteamericano.

El paso del tiempo no ha sido propicio para Iraq. La perversidad de sus gobernantes ha transformado a la cuna de la civilización en un pantano donde reinan el miedo y la barbarie. A pesar de todo, el país ha sobrevivido el paso de los siglos. En Estados Unidos, mientras tanto, el apresurado combate contra el terrorismo amenaza con cambiar el carácter republicano de la joven nación. En esta guerra, en la que el tiempo está en contra de Estados Unidos, lo importante es saber cómo darle tiempo al tiempo.

*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.


 

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