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El
Tesoro escondido...
La
avaricia siempre se paga muy cara. Desde hace mucho tiempo, el dinero
fácil, aquel que no cuesta, ha movido a decenas de desesperados,
quienes, al final, tan solo recibieron una humillante lección.
Lo peor de todo es que los engaños prosiguen.
Por Oscar Tenorio
Escenarios
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com
Existen
trucos muy sencillos y otros más sofisticados, como aquel
famoso caso de la estafa millonaria en la que incurrió una
financiera. Muchos perdieron millones de colones, que ellos soñaban
con verlos duplicados.
Sin embargo, uno de los casos más conocidos es el de la famosa
barra de oro.
La práctica es muy común en los pueblos o en algunos
puntos de la ciudad capital.
De repente, se aparece un hombre con una brillante barra de metal,
envuelta en papel de diario.
Como un encantador de serpientes, suelta el cuento de que la encontraron
en una mina, pero que le urge venderla, pues necesita el dinero
para un familiar enfermo.
Inmediatamente, le pone un precio que, en ese momento, es irresistible
para el incauto que está a punto de caer en la trampa.
Hecho el trato y desembolsadas las chirilicas, el hombre
de la ganga se marcha a toda prisa.
Un día después, el afortunado descubre que la barra
de oro es tan solo un trozo de cobre, sin el esplendoroso brillo
y con unas manchas verdes. La frustración y la ira no son
suficientes para sofocar semejante engaño.
Lo mismo sucede con el billete de la lotería premiado.
El truhán muestra el vigésimo y asegura
que ha ganado un gran premio. Pero él no lo puede cambiar,
ya que no tiene documentos de identidad y así no se puede
hacer semejante reclamo. En este sentido, lo vende en menos de la
mitad del premio que se recibirá.
El avaro lo compra inmediatamente, creyendo que ha hecho el negocio
de su vida. ¡Falso!.
La última novedad es el tesoro escondido, estafa
promovida por brujos, quienes aseguran venir de lejanas tierras,
y que tienen la solución a todos los problemas.
Muchos desesperados los consultan. Durante las sesiones, los indios
o hermanos les hacen creer que en las propiedades de
los visitantes existe un tesoro escondido.
Para encontrarlo, los brujos piden dinero por adelantado. Días
después visitan los terrenos y, ¡recórcholis!,
encuentran unas pepitas de oro enterradas. Obviamente,
todo estaba arreglado.
Los brujos piden más dinero para seguir con la búsqueda.
De esta manera, sacan todo el dinero que pueden a sus víctimas.
El tesoro nunca aparece y la desgracia lejos de disminuir, se incrementa.
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