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La
columna nacional
¿Quiere usted saber por qué se castigó a ARENA?
Roberto López-Geissmann*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
En sus orígenes ARENA nutrió sus bases en un entramado
de agricultores, militares, empleados
Es increíble que todavía exista quien se resista
a admitir que se ha operado un voto de castigo para ARENA, cuando
hacerlo no sólo no le hace ningún mal, sino es el
comienzo de una acción profiláctica, asumir una realidad,
que puede llevar al todavía gran partido a reverdecer sus
laureles.
¿Qué razones se tuvo para castigar con el voto al
partido ARENA?
Como todos sabemos, ARENA surgió ante una coyuntura de necesidad,
de emergencia nacional, y no era posible derivar a elucubraciones
filosóficas cuando lo que se tenía que hacer era sacar
pecho y entregarse a la tarea de defender a la nación en
peligro. El entonces glorioso partido lo hizo, y lo hizo bien. Sin
embargo, la institucionalidad, el estado de Derecho, el sentido
democrático en términos generales, de la misma forma
que la estructura común a los modernos estados occidentales,
con su parlamento, la economía de mercado, los partidos políticos
y una visión mezclada de conservatismo y progresismo, todo
ello le daba un rostro, nada original, pero que no constituyó
al principio un problema mayor, siendo más bien una plataforma
en la que habría que haber construido un proyecto más
específico.
Y este es su primer gran error. Quedarse en un anticomunismo (lo
que es correcto si se acompaña de algo asertivo y concreto),
en un nacionalismo más bien romántico, que por sí
solo hace agua en estos tiempos, y en la programada indefinición
de su pensamiento económico. A media vida tuvo el aserto
de instalarse en la economía social de mercado, pero su estancia
fue poco conocida, efímera y no muy profunda. Luego fue barrido,
sin consulta a las bases ni debate público ni nada, por una
corriente de vientos del norte, la que, sin expresarlo se adscribe
a cierta forma que se dice neoliberalismo, tendiente en todo a la
globalización. Pero paralelamente ocurría otro fenómeno.
En sus orígenes ARENA nutrió sus bases en un entramado
de agricultores, militares, empleados. Con mucha juventud, muchísimas
mujeres y todos con el denominador de valentía y audacia.
El temperamento lo conformaba lo mejor de la clase media -en su
más amplia acepción-, aunque con participación
de casi todos los sectores. Después de la impostura de la
paz, en una negociación a brazo torcido, el arenero se tragó
sin apercibírselo toda una concepción de las cosas
en las que no estaba de acuerdo un segundo atrás, lo que
empezó el éxodo, largo y lento, de luchadores de la
primera hora hacia la banca (voluntarios o enviados),
confundidos unos, cansados otros, sorprendidos los más, y
esperando todos que los buenos muchachos que estaban
tomando el relevo supieran lo que hacían. Sin apercibirse
en ese entonces que era una clase entera la que se sacaba de la
participación de primera fila. La más importante.
Empiezan a aparecer más y más individuos millonarios.
Es más exacto que hablar de empresarios. En principio,
el hecho de contar con grandes millonarios no tiene nada de malo
(aparte de lo que aporten), ya que buena parte de ellos tiene el
savoir faire, las relaciones, la experiencia y la eficiencia
que cualquiera quisiera tener a su lado. Magnífico contar
con ellos, sus opiniones siempre, incluso algunos en la dirección
es correctísimo. Pero... si en los mandos superiores se encontrare
una cantidad excesiva de estos o de sus ejecutivos directos, eso
querría decir, aquí y en China, ayer o mañana,
voluntaria o involuntariamente, que este grupo tenderá porque
son humanos a confundir sus intereses con los de la nación,
diciéndose que, si prosperan las grandes empresas, también
lo hará el pueblo, lo que tiene una cuota de realidad pero
tiene que matizarse bastante; ello dará también una
personalidad, interna y externa, especial.
Así las cosas, un partido lleno de empuje, con una ideología
a escribirse, atractivo e incluyente, devino una maquinaria bien
engrasada (lo que es bueno, pero acentuó lo de máquina,
en desmedro del hombre), convirtió la antigua cara en máscara,
se atildó tras bambalinas, dio la espalda y se dedicó
a excluir. La teoría del mal menor le había
funcionado, pero no se puede dar atol con el dedo a todos todo el
tiempo.
Y no es sólo que no se haya mejorado o que haya retrocedido
la situación económica de la clase media. Es que en
las bajas se visualizan peores tiempos y, en las altas, mayores
exclusiones. Pero economía aparte, la percepción de
exclusión hacia las personas, los talentos, a las meras oportunidades
para probar las capacidades, el uso eterno de outsiders, muestra
que poco más que el nombre queda de lo que fue. ¿Le
quedó claro por qué se castigó y qué
se castigó?
* Lic. en Ciencias Políticas.
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