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Sentido
común
EL POLVORÍN
RICARDO RIVAS*
Editorial
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Cada
quien es dueño de lo que dice y de lo que cree. Entre la
solidaridad para la paz o la complicidad para la guerra, yo me quedo
con lo primero
Zapeo y veo que llueve plomo sobre Irak. Lo que CNN muestra no
viene de la cabeza de Coppola o de la imaginación de Spielberg.
Tampoco es Vick Morrow el que va al mando de los Comandos de Garrison.
Lo que ocurre en Irak es la realidad. Es la triste fatalidad de
una guerra resultado de la intransigencia de un dictador -Hussein-
y la impaciencia de un hijo de la democracia -Bush-.
Un conflicto que, pese al aprecio y admiración que uno sienta
por Estados Unidos, apunta como una respuesta apresurada y desproporcionada
de la primera y gran potencia mundial frente a un pueblo empobrecido
y explotado por un tirano. Una guerra que, como todas, carece de
sentido. Una exacerbación de ánimos que ha puesto
tilinte al mundo. Un bronca que alimenta innecesariamente el antiamericanismo
en momentos en que los Estados Unidos apenas se repone de los cobardes
atentados del 11-S. Una tormenta en el firmamento global que jamás
debió haberse formado.
Es grave lo que ocurre. Por más que uno simpatice con el
pueblo estadounidense, no puede confundir Chana con Juana. Nadie,
menos un país con tanta grandeza y tradición democrática,
tiene patente para hacer y deshacer con el orden planetario de acuerdo
con sus filios y sus fobias. Para eso existe el derecho internacional,
la diplomacia y todos esos asuntos que, aunque a veces lentos y
burocráticos, sirven para impedir que los hombres arreglemos
nuestros pleitos a balazos.
Alguien se ha puesto a pensar qué ocurriría si el
resto de países decidieran copiar el guión que hoy
escriben los estadounidenses: Como sospecho de ti, te ataco.
Si esa fuera la lógica -si es que la guerra tiene lógica
alguna- ¿qué, entonces, con el resto de países
que poseen artilugios de destrucción masiva? ¿Qué
los invadan? ¿Qué los ataquen? ¿No sería
mejor que nadie tuviera esos juguetes?
En un país tan exquisitamente polarizado como el nuestro,
no siempre resulta cómodo decir estos asuntos. Suficiente
gente hay aquí que todo lo examina bajo la óptica
simplista de los malos y los buenos. De los azules contra los rojos.
Demasiadas plumas comprometidas merodean las páginas de la
opinión pública. En El Salvador, la costumbre de llamarle
vino al pan y pan al vino aún traiciona la sinceridad y la
entereza con las que se defienden las ideas.
No falta gente que sigue respirando por sus propias heridas. El
exceso de suspicacia y respetos humanos hace caer a algunas personas
en dualidades e inconsistencias que no siempre se logran entender.
El prejuicio -por miedo, ignorancia o simple vocación a la
genuflexión de ligar a todo aquel que se oponga a esta
guerra con los enchancletados pacifistas a ultranza no es más
que el resultado de poner la inteligencia a haraganear en una hamaca.
Todos hablan del impacto de la guerra en la economía, del
precio del petróleo, de la caída de las bolsas, etc.
Pero pocos se detienen a pensar en las personas de carne y hueso,
de un bando y del otro, que ahora sufren con tanto terror. Cómo
que importara más el precio del barril de crudo que la vida
y la dignidad de esta gente. El tema de la defensa de la vida es
un asunto que no debería admitir medias tintas. O se cree
en él o no se cree.
No existe absolutamente diferencia alguna entre los bebés
no nacidos que mueren aspirados en las probetas de los abortistas,
con los pequeños ira- quíes desollados por las bombas.
Igual sufrimiento le causa a un padre la muerte de un hijo abatido
por un misil que por una bomba terrorista. Las lágrimas de
una madre no tienen nacionalidad; el fuego que quema y la pólvora
que despedaza, tampoco.
Por eso me opongo a esta guerra. Porque soy padre y pienso en el
dolor de esos padres, sin importar que sus hijos muertos o heridos
hablen inglés o árabe. Porque no me gustaría
que nadie viniera a mi patio y, a fuerza de bombazos, me dijera
lo que tengo que hacer. Porque el resto del mundo ha dado suficientes
razones para demostrar que aún queda espacio para el consenso
y la aplicación de la ley. Porque quienes han encendido esta
mecha no tienen idea del polvorín que puede estallar en el
futuro.
Cada quien es dueño de lo que dice y de lo que cree. Entre
la solidaridad para la paz o la complicidad para la guerra, yo me
quedo con lo primero. El tiempo y las consecuencias de este conflicto,
se encargarán de decir el resto.
*Cirujano dentista y columnista de El Diario de Hoy.
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