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Punto
de vista
Guerra Ilegítima
Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
carlos@mayora.org
Por
supuesto que la diplomacia estadouni-dense ha empleado a fondo todos
sus recursos para convencer a propios y extraños de la racionalidad
de su posición
Realmente es muy difícil justificar una guerra. El único
camino viable para hacerlo es argumentar defensa propia, y precisamente
ese es el que ha intentado tomar el señor Bush para explicar
ante su nación y el mundo el ataque a Iraq.
El problema es que no ha logrado convencer a muchos, pues si bien
las pruebas que muestran a Saddam Hussein como un enemigo de los
Estados Unidos parecen sólidas, aquellas destinadas a comprobar
que en Iraq hay armas de destrucción masiva, y que existe
en el gobierno iraquí voluntad para utilizarlas en contra
de Occidente, han resultado bastante más endebles.
Así las cosas, el ataque es injusto, pues los norteamericanos
no han sido capaces de mostrar fehacientemente una causa proporcionada
para realizarlo, y además de injusto es ilegítimo,
pues hace caso omiso de todo el derecho internacional. Es destructivo
no sólo en el sentido físico, sino también
en el sentido moral, pues por la unilateralidad del mismo (a pesar
del apoyo de algunos países), y por hacer caso omiso de las
leyes y tratados internacionales, deslegitima de hecho a la ONU.
Es una acción tan onerosa, económicamente hablando,
y tan comprometedora para los agresores, que cualquiera esperaría
que Bush hubiera presentado unas pruebas más concluyentes
ante el foro internacional. No lo ha hecho. Se ha atascado en un
razonamiento simple que en plan de caricatura podría
mostrarse así: Saddam es peligroso, Saddam está armado,
Saddam nos quiere atacar, ataquémoslo antes de que él
lo haga. ¿Guerra preventiva o defensa propia? ¡Qué
más da! Los resultados son los mismos: Iraq es atacado.
Sin hablar del recurso emocional que se ha utilizado profusamente
al ligar al régimen iraquí con el horror que el mundo
vivió el 11 de septiembre. Apelar a los sentimientos y hacer
de lado la razón es una clásica táctica de
propaganda que el gobierno norteamericano y algunos medios de comunicación
han manejado abundantemente. Tanto, que en algunos casos se pregunta
uno si todo esto no será una pura y simple venganza.
Por supuesto que la diplomacia estadounidense ha empleado a fondo
todos sus recursos para convencer a propios y extraños de
la racionalidad de su posición, aunque con el derecho internacional
actual, parece que no hay modo de justificar el ataque. Para legitimarlo
haría falta cambiar la ley, y convertir en legal un ataque
como reacción a una presunta, pero no comprobada amenaza.
Además del hecho de actuar fuera de la ley, la acción
del gobierno norteamericano es cuestionable desde otros puntos de
vista. La apelación al terrorismo no se sustenta: no hay
pruebas convincentes ni de que Saddam cuente con arsenales de armas
de destrucción masiva, ni se ha mostrado públicamente
ningún vínculo con Al Qaeda. Si se dice que es para
poner remedio a las violaciones a los derechos humanos que Saddam
ha perpetrado contra los kurdos y otras etnias: Es la ONU la que
debe establecer los mecanismos para eliminarla.
Otro argumento: Quitado Saddam, quitada la amenaza para los Estados
Unidos... Está por verse. Lo que deja prever un ataque es
una respuesta desesperada, y el remedio resulta peor que la enfermedad.
Quizá esto será lo peor: Dará motivaciones
públicas para que se exacerbe el terrorismo internacional.
Sin embargo, en palabras del presidente Flores, ante la situación
de Iraq hay quien opina que es peor no hacer nada. Sí
y no: Tan malo es no hacer nada, como encender la mecha de una guerra
preñada de complicaciones. Hay otros caminos más
costosos económicamente, más difíciles diplomáticamente,
pero todo parece indicar que existe una lamentable falta de voluntad
para resolver el problema de manera justa y racional, y se ha preferido
la forma miope de hacer las cosas: pan para hoy, hambre para mañana.
A fin de cuentas, quien parece haber medido el problema en toda
su profundidad es Juan Pablo II, cuando expresa que la guerra es
una derrota de la humanidad. Una derrota de lo más
valioso que tenemos los hombres: la capacidad de ejercer responsablemente
la libertad, la capacidad de sujetarnos voluntariamente a unas leyes
consensuadas (que toman su fuerza no del consenso, sino de su coherencia
con la dignidad del ser humano), y la posibilidad de superar más
de treinta siglos de barbarie.
Si constara el peligro que según Bush representa
Saddam para la humanidad, no dudaríamos en apoyar una guerra
de defensa, una guerra de justa preservación de la seguridad
de la sociedad estadounidense. Pero, tal como están las cosas,
esa guerra tiene visos de que aportará al mundo muchas más
complicaciones y peligros que los que pretende neutralizar.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía
y columnista de El Diario de Hoy.
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