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En
sintonía con Dios
Prefiero ir a la cárcel
Por el padre Eugenio Hoyos
email: FatherHoyos@ utinet.net
Estas
son las palabras que dijo el cardenal de Washington Theodore Macarrie
durante una rueda de prensa en Maryland, EE.UU.
El tema fuerte que se presentaba es que la legislatura de Maryland
quiere aprobar una nueva ley por la que los sacerdotes católicos
deben reportar a las autoridades cuando escuchen a través
del sacramento de la Confesión o Reconciliación que
un penitente menor de edad les revela que ha sido tocado sexualmente
o violado por un adulto.
La Iglesia Católica no aceptará de ninguna forma seguir
esta ley si es aprobada pues esto sería romper el sigilo
o secreto de la Confesión, instituido por Jesucristo para
el perdón de los pecados. Así que el cardenal de Washington
ha dicho que jamás rompería este sigilo sacramental,
ni le pediría a los sacerdotes que siguieran esta ley en
contra de las leyes de la Iglesia, a no ser que el menor de edad
en el sacramento de la penitencia le dé la autorización
de hacerlo. Este sigilo es el que hace que el sacramento de la Reconciliación
o penitencia sea santo y especial; si esto llegara a ocurrir nuestro
sacerdocio en parte sería débil y común.
El cardenal ha dicho que como los antiguos mártires y santos
de la Iglesia, él está dispuesto a ir a la cárcel
si la ley humana así lo exige y los demás sacerdotes
también lo haríamos porque debemos trabajar fuertemente
en oración por el respeto y la santidad de los sacramentos.
En ningún momento queremos con esta actitud sea apoyar y
tapar algún escándolo sexual de niños. Todo
lo contrario, estamos en contra del abuso sexual a menores y la
Iglesia protege no sólo a los menores sino a sus familias.
En el catecismo de la Iglesia Católica, el número
1440, nos dice que el pecado es ante todo, ofensa a Dios, ruptura
de la comunión con El. Al mismo tiempo atenta contra la comunión
con la Iglesia sólo Dios dice de si mismo: El Hijo
del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra
(Mc 2,10) y ejerce ese poder divino: Tus pecados están
perdonados (Mc 2,5; Lc 7,48).
Más aún: en virtud de su autoridad divina, Jesús
confiere este poder a los hombres para que lo ejerzan en su nombre.
Cristo quiso que toda su Iglesia tanto en su oración como
en su vida y obra, fuera el signo y el instrumento del perdón
y de la reconciliación que nos adquirió al precio
de Su sangre. Vivir el compromiso de la comunión al que Dios
nos ha llamado no es siempre fácil. El pecado rompe la comunión,
resquebraja la paz y separa de Dios de si mismo y de los demás.
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