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Palabras
El oro suficiente para ser feliz


Carlos Balaguer


Salió Jasón, ocultándose en las sombras, de la casa del traficante. Iba ya sin luminosa estrella de la mañana, y con una bolsa de monedas de oro. Ya no necesitaba trabajar durante toda su vida.
Ya tenía el oro suficiente para ser feliz.

No obstante, con el valioso botín en las manos no se sintió feliz.
Su oro era de pronto sólo un amasijo de metal, producto del pecado, del delito... Aquel oro le quemó las manos de pena moral, pues sintió que era un miserable ladrón, al no haber obtenido por virtud aquella fortuna, sino mediante el hurto de la estrella matinal.
Con el oro en sus manos, siguió sintiéndose pobre.

Arrepentido de haberse deshecho de su estrella, quiso devolver el dinero al traficante, pero este le dijo que la estrella costaba el doble, debido a la súbita alza del precio de éstas en el mercado negro.

Jasón se fue llorando su noche, suspirando el recuerdo de su estrella preciada. Sólo hasta que perdemos lo amado nos damos cuenta exacta de todo su valor, de lo mucho que le amábamos o necesitábamos. Cuando queremos recuperarlo, a veces ya es tarde o cuesta caro el obtenerlo de nuevo.

Algunos venden en la vida sus ilusiones al igual que aquel pescador de estrellas y sólo al final de los días se dan entera cuenta de lo que han perdido, de lo que fue suyo acaso...


Día a Día

El definitivo cierre del ferrocarril de El Salvador se anunció el sábado 8 de este mes, poniendo fin a una agonía de 30 y tantos años. Las razones para darle piadosa sepultura son varias: muy costoso, irrentabilidad, deterioro de los equipos. Pero hay una principalísima: ninguna empresa sobrevive mucho tiempo cuando cae en manos de la burocracia estatal. Y eso ocurrió precisamente con el ferrocarril.

Quedan entrañables y coloridas memorias, que a su vez irán desvaneciéndose. Un viaje al oriente, de San Salvador a La Unión, tomaba casi todo el día. El convoy, formado por la locomotora, unos vagones de carga y los vagones de pasajeros, paraba de estación en estación, dejando a unos y recogiendo a otros.

Y en cada sitio, enjambres de vendedoras se acercaban a las ventanillas a ofrecer dulces, bebidas, butifarras, quesos, pupusas y comida. Los prudentes viajeros se aprovisionaban de acuerdo con las especialidades de cada lugar, lo que hacía del viaje una experiencia culinaria, aunque muy modesta.

 

 

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