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La nota del día
Menos árboles y grandes calores

La conservación de suelos, reforestar e incrementar el rendimiento de la agricultura, son objetivos que van a lograrse una vez que se revierta la reforma agraria de la locura

MAS! informa en su edición del 5 del corriente mes, que la temperatura de San Miguel alcanzó los cuarenta y un grados centígrados, un verdadero infierno para los pobladores. La mala noticia es que a medida que los contornos de la ciudad y del departamento se sigan deforestando, va a incrementarse el calor. La buena, que reforestar aliviaría el clima migueleño.

Hace cien años, según testimonios de la época y de acuerdo con lo que decía nuestro fundador, don Napoleón Viera Altamirano, la temperatura de San Miguel era por lo menos de diez a ocho grados menor que la actual. Los hombres de cierta categoría iban a sus empleos vistiendo chaqueta, aunque estas se confeccionaban de lino color blanco. Pero igual se vestían los estudiantes, tanto de secundaria como universitarios.

El desafío es reforestar San Miguel y al mismo tiempo prohibir prácticas que conducen a la tala de árboles y arbustos en el departamento y todo el territorio nacional. Todavía es tiempo, aunque ya no queda tanto; si no se hace ahora, después será muchísimo más difícil y costoso.
Parte del problema se derivó de la tala de árboles para fabricar los durmientes del ferrocarril, lo que descuajó o acabó con los bosques que cubrían la región oriental. Los árboles se cortaban pero nadie se ocupó en reemplazarlos. Y ahora se siguen cortando pero sólo la madre naturaleza los replanta. Y no acaba ella de cubrir la tierra con billones de plantas y arbolitos, cuando va detrás el hombre destruyendo esa nueva vida.

Lo primero que se debe hacer es prohibir la fabricación de ladrillos cocidos utilizando leña. Según se dice, una sustancial parte del descuaje de árboles es para quemarlos en las ladrilleras. La otra es para calentar hornos de pan, que se pueden sustituir por gas con ventaja para el panadero, para sus trabajadores y para la comunidad. Es absolutamente pernicioso que entre esas dos primitivas prácticas se estén destruyendo los pocos bosques que nos quedan.

El perjuicio ecológico que causan es peor que el derivado de la contaminación de ríos por fábricas y poblados.
La deforestación se agravó muchísimo después de que la gran demencia impuso la “reforma agraria”. Las tierras, que apenas alcanzaban a cuidar sus legítimos dueños, cayeron en poder de jornaleros y gente arrimada al poder, que de inmediato se dedicaron a arrasar con lo que podían. Igual sucedió con el reparto de tierras a los desmovilizados: incapaces de trabajarlas, cortaban cuanto árbol había para venderlo como madera o como leña. La Zona Oriental se llenó de improvisados aserraderos, donde hacían trozas de los árboles. Quedan pocos de esos aserraderos, pero el daño causado es casi irreparable.

Hay que revisar la reforma agraria


En alguna forma, lo más práctico sería a través de las comunidades educativas del programa Educo, se puede enseñar a la gente a poner tapadas en ríos y quebradas para retener la mayor cantidad posible del agua que cae en los inviernos. Al elevarse la humedad, más plantitas van a sobrevivir y se refresca el clima. Una vez que la gente vea y entienda los beneficios de cuidar la tierra, irán haciéndolo por su cuenta sin tener niñeras detrás.
La conservación de suelos, reforestar e incrementar el rendimiento de la agricultura, son objetivos que van a lograrse una vez que se revierta la reforma agraria de la locura.

 

 

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