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Tema
para meditar
La lección de Raúl Morales
Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy
scastellanos@el
salvador.com
No
he podido evitar cuestionarme sobre las innumerables ocasiones en
las que mis afanes y ansiedades han estado por encima de mi familia.
Como la búsqueda de cosas transitorias y efímeras
Raúl Morales partió hacia Estados Unidos en 1989,
como lo hace la mayoría de salvadoreños, anhelando
labrarse un futuro mejor al que podían ofrecerle su natal
Metapán y el oficio de pintor. Marisol, su mujer, había
emigrado algún tiempo antes. Una vez reunidos, fue necesario
que ambos trabajaran muy duro, pero poco a poco las cosas fueron
mejorando, incluso llegaron sus amados hijos, Raulito, Silvia y
Oscar.
Más que las posesiones materiales su mayor orgullo era ser
una familia feliz, en la que se practicaba una comunicación
abierta y se compartía un amor entrañable.
Con el recién obtenido permiso de trabajo y alguna solvencia
económica, Raúl decidió que era tiempo de retornar
a su pueblo para cumplir un sueño largamente acariciado:
que sus padres y los de Marisol conocieran a los nietos; por ello
se organizó un viaje para esta Semana Santa, que se planificaba
día a día, con emoción y esmero. Los niños
y los abuelitos se comunicaban a menudo, para hablar de la comida
típica que probarían por primera vez, dónde
dormirían, cómo es Metapán y muchas otras cosas
más.
Por ello, la mañana de ese miércoles, Marisol y los
niños salieron de su casa contentos, deseosos de que las
semanas trascurrieran velozmente. Era un día como otros tantos,
en los que habían abordado la nueva camioneta y enfilado
por la carretera que habían recorrido incontables veces.
Todavía es un misterio lo que ocurrió en el trayecto,
pero tras perder el control, el auto se precipitó violentamente
a un acueducto. Todo esfuerzo de rescate resultó vano, Marisol
y los niños no lograron sobrevivir al accidente.
Una semana después, Raúl cumplió su sueño,
retornó a su tierra natal acompañado de su amada familia,
que, sin embargo, realizó el viaje en la soledad de cuatro
ataúdes.
El trayecto a Metapán fue lento, al ritmo que impusieron
las carrozas fúnebres y los muchos autos que se unieron al
cortejo. Una vez en el pueblo, abundaron los abrazos, pero no de
alegría, sino de dolor.
El suceso movió corazones en Estados Unidos y en El Salvador.
La tragedia de la familia salvadoreña se convirtió
en noticia de primera línea. Decenas de reporteros, incluso
de medios norteamericanos, siguieron ávidamente el desenvolvimiento
de la cruel ironía. Sin embargo, en lugar de un hombre destrozado
por el dolor, cuyas lágrimas aportarían dramatismo
a los reportajes, se encontraron con un Raúl sereno, dolido
pero en paz. Quien ante la obligada e insistente pregunta acerca
de su pena, contestaba con pasmosa tranquilidad: Cuando uno
ha sido un buen padre y esposo, cuando ha sabido compartir con su
familia y llegan estas cosas, no puede haber dolor. El dolor está
reservado para los que nunca estuvieron cerca de sus seres queridos,
para los que nunca se interesaron por ellos.
En contra de los que esperaban el momento en que la fortaleza se
vendría abajo y por fin llegaría el cuadro de dolor,
Raúl se mantuvo sereno aun después de que, bajo el
ardiente sol de Metapán, la última palada de tierra
cayó sobre su amada familia.
Los reporteros internacionales ya se han ido, mientras los nuestros
están cubriendo nuevas noticias; pronto el terrible suceso
no pasará de ser una historia más; pero a mí
me siguen haciendo eco en el espíritu las palabras de Raúl.
No he podido evitar cuestionarme sobre las innumerables ocasiones
en las que mis afanes y ansiedades han estado por encima de mi familia.
Como la búsqueda de cosas transitorias y efímeras,
como los bienes materiales, el placer o el conocimiento, se suele
anteponer a lo que es verdaderamente trascendente y perdurable:
el amor, la amistad y la espiritualidad.
Por ello deseo mantener presente la lección de Raúl
y llevarla a la práctica; disfrutar la sonrisa y compañía
de los que me aman y decirles cuánto les amo yo, detenerme
más a menudo a contemplar el espectáculo que me regala
la naturaleza, compartir con un amigo en necesidad y acercarme más
a Dios. Mañana podría ser demasiado tarde.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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