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Tomando la palabra
HABLEMOS DE ENCUESTAS

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Debemos ver la realidad de las cosas, pero no para desesperarnos, sino para fortalecer nuestro espíritu de lucha. Es cierto que tenemos problemas, ¡el mundo entero los tiene! Y muy graves

Los medios de comunicación dan gran cobertura al evento electoral, lo que nos permite conocer cuál es la oferta política disponible para así, mejor informados, tomar decisiones responsables. Por eso seguí con atención, en TCS, la presentación de la última encuesta CID-Gallup, enfocada, sobre todo, en ese tema. Dentro de esos resultados, hay un punto que me preocupa grandemente: el de las expectativas ciudadanas hacia el futuro inmediato.

Según dichos resultados, un alto porcentaje de los encuestados cree que la situación empeorará, en vez de mejorar. Y (explicaba el representante de CID-Gallup) los salvadoreños hemos sido siempre, en Centro América, los más optimistas, los que vemos el futuro con entusiasmo y con esperanza. Eso —estoy segura— ha sido la clave para que El Salvador haya superado con éxito las muchas calamidades que hemos vivido: porque de la actitud mental y de nuestras expectativas dependen los resultados que obtendremos.

Tampoco dudo de que, precisamente por eso, la izquierda —encabezada por el FMLN y apoyada por sus satélites (CDU, Procuraduría de los Derechos Humanos, algunos grupos universitarios, etc.)— ha cambiado su estrategia de “guerra popular prolongada” a “desesperación popular prolongada”, orquestando la violencia callejera, bloqueo permanente a medidas necesarias, discursos agresivos y regresivos, amenazas de nuevos levantamientos, tumultos y vandalismo producidos por “médicos”, sindicalistas, “sociedad civil”, ONG, etc. De allí a las guerras de maras, crímenes espantosos e irrespeto total, sólo hay un paso. No importa qué ni cuán grave: el objetivo es provocar zozobra e intranquilidad.

Porque las demás preocupaciones —la situación económica que nos aflige, el desempleo, el costo de la vida y, principalmente, los problemas del agro— son consecuencia, en gran parte, de la inseguridad; ella impide que se lleven a cabo proyectos que nos beneficiarían a todos y obliga a las empresas a gastar en personal de seguridad, lo que deberían invertir en empleos productivos.

¡Cuánto vigilante podría estar desempeñando un puesto mejor y diferente si tuviéramos tranquilidad!

Debemos ver la realidad de las cosas, pero no para desesperarnos, sino para fortalecer nuestro espíritu de lucha. Es cierto que tenemos problemas, ¡el mundo entero los tiene! Y muy graves. Con todo, los nuestros son todavía menores que los de muchos otros países. Pero si nos dejamos ganar por el negativismo, los males se magnifican, agudizamos la crisis y el resultado es menor inversión, menos trabajo, menos oportunidades y mayor pobreza. Lo cual, lógicamente, lleva al descontento y el pesimismo. ¡Tierra fértil para populistas y demagogos! Por eso lo hacen.

Es importante, pues, estar conscientes de que este ambiente negativo es provocado con alevosía; no es una falla de la PCN, ni de los cuerpos de seguridad: es una estrategia para hacerse del poder. ¡Y no permitiremos que nos manipulen vilmente! Lo que está en juego es demasiado importante: es nuestro sistema democrático. No podemos permitir que ganen la partida por “default”, porque “tiramos la toalla”, porque no tuvimos el coraje de presentarnos, dar la cara y defender nuestra libertad y principios.

Nuestro país recorrió un largo y productivo camino, desde la Independen-cia, en 1821, hasta 1979. Entonces, por obra de los mismos violentos y demagogos de ahora, los esfuerzos de tantas generaciones se convirtieron en humo, cenizas y lágrimas. En una década perdimos el esfuerzo de muchas generaciones. Hoy, sin embargo, podemos ver con objetividad cuánto hemos reconstruido y avanzado desde 1989.

Si, con la ayuda de Dios, hemos logrado tanto, también podremos alcanzar las metas que todavía nos faltan. Es mucho, difícil, requiere de grandes sacrificios y, además, tomará largo tiempo para lograrlo.

Pero con la moral en alto, desechando a quienes están desesperándonos, vamos a lograrlo.
Hace muchos años fui víctima del cáncer. Al preguntarle al médico qué debía hacer para colaborar en mi curación, me respondió: “Guarde la fe y mantenga su optimismo; yo, con la ayuda de Dios, puedo ganarle al cáncer, pero ni Él y yo juntos podemos ganarle a una actitud pesimista”.

Aquellas palabras aún resuenan en mis oídos. En definitiva, si no reaccionamos a tiempo, recuperamos nuestro optimismo, votamos por la libertad y dejamos a los violentos con un palmo de narices, lo que va a sucedernos será igual o peor que un cáncer.
*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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