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La nota del día
De tales maestros, tales criminales

Todos los candidatos ofrecen combatir la delincuencia y ocuparse del problema de las maras

Que nadie se asombre de que en El Salvador el fenómeno de las maras vaya en aumento y amenace cada vez más la seguridad de todos.

Los niños se comportan, siguiendo el ejemplo de sus padres, así como la población actúa de acuerdo a lo que ve en sus dirigencias. Y muchos de los modelos que tienen frente a sus ojos no pueden ser peores.

Antes de ser desalojados por las autoridades, el grupo de sindicalistas que se atrincheró dentro de las oficinas administrativas del ISSS, causó graves destrozos, rompiendo muebles, equipos, puertas y vidrieras.

Esas mismas bandas han montado desórdenes callejeros, atacado periodistas, amenazado policías, abandonado pacientes y cogido a palos a enfermos. Por donde marchan ensucian y pintan paredes, insultan al gobierno, hacen llamados “a la insurrección” y en general se comportan como salvajes.

Con tal clase de ejemplos, ¿quién se extraña de lo que perpetran las maras, de sus odios y agresiones, de las batallas campales que montan en los barrios, de los extremos de crueldad y locura en que han caído? Si hay médicos que niegan tratamiento a niños con cáncer, ¿es de sorprenderse que los mareros corten cabezas y descuarticen mujeres indefensas?

La gente debe recordar los orígenes de estos “movimientos” juveniles. Al final de la década de los setenta, los comunistas organizaron grupos de choque estudiantiles, como el infame “MERS” (Movimiento de Estudiantes Revolucionarios de Secundaria).

El “MERS” se dio a la tarea de causar desórdenes callejeros, incendiar autobuses, emporcar paredes y amenazar a los que consideraban “enemigos de la revolución”.

Las bandas estudiantiles eran una forma de reclutar la carne de cañón de la guerrilla; muchos de aquellos estudiantes que se iniciaron en “pinta y pega” perecieron posteriormente; otros consiguieron llegar a comandantes mientras la mayoría de los que siguen vivos quedó con sus vidas truncadas, sin oficio honesto y sin logros personales.

“La causa profunda” es la impunidad

La simiente quedó. Al colapsar el Muro de Berlín y darse la paz en El Salvador, comenzaron a resurgir las agrupaciones de jóvenes sin oficio, sin moral, sin orientación y sin destino visible. Y agrupándolos estaban los antiguos “alzados en armas”, que buscan con ello reactivar la violencia callejera.

No es significativa la diferencia entre quemar tractores y maquinaria de construcción o manifestarse contra el Periférico, y efectuar batallas campales en el centro de San Salvador. Tatuarse el cuerpo es el equivalente a tatuarse el cerebro con ideas anacrónicas y fanatismos sociales; no hay diferencia real entre la “Mara Salvatrucha” y los grupos de violentos que se están formando dentro de la Universidad Nacional. Unos como otros intentan desquiciar a la nación e imponer su credo del odio.

Todos los candidatos ofrecen combatir la delincuencia y ocuparse del problema de las maras. Lo que separa a unos de otros es que mientras la mayoría de partidos se mantiene dentro de la ley, la extrema izquierda continúa haciendo de la violencia, de la calumnia y del odio de clases su principal estrategia para la toma del poder.

El mal ejemplo cunde y un loco hace ciento. Si bien hay “causas profundas” en eso de las maras, las inmediatas son la impunidad, el pésimo ejemplo que dan determinados sectores (léase los médicos huelguistas) y la desmoralización general, resultado a su vez de la sedición política y el desacato a las leyes.

 

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