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Salvadoreño
sobrevive al atentado en Torres Gemelas
Un
exalumno del Instituto Ricaldone, de 42 años, es hasta ahora
el único sobreviviente salvadoreño conocido, del atentado
terrorista en Nueva York
Rolando Monterrosa
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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Momento en que las Torres
Gemelas son consumidas por el fuego. A los pocos minutos colapasaron.
Foto EDH
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José Rivera reside actualmente en el Barrio Queens, de
Nueva York. Trabajó por 22 años, como parte del personal
de mantenimiento de las Torres Gemelas del World Trade Center. El
11 de septiembre de 2001 se encontraba dentro del edificio, a la
hora en que el primer avión secuestrado por terroristas fue
estrellado contra la Torre 1. Dice Rivera:
Una mañana como cualquiera otra emprendí mi
viaje rutinario de media hora, en subway, de mi casa
en Queens, a la estación próxima al World Trade Center,
en cuyas torres gemelas trabajaba desde hacía 22 años.
Hasta el día anterior, lunes 10 de septiembre, había
estado cubriendo durante tres días el turno de una compañera
de trabajo, como ascensorista, entre los pisos 106 y 110 de la Torre
Uno, la de la antena, en el complejo de siete edificios del centro
comercial.
Este corto trayecto servía exclusivamente a los trabajadores
del famoso restaurante Ventanas al Mundo, que ocupaba
el piso 107, y al personal de los pisos superiores que se ocupaba
del mantenimiento de ascensores, del aire acondicionado y de la
antena de radio y televisión de la azotea.
La noche del lunes mi compañera telefoneó a
mi casa y me informó que se presentaría a trabajar
al día siguiente, por lo que la mañana del martes
11, mientras el tren expreso pasaba trepidante por las estaciones
hacia mi destino, me pregunté dónde me tocaría
trabajar ese día.
Mi ocupación en la empresa American Building Maintenance,
abarcaba una amplia serie de actividades por lo que aquel día
mis jefes podían destinarme a cualquier puesto.
Llegué puntualmente, a las siete de la mañana.
El jefe distribuyó las asignaciones y me mandó a remover
las bolsas de desechos, en el lobby de la Torre Uno. Me puse el
uniforme y tomé mi walkie talkie. El lobby
era un enorme recinto con estructuras de acero pulido, cristal polarizado
y un piso tan brillante que uno casi podía verse reflejado
en él. Allí funcionaban tiendas de lujo, boutiques
y joyerías que vendían productos de conocidas marcas.
A las 8:45 de la mañana, tenía rato ya de haber
comenzado mi tarea. Empujaba una vagoneta en la que iba echando
los desechos, cuando sentí un leve temblor de tierra.
Me encontraba frente al ascensor Número 16; vi que
salía un poco de humo entre las hojas de las puertas cerradas.
Un segundo después se produjo un espantoso estallido y pensé
que el ascensor se había desprendido y se había precipitado
al sótano. Y así fue.
Las puertas del ascensor se me echaron encima, mientras yo,
instintivamente, les daba la espalda para no recibirlas de frente.
El impacto me lanzó contra la pared de mármol que
tenía enfrente, choqué contra ella y caí al
suelo.
Casi de inmediato una gran bola de fuego salió del
cañón del ascensor y me envolvió. Un manojo
de cables culebreó, echando chispas por el boquete. El mármol
de la pared que estaba frente a mí se partió en lajas.
Cristales y pedazos de hierro comenzaron a llover del techo,
y un humo blanco mezclado con polvo, fino como el talco se esparció
en el ambiente. Me llevé los brazos a la cabeza para protegerme
y sentí un intenso ardor en el cuero cabelludo y un sofocante
olor a combustible.
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Los alrededores del World
Trade Center permanecían inaccesibles.
Foto EDH
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Estaba de rodillas. No podía ponerme en pie. Me arrastré
como pude para alejarme de la pared por temor a las lajas de mármol,
que seguían cayendo.
No traté de explicarme lo que ocurría, sólo
quería salir cuanto antes. Los cristales en el piso me punzaban
manos y rodillas mientras gateaba. Me vi sangre en la ropa. Después
comprobé que tenía pequeñas heridas en todo
el cuerpo, especialmente en las rodillas.
Tropecé con el cuerpo de una mujer que se revolvía
sobre sí misma y se quejaba. Quise auxiliarla, pero al tratar
de incorporarme mis piernas no me sostuvieron y caí al suelo.
La cabeza me ardía.
La visión se volvía cada vez más difícil
debido a la densidad del humo y el polvo. Entre la niebla vi a un
policía que se me acercó; era la única persona
que permanecía de pie, por lo menos a la única que
podía ver así. Ayudé a la señora, le
dije; yo me las arreglo solo. El policía levantó el
cuerpo de la mujer. Ella sangraba.
Cesó la lluvia de objetos, pero el polvo y el humo
se volvieron tan densos que apenas si podía ver mi mano frente
a los ojos. Logré agarrarme de una baranda hasta ponerme
en pie y, como conocía cada rincón del lugar, pude
orientarme hacia la salida, que no estaba muy lejos de donde me
encontraba.
Con dificultad pude sortear promontorios de ripio mezclado
con mercadería. Pasé frente a la tienda de ropa tropical
Banana Republic, donde unas mujeres medio ciegas tropezaron
conmigo, dando manotazos. La respiración se me volvía
cada vez más dificultosa. Me angustiaba pensar en perder
el conocimiento y morir sofocado.
Seguí caminando hasta que di con la salida principal.
Las puertas giratorias estaban entrampadas, pero el instinto me
hizo buscar las puertas especiales para minusválidos, que
yo sabía que estaban a un lado.
Salí a la Calle Vesey. La nube de polvo y humo era
menos densa, pero todavía sofocante. Un bombero me gritó
que corriera y que no mirara hacia arriba. Una vez fuera, encendí
mi walkie talkie. La voz de la operadora de enlace convocaba
a los empleados a reunirnos en el edificio 104 de Broadway. Traté
de ir ahí, pero estaba sin fuerzas. Muchas personas seguían
saliendo de la Torre Uno, cubiertas de ceniza blanca, como fantasmas,
tosiendo y agitando los brazos.
A poca distancia del edificio, vi a la gente que miraba hacia
arriba. Pregunté qué había pasado. Parece un
accidente. Un avión chocó contra la torre, me
dijo alguien. Es horrible, pensé y me quedé
como hipnotizado, viendo cómo el fuego consumía la
parte superior del edificio. Unos minutos después de las
nueve, una inmensa llamarada seguida de un pavoroso estruendo cubrió
la parte media de la Torre Dos. Otro avión acababa de chocar
contra ella.
Saltaban al vacío
El espanto que me provocó la segunda explosión
sólo fue superado por el horror de ver a la gente lanzándose
desde las ventanas de las dos torres. No podía creerlo. Una
pareja cogida de las manos saltó al vacío. Hombres
y mujeres se descolgaban de las ventanas. Quizá caían
gritando pero no se les escuchaba, era como una pesadilla en cámara
lenta. Un hombre cayó encima de un bombero. Ambos quedaron
muertos sobre el pavimento.
Otra lluvia de cristales rotos, metal y polvo empezó
a caer a la calle y la gente corrió despavorida. Soltaban
lo que llevaban en las manos y corrían como locos, dejando
tirados libros, carteras y zapatos. Yo iba tras ellos, tan rápidamente
como me lo permitían las piernas, pero miraba una y otra
vez hacia atrás sin poder apartar los ojos de la gente que
se lanzaba al vacío.
Me ardía mucho la cabeza. Me di cuenta de que la llamarada
que salió del ascensor me había quemado el cuero cabelludo.
El humo cubría el sol. No recuerdo como llegué
hasta Battery Park City, a orillas del río Hudson, en la
parte este de Manhattan.
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Otro momento trágico
fue el colapso de la segunda torre. La impotencia para asistir
a las víctimas complicaba el trabajo de los bomberos.
Foto EDH
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La multitud se iba acumulando en los muelles. Había
allí un barco-hospital que la gente quiso abordar. El capitán
y la tripulación explicaron que estaban allí para
atender emergencias, no para transportar, pero sacaron unas diez
cajas con máscaras antigases, que hombres y mujeres se disputaron
agresivamente.
Al cabo de un rato atracaron dos ferries (transbordadores),
en los cuales comenzamos a subir desordenadamente.
Me colé en uno que nos llevó hasta Hoboken,
Nueva Jersey. Cuando íbamos en mitad del Hudson, a eso de
las 10:45, vi cómo se derrumbaban las torres. Veintidós
años de mi vida se derrumbaban con ellas. Caí de rodillas
sobre la cubierta, me llevé las manos a la cara y lloré.
Me encomendé a María Auxiliadora y recé
por la gente que había muerto y de la que estaba muriendo.
Muchos amigos, compañeros de trabajo, estaban entre ellos:
Ricardo, Roberto, Alfredo... salvadoreños, dominicanos, puertorriqueños.
No conocí sus apellidos, ni los volví a ver.
Después de leer en los diarios lo que había
sucedido, me puedo explicar la explosión en el ascensor.
Es probable que cuando el primer avión chocó contra
la Torre Uno, partió los cables del carro y éste se
precipitó al sótano. El combustible del avión
debe haber inundado el cañón del elevador e hizo estallar
las puertas que me lanzaron contra la pared. Lo mismo debió
pasar al resto de los ascensores.
El doloroso recuerdo de los muertos y heridos en este horrendo
acto terrorista y la huella de tan horrible experiencia no se borrará
nunca de mi memoria.
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