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Rizos y enredos de juventud
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Por Keneth Menjívar
E-mail: kenethmenjivar@hotmail.com

El rey quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a hacerlo, se le presentó uno que le debía $1,200,000. Como él no tenía con que pagar, el rey mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para así saldar la deuda. El siervo se postró delante del rey para que tuviera paciencia y le permitiera pagarle a plazos. El monarca se compadeció de su siervo, le perdono la deuda y lo dejó en libertad.

Al salir, aquel súbdito se encontró con uno de sus compañeros que le debía $100. Lo agarró por el cuello y comenzó a estrangularlo. “¡Pagame lo que me debes!” le exigió. Su compañero se postró y le pidió paciencia para pagárselo todo. Pero él se negó...El rey se dio cuenta de lo sucedido y mandó llamar al siervo. “¡Siervo malvado!”, le dijo. Te perdone la deuda porque me lo suplicaste. ¿No debíais tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?

¡Que bárbaro!


¡Que siervo tan mal agradecido! El rey le había perdonado una deuda millonaria y él no pudo perdonar a su compañero que le debía unos ¡cuantos dólares! Eso precisamente fue el “punch”, eso fue la fuerza de esta parábola que Jesús narró a sus discípulos, cuando uno de estos le preguntó cuantas veces había que perdonar a aquellos que nos hicieran daño. El maestro de maestros le respondió a Pedro: “Tienes que perdonar hasta setenta y siete veces... porque si ustedes no perdonan de corazón a sus semejantes, el Padre celestial tampoco los perdonará.” (Mateo 18:22,35)

Perdonando de corazón


“¿Cómo voy a perdonar a mi papá? El me robó la virginidad” “¿Cómo perdonaré a mi mamá, si nos abandonó cuando aún éramos unos niños?” “¿Cómo voy a perdonar a mi novio, que jugó con mis sentimientos?”, son sólo algunas de las frases que miles de jóvenes expresamos cuando se trata de perdonar a aquellos que nos han herido profundamente.

Pero, aunque resulte una tarea difícil y compleja lo debemos de hacer. Perdonar no es olvidar, es una decisión racional en la que voluntariamente liberamos de culpa a la persona que nos ha hecho daño. Al hacerlo, los beneficiados somos nosotros, pues experimentamos una descarga emocional que trae paz. La vida es muy fugaz y no vale la pena vivirla amargado. Si Dios me perdonó mis ofensas ¿Por qué no puedo perdonar a otros?
“SEGUIDORES”
E-mail:
kenethmenjivar@hotmail.com

 

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