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Breve análisis
La realidad económica contraataca

Jeffrey Sachs*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Una regulación más estricta del mercado financiero podría quizá detener parte de los flujos de “dinero caliente” que exageran los booms y las recesiones

Casi todos los días nos enteramos de otro avaricioso ejecutivo corporativo en jefe de Estados Unidos (EE.UU.) que conspira con contadores, abogados y banqueros de inversión para defraudar al público inversionista. Pero más allá de los escándalos, el público debería estar más al tanto de la naturaleza errática de los mercados financieros actuales. Las tasas de cambio y los precios del mercado accionario se desvían enormemente de los valores fundamentales a largo plazo, lo que puede causar quebrantos mayúsculos en la economía real de los trabajos, la producción y la inversión. Pero aun así, los analistas financieros que discuten acerca de tales tendencias en los medios no han sido capaces de valorarlas de forma realista.

Tomemos el caso del dólar estadounidense, cuyo valor frente al euro está cayendo. Desde mitades de la década de los 90 hasta muy recientemente, el dólar se ganó gran terreno frente a las monedas europeas. Cuando se introdujo el euro en enero de 1999, el cambio era de $1.17. Desde entonces perdió valor constantemente, tocando fondo cerca de los $0.83, antes de escalar de vuelta en los últimos días hasta casi estar en paridad con el dólar.

Para los economistas académicos, la reciente alza del euro no es una sorpresa. Las tasas de cambio tienden a volver a los valores promedio de largo plazo después de sufrir largas desviaciones. Entonces, la enorme fortaleza que el dólar tuvo en los últimos años implicaba un eventual retorno. Ese retorno se está dando ahora.

Claro, si dos economías tienen tasas de inflación persistentemente distintas, entonces la tasa de cambio entre sus monedas no tenderá a volver a su nivel histórico. Pero las tasas de inflación de EE.UU. y de Europa han sido prácticamente iguales. También es posible que la tasa de cambio no vuelva al promedio de largo plazo si una economía es golpeada por un inmenso cambio estructural. Pero esos cambios ocurren menos frecuentemente de lo que a menudo se supone o alega. Entonces, el pasado, si se interpreta con cuidado, no deja de ser una buena guía para el futuro.

Al escuchar a los expertos financieros, sin embargo, con frecuencia parece que la historia ya no importa. Cuando el dólar ganó fuerza frente al euro después de 1999, los analistas de inversión dieron una explicación tras otra para demostrar por qué la tendencia continuaría. Aplaudieron la fuerza de la economía estadounidense, lamentaron las supuestas debilidades de la economía europea y argumentaron que el euro era mal administrado. En pocas palabras, sobreinterpretaron los movimientos de corto plazo del mercado, mostrándolos de forma simplista como tendencias de largo plazo.

Por desgracia, generalmente, los analistas financieros no tienen un buen entrenamiento económico. Su trabajo es decir algo inteligente ante las cámaras de televisión. No trabajan con información fundamental, sino con los últimos chismes y modas. Claro, si tales modas son comunes y si no duran para siempre, un inversionista astuto puede obtener buenas ganancias de ellas, digamos, vendiendo el dólar en corto en los meses recientes.
Algunos inversionistas sí tienen éxito en ese renglón, pero es más difícil de lo que suena. Como advirtió el gran economista británico John Maynard Keynes, hace setenta y cinco años: “los mercados pueden continuar siendo irracionales por más tiempo de lo que uno puede mantenerse solvente”. En otras palabras, incluso si uno sabe que el dólar caerá eventualmente, uno puede quebrar antes de probar su caso si todas las demás personas le siguen apostando a un dólar al alza.

Así que a menudo es más seguro correr con la multitud, hasta cuando uno piensa que la multitud corre en la dirección equivocada. Por esa misma razón, Keynes hizo una famosa descripción de mercado accionario como un concurso de belleza en el cual los jueces no eligen a la concursante más bella según sus puntos de vista personales, ¡sino más bien a la concursante que cada uno de ellos piensa que elegirán los demás jueces!

Sin duda, cuando los precios de las acciones estadounidenses alcanzaron niveles astronómicos a finales de la década de los 90, los expertos y los banqueros de inversión salieron con sus absurdas explicaciones y teorías. Ahora sabemos que algunas de esas explicaciones fueron deliberadamente fraudulentas. Muchas casas de valores buscaron incrementar las tarifas de inversión bancaria de compañías cuyas acciones impusieron a un público involuntario. Pero más generalmente, los expertos simple y llanamente corrieron con la multitud. Conforme los precios de las acciones se inflaron, inventaron teorías para justificar el alza. Un análisis más profundo les habría mostrado, en cambio, que el incremento duraría poco.

Algunos pocos analistas estuvieron en lo correcto. El economista Robert Schiller, de Yale, explicó muy clara y extensamente por qué los precios de las acciones estadounidenses caerían. El columnista económico de punta Martin Wolf, del Financial Times, se volvió a distinguir al advertir, tenaz y correctamente, que el mercado accionario estadounidense se revertiría eventualmente hasta alcanzar niveles históricos más normales.

Pero los costos económicos reales impuestos por la mentalidad multitudinaria han sido altos. El apogeo excesivo del mercado accionario de EE.UU. llevó a una sobreinversión en el país y a una subsecuente recesión cuando la burbuja finalmente reventó. La fuerza del dólar ha distorsionado de forma similar las decisiones de inversión, y el mismo tipo de oscilaciones exageradas en las tasas de cambio de los mercados emergentes ha contribuido a los ciclos de auge-recesión ocurridos en los últimos cinco años en Asia y América Latina.

Entonces, ¿qué debería hacerse? Evidentemente, los más importantes bancos de inversión deberían ser mucho más serios en cuanto a autorizar y entrenar a sus analistas para que suministren conocimiento, más que tonterías, en sus declaraciones públicas. Los medios responsables deberían efectuar el escrutinio de las tendencias económicas críticamente, más que condescender con la opinión de las masas. Y los economistas académicos deberían ser más firmes al explicar cómo los precios del mercado financiero reflejan valores económicos fundamentales, incluso si esto no es necesariamente verdadero en el corto plazo.

Finalmente, una regulación más estricta del mercado financiero podría quizá detener parte de los flujos de “dinero caliente” que exageran los booms y las recesiones.
¡Ay de mí!, Keynes enfatizó en esas mismas deficiencias hace mucho tiempo, por lo que ahora no deberíamos esperar ningún cambio milagroso de comportamiento. Inversionistas ¡tengan cuidado!
* Profesor de economía y Director del Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard.

 

 

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