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Palabras
Las máquinas del tiempo

Carlos Balaguer

Virgo había nacido en septiembre, en las horas nocturnas, en la sórdida ciudad de la madrugada. Y él también sería, desde el momento de nacer, otra máquina del tiempo, destruible, imperfecta. Construida de ocultos huesos blancos, líquidos, glándulas y substancias inexplicables.

Era sólo un niño cuando vio la primera máquina del tiempo. Quizá fue una ventana abierta: azul, brumosa, con una imagen esférica como la tierra; los tiempos unidos en uno solo, el amor y el olvido; la vida, la infinita vida y el contraste de un inmenso vacío, que prefiero por hoy no mencionar, porque aterrorizaría a las máquinas humanas del tiempo que me leen.

Otra máquina del tiempo fue un caballito rojo de luz fluorescente. Parecido, si no el mismo, al caballo alado y rojo de la Mobiloil, moviendo sus alas por el fenómeno “Fev”, sobre aquella ciudad. Después llegaron las primeras navidades. Listones rojos sobre muñecos blancos como la espuma.

Pero detrás de todo aquello: los carros mágicos, que tiempos después comprendería que bien pudieron ser máquinas del tiempo. Eran los automóviles más extraños y fantásticos. En ellos podría haber cabido un ratón o quizá el mismo universo.

En ellos viajaría mi vida, el alma triste y feliz de la Navidad. En esos carritos mágicos del tiempo, viajaríamos todos al fin, porque la vida entre tanto nos lleva a todos en el mismo tranvía. En los automóviles mágicos bien pudo caber al ratón, la ciudad o la inmensidad de nuestros sueños.


Día a Día

Al lado de la cuestión ética -reconocer un derecho humano fundamental-, la libertad de expresión prodiga enormes beneficios a los pueblos, por ser el más efectivo instrumento de progreso y cambio.

Las sociedades culturalmente más ricas e innovadoras son aquellas en las que sus hombres y mujeres no vacilan en exponer sus pensamientos, en debatir asuntos y proponer nuevos o distintos rumbos para lo que se hace, se proyecta y se sueña.

Las verdades oficiales, los dogmas, las policías moralistas, los consejos de clérigos, los politburós y los secretariados del partido obran como pesadas compuertas que aprisionan el intelecto y la espontaneidad colectiva.

Desde la moda, asfixiada en cánones inviolables, hasta temas como las políticas de educación o la música, todo está sujeto a ser examinado, evaluado y censurado por quienes asumen el papel de mantener la pureza ideológica o el dogma religioso.

 

 

 

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