Turismo
 
Inicio del Sitio Domingo 15 de septiembre
 

 




CHAT
FOROS
CORREO
LA GUIA
CLASIFICADOS
EMPLEOS
TURISMO
ESPECIALES
EDICION MOVIL
ESCRIBANOS
CONOZCANOS


 
 


El último velorio de Don Pepe Zelaya

Para aquellos lectores que no leyeron mi columna del domingo antepasado, quiero decirles que don Pepe Zelaya, oriundo de la antes fría Santa Tecla, era un adicto a los velorios, hasta el día que se murió su madre y que resucitó por la imprudencia de un bolito que le pasó el cigarro pate-cabra, recién enrollado por unas viejecitas aturradas.

Por Lito Montalvo.
Nacional
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

El susto macabro de la resucitada dejó temerosa a toda la población tecleña, y ahora que, una semana después se había vuelto a morir, fue uno de los velorios más concurridos, más que todo por la curiosidad, pero tuvo que hacerse en la calle, pues la gente se negó a entrar por ningún pisto a la casa. Tenían miedo.

Don Pepe, por su parte estaba sumamente preocupado, pues si el primer velorio lo había dejado sin plata, este segundo y más concurrido lo dejaría en la real lipidia. A pesar de que las viandas no fueron tan suculentas, la gente permaneció al pie del cañón, en las aceras y en la calle. Don Pepe no contó ni un solo chiste, y la gente, comentaba que la difunta se había llevado consigo la afilada lengua de don Pepe.

Una hermana paralítica de la difunta, que se acordó de que la hermana vivía en Santa Tecla, hasta que corrió la noticia por todo el país, del retorno del más allá de una señora tecleña. A pesar de los muchos años sin verla y sin que la distancia fuera motivo de desistir, hizo el viaje, llegando a la ciudad de las colinas en una carreta.
A las cuatro de la tarde, al notar que nada sucedía, había que llevar a la muerta a su morada final, el cementerio. El hoyo tuvo que ser reabierto, sin cargo para don Pepe que estaba en franca quiebra económica, aunque costó menos porque la tierra estaba floja; el cura tuvo que dar, también sin recargos, los redobles de las antiguas campanas, pues ya habían sido cancelados la semana pasada cuando se murió por primera vez. 

También las plañideras y rezadoras tuvieron que llorar y rezar por segunda vez y de choto, pues ya a don Pepe no se le sacaba ni un centavo más. Nadie osaba acercarse a la caja mortuoria que había sido atornillada y pegada con cola, y una cola de cipotes iba detrás del cortejo, listos para salir corriendo en caso de que algo sucediera. La paralítica iba en primera fila, cargada en una silla.

A la hora de depositar la estropeada caja, la Paralítica, entre sollozos calculados, pidió a gritos que quería ver por última vez a su querida hermana del alma. El carpintero echó toda su fuerza para destornillar la tapadera del ataúd. La Paralítica se agachó para abrazar y besar a su hermana,toda la gente calló, como si se hubiera detenido el tiempo, como si las respiraciones se hubieran parado al rechinar de la madera, como si esperaran que algo sucediera... y ese algo sucedió.

Primero fue el grito despavorido de la Paralítica; pero luego el grito fue en coro cuando la Paralítica se incorporó, trayendo colgada al pescuezo a la difunta que por segunda vez se negaba a irse al otro mundo. Nadie se dio cuenta cómo hizo la Paralítica para zafarse del  postrer abrazo de su hermana, pero me cuenta el que me contó esta historia verdadera, que la Paralítica corría a la misma velocidad que las plañideras, el cura, los enterradores, los dolientes, los vecinos, los mirones y hasta la policía que había llegado de curiosidad. 

El desparpajo fue espectacular, los que no lograron llegar a la puerta del camposanto se saltaron los tapiales, pero la mamá de don Pepe que había, quien sabe porqué, dejado de ser difunta y había retornado por segunda vez al mundo de los vivos, también se asustó, no tanto por la estampida de gente, como por encontrarse enmedio del cementerio y también corrió detrás de la gente aumentando el pánico.

La antes difunta, al llegar a la casa, se encontró con que la puerta estaba cerrada a cal canto, quedándose afuera la causante de todo el alboroto. La dos veces difunta y ahora viva, forcejeó la puerta, gritó, pateó y por último se desvaneció falleciendo de un síncope cardíaco, pero ahora sí de “adeveras”.

Dos días pasó el cuerpo de la mamá de don Pepe tirada al pie de la puerta, sin que nadie se atreviera a tocarla, hasta que los malos olores obligaron a don Pepe a abrir la puerta. En una carreta fueron a recoger la caja abandonada en el panteón, la metieron a la caja boca abajo, más por miedo y ni tajada de limón le pusieron y la fueron a enterrar al hoyo que la estaba esperando.

También cuenta mi chero que no se volvió a ver a don Pepe en los velorios, hasta que le tocó el turno de llegar al suyo propio, en el cual le pusieron por última vez su traje negro eterno, sólo que esta vez no lo plancharon.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal