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El
último velorio de Don Pepe Zelaya
Para
aquellos lectores que no leyeron mi columna del domingo antepasado,
quiero decirles que don Pepe Zelaya, oriundo de la antes fría
Santa Tecla, era un adicto a los velorios, hasta el día que
se murió su madre y que resucitó por la imprudencia
de un bolito que le pasó el cigarro pate-cabra, recién
enrollado por unas viejecitas aturradas.
Por Lito Montalvo.
Nacional
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El
susto macabro de la resucitada dejó temerosa a toda la población
tecleña, y ahora que, una semana después se había
vuelto a morir, fue uno de los velorios más concurridos,
más que todo por la curiosidad, pero tuvo que hacerse en
la calle, pues la gente se negó a entrar por ningún
pisto a la casa. Tenían miedo.
Don Pepe, por su parte estaba sumamente preocupado, pues si el primer
velorio lo había dejado sin plata, este segundo y más
concurrido lo dejaría en la real lipidia. A pesar de que
las viandas no fueron tan suculentas, la gente permaneció
al pie del cañón, en las aceras y en la calle. Don
Pepe no contó ni un solo chiste, y la gente, comentaba que
la difunta se había llevado consigo la afilada lengua de
don Pepe.
Una hermana paralítica de la difunta, que se acordó
de que la hermana vivía en Santa Tecla, hasta que corrió
la noticia por todo el país, del retorno del más allá
de una señora tecleña. A pesar de los muchos años
sin verla y sin que la distancia fuera motivo de desistir, hizo
el viaje, llegando a la ciudad de las colinas en una carreta.
A las cuatro de la tarde, al notar que nada sucedía, había
que llevar a la muerta a su morada final, el cementerio. El hoyo
tuvo que ser reabierto, sin cargo para don Pepe que estaba en franca
quiebra económica, aunque costó menos porque la tierra
estaba floja; el cura tuvo que dar, también sin recargos,
los redobles de las antiguas campanas, pues ya habían sido
cancelados la semana pasada cuando se murió por primera vez.
También las plañideras y rezadoras tuvieron que llorar
y rezar por segunda vez y de choto, pues ya a don Pepe no se le
sacaba ni un centavo más. Nadie osaba acercarse a la caja
mortuoria que había sido atornillada y pegada con cola, y
una cola de cipotes iba detrás del cortejo, listos para salir
corriendo en caso de que algo sucediera. La paralítica iba
en primera fila, cargada en una silla.
A la hora de depositar la estropeada caja, la Paralítica,
entre sollozos calculados, pidió a gritos que quería
ver por última vez a su querida hermana del alma. El carpintero
echó toda su fuerza para destornillar la tapadera del ataúd.
La Paralítica se agachó para abrazar y besar a su
hermana,toda la gente calló, como si se hubiera detenido
el tiempo, como si las respiraciones se hubieran parado al rechinar
de la madera, como si esperaran que algo sucediera... y ese algo
sucedió.
Primero fue el grito despavorido de la Paralítica; pero luego
el grito fue en coro cuando la Paralítica se incorporó,
trayendo colgada al pescuezo a la difunta que por segunda vez se
negaba a irse al otro mundo. Nadie se dio cuenta cómo hizo
la Paralítica para zafarse del postrer abrazo de su
hermana, pero me cuenta el que me contó esta historia verdadera,
que la Paralítica corría a la misma velocidad que
las plañideras, el cura, los enterradores, los dolientes,
los vecinos, los mirones y hasta la policía que había
llegado de curiosidad.
El desparpajo fue espectacular, los que no lograron llegar a la
puerta del camposanto se saltaron los tapiales, pero la mamá
de don Pepe que había, quien sabe porqué, dejado de
ser difunta y había retornado por segunda vez al mundo de
los vivos, también se asustó, no tanto por la estampida
de gente, como por encontrarse enmedio del cementerio y también
corrió detrás de la gente aumentando el pánico.
La antes difunta, al llegar a la casa, se encontró con que
la puerta estaba cerrada a cal canto, quedándose afuera la
causante de todo el alboroto. La dos veces difunta y ahora viva,
forcejeó la puerta, gritó, pateó y por último
se desvaneció falleciendo de un síncope cardíaco,
pero ahora sí de adeveras.
Dos días pasó el cuerpo de la mamá de don Pepe
tirada al pie de la puerta, sin que nadie se atreviera a tocarla,
hasta que los malos olores obligaron a don Pepe a abrir la puerta.
En una carreta fueron a recoger la caja abandonada en el panteón,
la metieron a la caja boca abajo, más por miedo y ni tajada
de limón le pusieron y la fueron a enterrar al hoyo que la
estaba esperando.
También cuenta mi chero que no se volvió a ver a don
Pepe en los velorios, hasta que le tocó el turno de llegar
al suyo propio, en el cual le pusieron por última vez su
traje negro eterno, sólo que esta vez no lo plancharon.
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