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Un beso en la boca
Eran unos adolescentes pero se besaban como dos adultos de un
culebrón nocturno.
Erick Lemus
El Diario de Hoy
elemus@elsalvador.com
Él
era delgado y la tomaba de la cintura con una fuerza insospechada
mientras ella dejaba caer todo su torso rendido ante el suyo. Eran
una masa de pasión al mediodía. Era un día
cualquiera. Era un mediodía.
Ella vestía un pantalón de seda color blanco con
mangas rectas y elegantes. Era tan transparente como las cortinas
gastadas del cuarto de baño de él, de aquel cuarto
de baño que aún ella no conocía.
Ambos estaban fundidos en un abrazo intenso, tierno y sublime sin
el amparo de ninguna sombra. No había ningún árbol
a la redonda. Estaban al descubierto de todo el mundo.
No se habían percatado, pero no les importaba. Sobre aquel
terraplén, ella lo asía del cuello y no le daba escapatoria.
Sobre aquel terraplén, a un costado de la carretera y ante
los ojos absortos de los automovilistas, él se dejaba seducir
por la yema de los dedos de ella.
Era obvio que no podían escapar a las miradas quisquillosas
y envidiosas, aunque no les importaba. Lucían suspendidos
en el tiempo.
Era mediodía.
Bajo su brazo izquierdo, él llevaba un par de libros color
marrón. En su muñeca, un reloj modesto que soportaba
100 metros bajo agua, antes que la rejilla estallara en decenas
de pedazos. Pero él no lo sabía. Jamás iba
a sumergirse tan profundo; tampoco estaba interesado en ir al mar
aquel día y no lo tenía previsto a corto plazo porque
estaba suspendido junto a ella como una masa uniforme a la orilla
de la carretera.
Los conductores no emitían mayor sonido que el cascabeleo
de sus automotores y el resorteo de sus amortiguadores. El sol inclemente
del mediodía los acariciaba a pulgadas, a palmos y lucían
suspendidos en medio de aquel escampado uniforme y desolado.
Nadie los entendía. Cualquiera los censuraría; pero
nadie se acercó y nunca supo que ella le confesó por
completo su amor celosamente guardado durante toda la preparatoria
y el bachillerato. Nadie supo que después de aquel beso,
él la llevó a lo largo de aquella calle polvorienta
hacia su casa a presentarla a la madre, a sus hermanitos y a beber
un vaso con agua.
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