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Palabras
Los niños ven el mundo que no ven los ciegos
Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Cuando éramos niños, pensábamos -correteando
por las calles del verano-que después de subir el techo,
podríamos llegar a una nube y después al cielo. Pensábamos
que el cielo era rozado por las puntas de las copas de los árboles.
Hoy que pasó el tiempo, es difícil aceptar que el
cielo está más lejos de nosotros que entonces.
¿Qué ha pasado? Cuando niños nos daba gracias
un insecto, un helado era el más preciado placer, surcábamos
el tiempo en un barquito de papel; el viento llevaba la piscucha
o el barrilete hexagonal hasta Dios y más de alguna vez enviamos
telegramas por el hilo. Veíamos entonces el mundo
con tanto asombro y cada cosa guardaba un inesperado misterio y
resultaba bella, divina.
Tal vez porque al crecer el mundo nos cerró los ojos del
corazón.
Jesús habla de las cosas que Dios escondió a los
hombres sabios y entendidos y que sólo reveló a los
niños (Mateo, 11-25).
El hombre, dicen, entre más sabe más ignora.
Los niños tienen la frescura en sus ojos, porque están
más cerca del origen, la sombra amniótica de donde
surgieron.
Nosotros, después de un golpe, veremos de nuevo.
Día a Día
¿Finiquito moral? Hay que ir muchísimo más
lejos y comenzar por donde se debe comenzar, que es restituyendo
la enseñanza de moral en las escuelas. Así no será
necesario que a los candidatos les extiendan esos certificados,
ya que los votantes sabrán distinguir entre las personas
de bien y el sinvergüenza y criminal.
Esto es muy importante, pues de lo contrario queda el problema
de certificar a los certificadores. La sola propuesta es ya indicio
de que andamos mal. Por eso, lo que más impresiona del prócer
Cañas a la gente decente no es que haya liberado a los esclavos,
sino que en esa época se tuvieran.
La señal de que hemos salido del desmadre social en que
las guerras y el odio nos hundieron, será cuando lo más
normal del mundo sea que los candidatos sean morales, muy decentes,
sin necesidad de certificarlos.
En las democracias más avanzadas, el público mismo
se encarga de denunciar al pícaro y al malvado, como antes
en las bodas católicas.
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