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Analizando
Capitalismo con rostro humano
Sergio Muñoz Bata
Miembro del Consejo Editorial de "Los Angeles Time"
sergio.munoz@latimes.com
Los críticos de la administración de Bush tienen
razón cuando critican medidas pro-teccionistas americanas,
como el subsidio a los agricultores o el aumento a las tarifas arancelarias
al acero
Culpar a Estados Unidos por los problemas ancestrales de América
Latina ni es justo ni es correcto. Pero el reclamo popular exige
la atención inmediata de la administración de George
W. Bush.
Los problemas ancestrales de América Latina: pobreza, desigualdad,
injusticia, opresión, criminalidad, falta de productividad
y de competitividad, debilitamiento de las instituciones y del estado
de Derecho, entre otros, han entrado a una etapa de crisis profunda.
Por las calles de Buenos Aires, Cochabamba, Caracas, Guatemala,
Lima, México, Montevideo y San Salvador, millares de personas
manifiestan su descontento con su realidad.
El reclamo varía según la geografía, aunque
se unifica al señalar a Estados Unidos como el culpable de
sus males. En los países del cono sur, el descontento está
ligado a la descomposición de la economía. En los
países andinos, son las políticas de la coca y sus
derivados las que crean el encono. México y los países
de América Central buscan resolver su problema migratorio
demandando la legalización de millones de personas ya residentes
en Estados Unidos.
Lo que no queda claro todavía es de qué manera Washington
sería responsable de la corrupción en Argentina o
en qué sentido el surgimiento de un demagogo, como el venezolano
Hugo Chávez, sería producto de una maquinación
norteamericana. Es evidente, sin embargo, que conforme avanza el
malestar en la región, resurge el sentimiento antinorteamericano.
Y esto es un asunto que debe considerar con toda seriedad el presidente
George W. Bush.
Los críticos más radicales de la política
norteamericana aseguran que la crisis en la región se debe
a la imposición de un modelo económico fallido.
La izquierda latinoamericana sostiene que la economía de
libre mercado, adoptada en la década de los años 90,
no ha mejorado la situación económica de la gente,
ni siquiera en aquellos países que han seguido de manera
ortodoxa el modelo prescrito por el Fondo Monetario Internacional.
Por el contrario, dicen los más pesimistas, los programas
de rescate financiero del FMI, que imponen medidas de austeridad,
inhiben el gasto social, acentuando así los problemas políticos
de los países. El libre comercio, dijo el candidato
a la presidencia de Brasil Luiz Inacio Lula Da Silva, lo que
pretende es anexar las economías sudamericanas a la norteamericana.
La crisis en América Latina, vista desde una perspectiva
diferente, se ha agravado por la incapacidad de los gobiernos para
resolver sus problemas económicos: gasto, déficit
presupuestario, transparencia gubernamental, etc., de manera responsable.
Se admite que esta falla, en efecto, ha generado crisis políticas,
y se subraya que, por lo general, en vez de resolver los problemas
conforme a derecho, los gobiernos los diluyen con componendas que
violan el estado de Derecho y minan los ya debilitados cimientos
de sus instituciones.
Los críticos de la administración de Bush tienen
razón cuando critican medidas proteccionistas americanas,
como el subsidio a los agricultores o el aumento a las tarifas arancelarias
al acero. El proteccionismo daña a los países que
exportan productos agrícolas y acero, y a los consumidores.
En un artículo reciente, el profesor Abraham Lowenthal planteaba
la necesidad de un cambio de enfoque en la política hacia
América Latina que considerara maneras de corregir los efectos
de la economía de mercado en la distribución del ingreso;
fórmulas para mejorar la productividad y la competitividad
de los trabajadores; modelos para avanzar el desarrollo de los recursos
humanos en la región y reglas claras que inyecten confianza
a las instituciones políticas y fortifiquen el estado de
Derecho.
Pero Lowenthal no indicaba en su artículo cómo hacer
todo esto y hasta el momento no hay nadie, ni dentro ni fuera de
la administración Bush, que ofrezca un modelo económico,
que al tiempo que mitiga los problemas ancestrales de América
Latina sea compatible con la economía de mercado. Es decir,
alguien que invente una especie de capitalismo con rostro humano
para los países en desarrollo.
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