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La llama que apagó una vida
Ayer fue la llama de una vela; poco antes, un candil provocó
la muerte de una niña y dos hermanas heridas
Ivette Amaya
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
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A sus tres años, Tránsito
Dominga debe vivir con las marcas que el fuego dejó en
su piel. Su madre, Rubia Peña, aún alumbra su
vivienda con un candil de gas.
FOTO ALEX SANABRIA |
La lluvia era intensa. Rubia Peña encendió el candil
de gas con el que alumbra las cuatro paredes de su hogar. Los siete
hijos le rodeaban a la espera de que el sueño les venciera.
Pero un simple descuido cambio su vida. La pequeña Dora
Amelia, de seis años de edad, empujó con su brazo
el candil que cayó en el depósito de gas. En segundos,
la casa de bahareque quedó envuelta en llamas.
Las lenguas de fuego empezaron a invadir las camas de la humilde
familia. Al percatarse de la seriedad de la situación, Rubia
tomó a Marta Idania, de 10 meses; Marco Tulio, de cuatro
años, y Elsa Guadalupe, de ocho.
No sé cómo, en medio de las llamas, pasé
y saqué a las dos niñas pequeñas, pero ya una
venía quemada, susurra con tristeza Rubia Peña.
Pérdidas
Hace unas semanas, el incendio consumió su hogar. Lo material
no importaba, el resultado fue peor: tres de los siete pequeños
resultaron con quemaduras, sobre todo, Dora Amelia, quien no pudo
salir a tiempo y permaneció, al menos, cinco minutos expuesta
al calor.
En una hamaca, Dorita fue llevada hasta la Unidad de
Salud de San Francisco del Monte, jurisdicción de Ilobasco,
Cabañas.
Yo sentía que me moría al momento cuando pasó
porque no estaba mi esposo, ver a mis niñas quemadas, verme
sin casa, verme sin ropa, nada, pues, de lo que yo tenía...,
murmura.
Luego de tocar varias puertas, un joven accedió a llevarlos
hasta Ilobasco, a cambio de 225 colones. Al llegar al hospital,
las pequeñas Tránsito Dominga, de tres años,
y María Leticia, de 10, fueron ingresadas. Dorita
tuvo que ser remitida al hospital Bloom con el 80 por ciento del
cuerpo quemado.
Dos días después, las otras niñas eran trasladadas
a San Salvador.
Viaje sin retorno
Rubia permaneció pendiente de las niñas hasta que
dos de ellas fueron dadas de alta del hospital. Sólo quedaba
Dora Amelia, a quien los médicos le daban pocas esperanzas
de recuperación.
Yo hubiera deseado tener alas para poder ir a ver a mis niñas
que estaban en Ilobasco y a la misma vez estar con Dorita
en el Bloom..., relata Rubia.
La gravedad de las quemaduras exigía el injerto de piel.
La única donante cercana era Rubia, quien se sometió
a una intervención donde le quitaron piel para su hija.
Luego de cuatro días de recuperación le comunicaron
la noticia. Tras 23 días, Dora Amelia había fallecido.
Un nueva víctima del fuego, de la pobreza, el descuido y,
en ocasiones, los visos de negligencia que lleva consumidas la vida
de 30 niños en los últimos seis años.
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