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Tomando
la palabra
Política, partidos, corrupción y sábado
Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
La
política parece estar enfrentada a dejar de ser entendida
como un aposto-lado de lucha, para pasar a ser requerida como una
profesión
Oxford, Inglaterra. Para mucha gente, política, partidos y
corrupción son la misma cosa. Esta visión es creciente
aun en países ricos. En la última década hemos
conocido escándalos de corrupción en Italia, España,
Alemania, Perú, Ecuador, Argentina, Brasil, México,
Guatemala, Venezuela y Nicaragua, para mencionar algunos. En las democracias
hay ahora más controles sobre la corrupción, sin embargo,
la creencia es que ahora existe más corrupción que antes.
En el pasado, la prensa era menos libre, y la política, más
conspirativa; ahora la prensa es más libre y la política
no es suficientemente transparente. Los medios pueden ahora difundir
más información, más rápido. La noticia
era antes un instrumento político, ahora es también
una mercancía; lo primero permitía manipularla, lo segundo
lo hace imposible. Quizás en algunos lugares exista hoy menos
corrupción que antes y, en otros, a la inversa, la diferencia
es que hoy nos enteramos de todo.
Esta contradicción entre prensa y política obliga a
que la política incorpore la transparencia a su marco de trabajo
como requerimiento esencial. Independientemente de que la cuestión
ética es importante, la solución de fondo no pasa simplemente
por apelar a la honestidad, sino por lograr que los políticos
incorporen la transparencia a sus cálculos de costo beneficio.
El manejo honesto de los asuntos públicos no puede depender
de la santidad de los políticos, sino de la fortaleza de las
instituciones y de las ventajas o desventajas que la transparencia
tenga en la competencia entre los partidos. Los valores llegan para
quedarse cuando entran por la puerta de la rentabilidad, sólo
así se afianzan en la conciencia. La prensa tiene una misión
fiscalizadora y otra pedagógica, la primera obliga a transformar
la política, la segunda debe evitar que su labor debilite a
las instituciones, porque esto induce la necesidad de buscar al caudillo
redentor.
La política parece estar enfrentada a dejar de ser entendida
como un apostolado de lucha, para pasar a ser requerida como una profesión.
Políticos de izquierda y derecha se han presentado a lo largo
de la historia como salvadores. Sin embargo, en la medida que la política
deja de ser polarizada y confrontativa, la gente ya no relaciona política
con riesgo. La no transparencia de los políticos lleva entonces
a que los ciudadanos vinculen cada vez más política
con oportunidad y ventaja individual. En democracia, la política
necesita ser una profesión de servicio a la comunidad que exige
una cualificación, pero que al mismo tiene un valor económico
que considera el interés individual.
Temas como salarios y prestaciones de funcionarios, financiamiento
de las campañas electorales y de las estructuras permanentes
de los partidos, entre otros, son oscuros en las democracias. La prensa
es implacable en evidenciar la relación entre los intereses
individuales con los intereses políticos, y el retraso en reconocer
esta situación mantiene a la política atrapada en la
hipocresía. Cuando alguien opta por ser médico, policía
o juez, está tomando opciones de servicio a la sociedad, pero
al mismo tiempo opciones para vivir de su trabajo. La idea de que
la política es un apostolado la deja sin regulaciones, y la
ausencia de esas regulaciones se convierte en corrupción. La
falta de transparencia ha sido considerada ventaja para superar a
los adversarios en la competencia, la nueva realidad está convirtiendo
esto en desventaja.
Utilizar empleos públicos para sostener estructuras de partido,
pedir al sector privado mordidas por licitaciones para financiar partidos,
desviar fondos estatales al partido, aparentar salarios bajos y completar
con estipendios secretos, facilita que fondos públicos sean
utilizados para beneficio personal. Este proceso crea una vasta cadena
de complicidades en la que necesidades legítimas terminan sirviendo
para encubrir abusos individuales. En el caso nicaragüense, el
ex presidente Alemán está basando su defensa en está
lógica, ya que practicó todas las formas de corrupción
para beneficio de su partido y, cubierto por éstas, se enriqueció
personalmente. Es imposible separar el interés personal de
las decisiones políticas, por ello nunca es saludable que el
poder económico y el poder político coincidan en una
misma persona. Sin ser una regla, siempre es mejor que los políticos
sean profesionales y de clase media, aunque representen intereses
económicos poderosos.
La pregunta clave entonces es: ¿Cuánto cuesta la política?
Si la consideramos un apostolado, cuesta poco o nada; si la vemos
como una profesión, debemos entender que hay que gastar y pagar
por ella lo suficiente para que se haga bien y no se corrompa. Alguien
dijo que si a los ministros se les pagaba con cacahuetes, lo más
seguro es que éstos serían monos. Los partidos políticos,
en tiempo de campaña, deben funcionar con trabajo voluntario,
pero requieren de estructuras permanentes de activistas a nivel nacional.
Los activistas no necesitan muchos conocimientos académicos,
pero precisan de habilidades de comunicación y organización
que son innatas y difíciles de encontrar. Tener o no una maquinaria
de activistas hace la diferencia entre un partido y otro a la hora
de competir. Si dicho trabajo es la columna vertebral para motivar
la participación de los ciudadanos, ¿cuánto debemos
pagar por éste?
La ausencia de financiamiento a las estructuras de los partidos convierte
los salarios y prestaciones de los parlamentarios en el factor que
hace del parlamento el espacio preferido para la representación
de la estructura territorial de activistas de los partidos. Esto afecta
la calidad de los parlamentos y alimenta luchas intestinas en los
partidos. Inventar o distribuir cuotas de empleos públicos
entre los militantes termina politizando y haciendo ineficientes los
servicios del Estado. Para reducir y controlar la corrupción,
hay que aumentar las regulaciones, pero al mismo tiempo se deben evaluar
y pagar las necesidades institucionales de los partidos y el interés
individual de los políticos, esto es parte esencial de la democracia.
Para ello habrá que tener en cuenta la eficiencia electoral
de los partidos, la dimensión de la economía del país
y los conocimientos, habilidades y nivel de responsabilidad que los
cargos requieren.
Una sociedad es madura en la medida que logra que sus habitantes comprendan
que ellos se benefician de las propuestas e ideas de un partido y
de la fortaleza de las instituciones del Estado, y es inmadura cuando
esos mismos ciudadanos piensan que sus beneficios dependen del favor
personal de los políticos y de la posibilidad de manipular
las instituciones.
La madurez llega a fuerza de crisis, los políticos deben tener
claro que, en condiciones democráticas, todo lo que hacen tiene
consecuencias y que su posición de poder no es eterna; riesgo
e incertidumbre son factores claves del sistema para proteger el interés
colectivo. Habrá quienes, como el ex presidente Alemán,
en Nicaragua, no se dieron cuenta de estos cambios, pero el balance
de poderes se encargará de recordarles que en democracia a
todo chancho le llega su sábado.
*Columnista de El Diario de Hoy
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