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Una experiencia
Algo personal
Marvin Galeas *
E-mail: Marvin@telemovil.com
Una
serie de situaciones se sumaron para tomar una loca y dramática
decisión. Me fui para la guerra
Sé que estos espacios en los periódicos son un privilegio
y una responsabilidad. Por estas páginas editoriales pasan
sesudos análisis, controversias, propuestas. Muchos opinan
que es de mal gusto hacer relatos en primera persona. Pienso, sin
embargo, que algunas vivencias personales pueden ser de utilidad
para otros. Bajo esa luz, permítanme compartir una de mis
más intensas experiencias.
Ella nació en 1979, Año Internacional del Niño.
Yo todavía olía a adolescente. Las Naciones Unidas
había encargado al grupo ABBA una canción que tocara
el tema. Y sonó en todo el planeta Chiquitita.
La madrugada del 10 de abril de ese año, la mamá se
despertó de pronto y dijo: se rompieron los sacos omióticos,
o algo así. Pasados unos segundos de estupor, comenzamos
un desparpajo y una corredera casi sin sentido.
La niña por poco nace en el vehículo que nos llevaba
a mil por hora hacia el hospital. A la media mañana de ese
mismo día, pude ver a esa cosita de mirada intensa y cabello
castaño. Influenciados por la poesía y los vientos
revolucionarios, le pusimos Trilce Michelle. El primero es el nombre
de un poema de Vallejo que, según dicen, son las tres primeras
letras de triste y las tres últimas de dulce. Triste y dulce.
Lo que nos sedujo fue la bella sonoridad de la palabra. Michelle
vino por Louise Michelle, una revolucionaria francesa de los tiempos
de la Comuna de París.
La chiquita le puso color a nuestros días. Pero eran tiempos
terribles. Cada día aparecían jóvenes muertos
en las calles de las ciudades, en los ríos y en los caminos
rurales. Los secuestros, los combates, las manifestaciones callejeras,
las bombas y las balas eran el pan de cada día. Un buen día
llamaron al pequeño periódico donde trabajaba. Una
siniestra voz emergió del teléfono y nos amenazó
a muerte. Se me heló la sangre.
Los tipos no estaban jugando. Un viernes por la noche, llegaron
al café donde nos reuníamos con Jaime Suárez
Quemain, poeta y jefe de redacción del periódico.
Se llevaron a Jaime y a César Najarro, fotoperiodista. Los
cadáveres de ambos amanecieron, a la mañana siguiente,
en un basurero de Antiguo Cuscatlán. Los mataron de la forma
más cruel que uno se pueda imaginar. A Jaime yo lo quería
mucho. Se me apelotonaron los sentimientos: rabia, miedo, dolor.
Una serie de situaciones se sumaron para tomar una loca y dramática
decisión. Me fui para la guerra. Recuerdo nítidamente
la madrugada cuando me despedí de Michelle. Ella estaba dormidita,
tenía dos años y medio y una sonrisita que me endulzaba
el alma. La besé con toda la ternura del mundo y me fui.
Creí que la cosa iba a ser como en Nicaragua. Una insurrección
fulminante, la caída del gobierno y los barbudos entrando
victoriosos a San Salvador. Unos seis meses, me dije.
Nada que ver. Pasaron casi 10 años de andar con el alma en
un hilo, coqueteando con la muerte. Sólo el recuerdo de Michelle
matizaba los rigores de esa vida. A los operativos del ejército
había que sumarle los sufrimientos de las reuniones de los
colectivos. Verdaderas sesiones de flagelación
y autoflagelación espiritual cuyo propósito, decían,
era proletarizar a los miembros de la secta. Irredento librepensador,
pequeño burgués y además... sobrevalorado,
sobreviví a esa especie de inquisición del alma.
Cuando salí del frente de guerra, me fui a México
en busca de Michelle. Había soñado con un reencuentro
emotivo. Me había jurado no separarme de ella jamás.
Para mi sorpresa, Michelle, convertida en una bella adolescente,
no tenía mucha idea de quién rayos era yo. Sólo
pude verla, no voy a contar detalles de por qué, en dos ocasiones
y por muy corto tiempo. Regresé con el corazón despozolado.
Luego todos los noventa, entre Michelle y yo, ocurrieron más
desencuentros que encuentros. Ya no era la bebita que había
dejado. Era la adolescente que, sin ella decidirlo, había
sufrido las consecuencias de mi vida tirada a la aventura. Me casé
otra vez. Nacieron, con la paz, mis otras niñas. Un nueva
situación. Una nueva forma, tras muchas reflexiones, de ver
el mundo. La aventura había quedado atrás. Por salvar
a los niños del mundo, había perdido a mi propia hija.
Por buscar ríos de leche y miel, me vi envuelto en ríos
de sangre. El camino hacia el despeñadero de un país
y a las más abominables actitudes humanas estaba empedrado
de encendidas retóricas, falsos análisis y promesas
delirantes. La ruptura fue total.
La primera semana de agosto, me armé de valor y fui en búsqueda
definitiva de Michelle. Vive en República Dominicana. Estudia
quinto año de medicina. La madurez, quizá por su corta
y ajetreada vida, le llegó muy temprano. Nos encontramos.
Platicamos. Pensamos. Caímos en la cuenta de que por más
vueltas que hayamos dado por el mundo, ella sigue siendo mi niña,
y yo, su papá. Comenzamos allí mismo a recuperar el
tiempo perdido. Este encuentro fue una de las cosas más lindas
de mi vida. Un milagro que agradezco a Dios en este largo y sinuoso
regreso a casa.
*Lic. en Idiomas y columnista de El Diario de Hoy.
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