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El
momento de la valentía
Jorge
era un hombre mediocre. Y nada más. No le gustaba tomar ningún
riesgo en la vida. Por eso, decía, es que no se había
casado.
Luis Laínez
El Diario de Hoy
luislainez@elsalvador.com
Además,
seguía soltero porque jamás hubiera podido mantener
a una familia.
Le daba tanto miedo la autoridad que ni siquiera miraba a sus superiores
a los ojos.
Cuando terminó el bachillerato (a pura fuerza de regaños
e insultos de sus padres) decidió que no necesitaba nada
más para enfrentarse a la vida.
Nunca aspiró a más y rehuyó de cualquier responsabilidad.
¡Este es mi trabajo!, esclamó cuando encontró
una plaza como ordenanza en una dependencia del gobierno. Era perfecto.
No se le exigiría mucho, llegaba a las ocho y se iba a las
cuatro, a esconderse en el cuarto de mesón en el que vivía.
Cuando terminaba su trabajo, se recluía en el pequeño
lugar destinado para las escobas y los desinfectantes. Ahí
pasaba inadvertido, ajeno al mundo, temiendo que alguien lo llegara
a ver.
Para evitarse cualquier regaño le había dicho al jefe
(la única vez que juntó todo el valor que requería
mirarle de frente) que le diera permiso de meterse en ese escondrijo.
- Es para no molestar a nadie, señor.
Al hombre le pareció una cosa muy rara, pero como tampoco
soportaba ver a un tipo tan asustadizo (hasta tenía miedo
de barrer sin guantes, no se diga tirar aromatizante sin utilizar
mascarilla) le dio el aval.
En los 15 años que llevaba de ser ordenanza nunca pidió
un aumento.
- ¿Para qué quiero más dinero? ¿Qué
voy a hacer con él? ¡Dios me guarde! ¡Alguien
querrá quitármelo, con una pistola, un cuchillo o
con un palo! -decía cuando escuchaba de lejos las pláticas
de sus compañeros, quienes se quejaban que el dinero no les
alcanzaba.
Jorge no hablaba con nadie.
Su única diversión era escuchar partidos de fútbol
en una vieja radio portátil (no tenía televisor porque
temía que se lo robaran y no iba al estadio porque esa muchedumbre
enardecida ansiaba despedazarlo).
Así que cuando llegó el mundial vivió en otro
mundo. Imaginaba todas las jugadas de las escuadras internacionales.
Gozó. Sufrió. Trascendió.
Cuando Brasil ganó se sintió otra persona. Salió
a caminar, muy feliz, hasta que pasó por una tienda. ¿Lo
debo hacer?, se preguntó.
- ¡A mí el pisto me da miedo! ¡Pero hoy tengo
el valor de gastar cuatro pesos en una cerveza!
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