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Charla con Edgar Allan García

El poeta se encuentra presente como invitado al Primer Festival Internacional de Poesía

Lya Ayala
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

El encuentro con el poeta ecuatoriano Edgar Allan García comenzó con la negativa a contestarme la primera pregunta que le hice. . Foto: EDH

El encuentro con el poeta ecuatoriano Edgar Allan García comenzó con la negativa a contestarme la primera pregunta que le hice.

Después de la explicación, quedó entre nosotros como un secreto. Esta es la primera impresión que deja un pensador de terribles y bellas palabras.

LA.:Su poesía es intensa y apasionada. Nos dice cosas sobre el universo y la tierra al mismo tiempo.
A.G.: Si uno pudiera resumir en muy pocas letras lo que a uno le pasa en un dolor muy profundo, una experiencia dolorosa o un éxtasis placentero diría: Ah! o Ay!

Pero la idea es que cuando el lector accede a ese Ay o a ese Ah, no es posible transmitirle el dolor y el placer, el poeta debe labrar ese Ay y decodificar ese Ah hasta hacerlo comprensible para el otro.

La gran labor del artista es decodificar una experiencia personal, donde el otro se sienta identificado, o al menos hermanado con el sentimiento que ha sido posible gracias a la poesía.

Yo he querido transmitir las situaciones límites que llegan con el orgasmo, con la ira, con la depresión profunda y la angustia. Entonces escribir sobre la cotidianidad, me parece un plano de la realidad que no tiene muchos artistas, yo trato de transmitir deleite y gusto por la vida, esa maravilla del descubrimiento y el vértigo de lanzarse al abismo: que es el otro. Pero trato de hacerlo de tal manera que el otro no se salve.

¿La poesía murió o sigue viva?

Un día bajo Saratustra de la montaña y gritó Dios ha muerto, eso conmocionó a mucha gente, pero en realidad no era que Dios hubiera muerto; sino que una noción tal vez pobre o ingenua estaba muriendo y se necesitaba otra opción, llámale panteismo o como quieras. Igual ocurre con afirmaciones tan tajantes como que la novela murió o los jóvenes no leen. La poesía está más viva que nunca, que el poema sea bueno o sea malo es otra historia, pero esta ahí, en la antiguedad se le palmoteaba, bailaba, cantaba y era parte de un ritual sagrado que tenía que ver con el mito representado. Ahora es mucho más profano habla del amor y de la desperanza. La poesía está viva, pero sucede que los libros de poesía ya no se buscan con tanto afán y, paradójicamente, es el género que menos se vende, que a los editores menos interesa, donde no hay posibilidad de ser un “éxito”. Sin embargo, es el género que más se escribe. No existe persona que no haya intentado escribir poesía.

Entonces ¿existe la buena y la mala poesía?


Una poesía es mejor que otra si logra expresar de manera más compleja la infinita trama del ser, que logra remover ciertas fibras, logra destapar ciertas oscuridades o logra poner sombra donde antes había sol, es la que crea más preguntas y genera más dudas, la que de alguna manera nos cambia, la que se vuelve un referente en nuestra vida y la citamos de vez en cuando, o la tenemos escrita en algún lugar de la pared o escondida en un libro.

¿Qué tan importante es la musicalidad en la poesía?


Todo es música en el hombre. El trajo el trueno y lo equiparó con el corazón, equiparó el golpeteo sobre una tablita con las gotas de lluvia que caen. Todo ha sido una traslación humana de los ritmos propios de la naturaleza. Para entender los sonidos hay que leer mucho y sobre todo variado. Un poeta es el resultado de los poemas, novelas y recetas de cocina que ha leído. Todo tiene que ver con su obra, aunque permanezca en el silencio. El poema no nace de la exaltación del momento, ni de un súbito rapto de ninfa. No, nace del trabajo arduo; porque hay que traducir la realidad, en palabras precisas.

¿Qué debe hacer un “escritor” que sabe que no puede escribir?

Eso es más difícil. Por una parte está la intuición del escritor; por la otra, hay que hacerle caso a los enemigos o desconocidos. Por eso es importante lanzar el primer libro al mar, para que los lectores se suban al primer barco y digan me gustó o no. La mejor retroalimentación es publicar. Tú no puedes defenderlo ni justificarlo, porque el libro se defiende y justifica solo.

 
 

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